FICHA TÉCNICA



Título obra Vestir al desnudo

Autoría Luigi Pirandello

Dirección Raúl Quintanilla

Elenco Martha Papadimitriou, Jorge Galván, Hernán Mendoza

Escenografía Carlos Trejo

Iluminación Carlos Trejo

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Pátina emocional”, en Tiempo Libre, núm. 963, 22 octubre 1998, p. 23.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Pátina emocional

Bruno Bert

El tema de la relación entre la identidad y la imagen fue una de las principales obsesiones de Pirandello, tanto en sus novelas y cuentos como en su literatura dramática. El ser frente a sí mismo y los demás, espejeando en todas las facetas del hacer humano, sobre todo en el arte y dentro de él especialmente la literatura y el teatro.

Ahora, Raúl Quintanilla ha llevado a escena en el foro de La Gruta una de las más conocidas obras de este autor italiano escrita a principios de los veinte. Se trata de Vestir al desnudo, que justamente desarrolla esta problemática a través de una anécdota muy propia de su momento: la Italia en los albores del fascismo.

Es la historia de una mucama de provincia que, desesperada por una muerte de la que se siente culpable y un rompimiento amoroso, viaja a Roma e intenta un suicidio que los médicos frustran en el último momento. En el hospital y creyéndose prácticamente muerta, narra a un periodista su melodramática vida, con amores fracasados, abandonos, expulsiones y finalmente el deseo de muerte frente a tanta agresión. Un conocido escritor se interesa por esa vida que prácticamente es una novela ya armada y la lleva a su casa... donde se inicia el peregrinaje de los personajes reales que se han visto afectados por la publicación periodística, con todo el juego de intereses, verdades y mentiras que se dan alrededor de la circunstancia. La "elegía de una vida que sustituye la esperanza por la ilusión", como la llamó cierto crítico de la época.

Pirandello es un habilísimo escritor que logra desarrollar lo que le interesa a través de lo que a primera vista pareciera apenas una historia folletinesca y sin importancia. Y así, en medio de lances de amor y desengaño, desgrana su pensamiento sobre la relación del arte con la vida (a través de la postura oportunista del escritor), del hombre común frente a las imágenes cambiantes que crean los medios de comunicación (la posición de la casera), la doble moral de las clases acomodadas (el cónsul y el militar), etcétera, con esa actitud en definitiva pesimista que muchas veces esgrime en sus obras.

Sin embargo, su lenguaje, su manera de narrar la moral de su época y esa enorme verborragia que lo caracterizan comienzan a alejarse de nosotros a pesar de su talento. Tal vez necesite cincuenta años más para poder rescatarlo definitivamente lavado por el tiempo. Ahora, parafraseando, podríamos decir que está al mismo tiempo tan cerca y tan lejos que por momentos se nos hace ajeno aunque sigamos reconociéndolo como un gigante.

En esta puesta contamos con dos aportaciones valiosas: el escenógrafo e iluminador y el director. El primero es Carlos Trejo quien intenta al mismo tiempo enfrentarnos con nuestra propia imagen (ubica al público bifrontalmente), para involucrarnos como observadores voyeuristas de los sucesos, inmersos en un decorado que nos involucra. Excelente propuesta, absolutamente pertinente al espíritu pirandelliano. Y en lo que hace al director, Raúl Quintanilla, genera una nueva interpretación del texto, implícita en el libro del autor italiano, pero no exaltada por él a un primer plano, que es el valor ético de la palabra en su función de relación con los demás. Un excelente ensamble y una muy buena dirección de actores. Trabajan Martha Papadimitrou en el papel protagónico, Jorge Galván en el rol del escritor, Juan Carlos Vives como el periodista, Hernán Mendoza asumiendo al cónsul, Guillermo Larrea en el prometido y Concepción Márquez y Patrizia Marcheselli como la casera y la criada respectivamente. Un trabajo muy sólido en todos, y muy coherente con resto de los componentes de la obra, definiendo a Quintanilla como un director muy cuidadoso en dar unidad a su propuesta.

Así y todo, vuelvo a sentir que el tiempo no pasa en vano, y creo que Vestir al desnudo va cargándose de vejez, sobre todo formal, y que esta sensación se acentúa un poco por la pátina emocional que privilegia el director en su puesta. Tal vez una mayor frialdad de tratamiento (sin llegar al congelamiento del rescate arqueológico como el que realizó la compañía italiana que la montó en el CNA hace un par de temporadas) nos permitiría asumir a un Pirandello más contemporáneo a nuestra visión y sensibilidad. De todas maneras se trata de un trabajo muy digno y consistente que vale la pena ver.