FICHA TÉCNICA



Título obra Escorial

Autoría Michel de Gheldorede

Dirección Luly Rede

Elenco Patricio Castillo, Roberto Sosa, Abel Woolrich, Alicia Laguna

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Calidad artesanal”, en Tiempo Libre, núm. 962, 15 octubre 1998, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Calidad artesanal

Bruno Bert

El tema del amor y del poder recorren casi toda nuestra literatura como una de sus venas más fértiles. Y por supuesto lo mismo ocurre con relación a la literatura dramática, ya que el teatro siempre ha sido asiento de aquellas obsesiones que vuelven a renovarse en cada generación.

Ahora el autor que nos interesa es Michel de Ghelderode (1898-1962), y la obra que nos trae la polarización de esta temática es Escorial, un material compuesto hacia 1927. Es muy interesante comprobar la vigencia no sólo conceptual sino también formal de este flamenco, admirador rendido de la pintura del Breughel y del Bosco, vagabundo de las artes populares, como los circos, los espectáculos de barraca y las delicias de las marionetas, y un gran adaptador de lo vital del medioevo al estilo de las vanguardias francesas (vivió en Francia y siempre usó esta lengua en su literatura) de su tiempo.

Escorial —en donde obviamente se hace referencia a España y su monarquía sin explícitamente mencionarla— es un drama en un acto pensado esencialmente para dos personajes: un rey y un bufón, elementos conflictivos y complementarios que definen un tiempo y un mundo, aunque sea claro que, por elevación, ese tiempo y ese mundo bien pueden ser los nuestros.

Son los espacios del poder, los resquicios del mismo y un juego de habilidades por mantener lo esencial que define a cada uno a costa de la identidad del otro. El poder, como siempre, es taciturno, antiguo, decrépito, rodeado de todos los signos de la muerte. En este caso, acentuado por el hecho de que en palacio se está desarrollando la larga agonía de la reina. A su alrededor aparecen, periódicamente, un monje y un verdugo (aquí cambiado por un fantasma), complementos básicos del rey, sus manos en el mundo. Y a sus pies un bufón, que el mismo rey define certeramente: "¡Por fin te reconozco!... has vuelto a ser el mismo, arrogante, pérfido, pero no malicioso ni de facundia desbordante, como los bufones italianos o franceses, sino taciturno y vengativo, como son los de tu raza". Y allí un duelo, verbal por un lado ya que el teatro de Ghelderode es profuso en palabras, y visual por el otro, porque toda la herencia medieval de este autor está cargada por el salto, la voltereta y la mascarada. Una combinación perfecta en manos de un director capaz de equilibrar la puesta sin perder la exuberancia y potencia del flamenco.

Aquí la dirección está a cargo de Luly Rede, una joven creadora de la que no conozco montajes anteriores, pero de la que no dejaré de ver los que sigan, ya que lo realizado en este Escorial despierta el apetito y la atención sobre su trabajo. Con un interesante manejo del espacio que potencia las posibilidades del pequeño foro del Sor Juana; Edyta Rzewuska, responsable de la escenografía y el vestuario, se alía con la directora junto con Jorge Ferro, que es el encargado del diseño de iluminación, siempre fundamental en el mundo fantasmal de Ghelderode. Y así se da como un primer espacio de unidad de concepción que nos permite asumir la propuesta sin fragmentación. Apoyados por quienes nos guían.

Y luego están los actores, cuatro en realidad, pero siendo esencialmente dos los protagónicos. El rey es Patricio Castillo, un actor ideal en este personaje y con este autor, ya que puede jugar al exceso sin destruir al muñeco, incluso favoreciéndolo con su histrionismo. El bufón cae a manos de un Roberto Sosa sumamente prolijo en su construcción y con una cualidad que lo contrapone a Castillo generando una complementaridad magnífica: siempre retiene la energía, mientras su contrincante generalmente la desborda. Muy atractiva esa visión de dos fuerzas opuestas y de dos sentidos del acecho capaces de cambiar roles en un juego del que no despegamos los ojos más que para las pausas rítmicas y los leves cambios climáticos que aportarán los otros dos actores en escena. Estos son Macrosfilio Amílcar, como el monje y Alicia Laguna, como el fantasma de la reina. Excelente el primero y correcta la segunda, aunque en lo personal hubiera preferido al verdugo original.

Un material que vale la pena ver porque todos sus rubros están trabajados desde la calidad de un artesano, sin descuidar, sin desvalorizar, y con la capacidad de permitirnos ver lo que cada uno tiene que decir dentro de una integración que da unidad y sentido a la obra.