FICHA TÉCNICA



Título obra Molière

Autoría Sabina Berman

Dirección Antonio Serrano

Elenco Héctor Ortega, Mario Iván Martínez, Juan Carlos Colombo, Claudia Lobo

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Música Hernán del Riego

Vestuario Carlos Roces

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “Belleza, inteligencia y fecundidad”, en Tiempo Libre, núm. 964, 29 noviembre 1998, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Belleza, inteligencia y fecundidad

Bruno Bert

El tema reflejado en las máscaras del teatro, es decir la oposición y complementariedad de la risa y el llanto —o tal vez mejor el rictus—recorre generosamente la historia de la literatura y, tangencialmente, la del teatro mismo y sus obras. El poder de la risa, como poderoso don de los dioses al decir de Umberto Eco, y la gravedad del poder, generalmente acompañada por las sombras de la envidia y la maledicencia. Ese par, que en años recientes ascendió al cine en las figuras de Mozart y Salieri, se encarna ahora en Molière y Racine —la comedia y la tragedia— en el último estreno de Sabina Berman, casi como posible canto del cisne del teatro Julio Castillo que les da albergue.

Es interesante advertir la capacidad de desarrollo que tiene una autora como Sabina Berman. Subjetivamente me cuesta sentirla como una escritora que más o menos regular y naturalmente produce nuevas propuestas y espectáculos. La siento más bien como en una especie de combate permanente con su propia literatura, producto del cual nacen hijos muy desiguales, algunos de los cuales alcanzan estaturas memorables... como es el caso del presente trabajo.

Molière, como propuesta dramatúrgica, posee al menos tres grandes virtudes: la belleza, la inteligencia y la fecundidad. La primera se refiere al trabajo de la escritura y a su habilidad para nutrirse de su referente —el mundo y el teatro de Molière— personalizándolo, sin desvirtuar su raíz popular y su gran habilidad constructiva para contar historias. La segunda es manejar ese material sin caer en la tentación de conformarse con la superficie, más o menos brillante y divertida. Y la tercera tiene que ver con la generosidad otorgada al material en función del director. Es decir, crear una dramaturgia preñada de imágenes, donde la palabra comparte cetro con el color, el ritmo, la música, el vestuario... No es poco. Creo que Molière es, si no la mejor, al menos una de las más interesantes propuestas de Sabina Berman.

En lo que hace a la dirección tenemos aquí la reaparición teatral de Antonio Serrano, luego de varios años sin que, al menos en lo personal, pudiera ver nada de él. Y si lo último que le recuerdo había sido bastante débil, aquí se repone para volver a sus mejores momentos. Una puesta que, literalmente, pone de cabeza al teatro Julio Castillo, pero con habilidad y sentido. También aquí las virtudes son múltiples. La primera indudablemente es su capacidad para hacer del montaje un espectáculo. Y la segunda es manejarlo sin conformarse con la pura imagen y el valor del asombro por el efecto. Es decir, respetar la inteligencia del público sin aburrirlo... como lo hacía el propio Molière, claro.

Creo que el equipo tiene la homogeneidad necesaria para hacer que todos sus miembros aporten lo suyo y formen los rayos de esta rueda sin desequilibrio. Desde el diseño de escenografía e iluminación, a cargo de Gabriel Pascal —un trabajo excelente, por cierto— hasta la música de Hernán del Riego, magnífico en su doble o triple rol de actor (asume a una sombra evocadora de Lully, por supuesto), compositor y ejecutante vocal e instrumental. Y eje de todo lógicamente son los actores, encabezados por Mario Iván Martínez como Racine y Héctor Ortega en el rol de Molière. Un duelo interesante del que cada uno elegirá ganador, aunque creo que suficientemente equilibrado como para las que palmas recaigan no en sus personalidades sino en la obra misma que ambos comparten. El elenco es extenso y el trabajo es parejo: Cecilia Romo, Juan Carlos Colombo, Patricia Llaca y una docena más de nombres encarnando a una infinidad de personajes.

En definitiva, un trabajo sumamente disfrutable que se suma a una temporada que crece en calidad en medio de una bruma social que nos reafirma que muchas veces los periodos de profunda crisis política y económica son los más fértiles en el plano de lo artístico.