FICHA TÉCNICA



Título obra Drácula

Autoría Bram Stoker

Dirección Enrique Pineda e Ignacio López Tarso

Elenco Alejandro Camacho

Espacios teatrales Teatro México

Referencia Bruno Bert, “Dejar volver a Drácula a su tumba”, en Tiempo Libre, núm. 961, 8 octubre 1998, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Dejen volver a Drácula a su tumba

Bruno Bert

El tema de Drácula viene fascinando a nuestra cultura desde hace más de un siglo. Los principales componentes de ese éxito son su ambivalencia sexual, la paganización de lo religioso con elementos procedentes de las culturas populares, y un sentido del poder irrestricto ejercido desde la muerte y vinculado a antiquísimos procesos de resistencia y liberación.

Si bien fue el irlandés Bram Stoker (1849-1912) el creador del personaje en su actual perfil, ha sido el cine el verdadero difusor masivo del mito del vampiro, sobre todo a partir de aquel memorable Nosferatu de Murnau, una de sus grandes obras en 1922, que inauguró toda una serie de efectos especiales para la pantalla. Las versiones, siempre para cine, son muchísimas, pero digamos que Bela Lugosi quedó como uno de sus grandes intérpretes históricos, Polanski como un director que renovó el género con su humor en La danza de los vampiros, y dos los materiales más recientes y sugestivos que ubican a Drácula en nuestro fin de siglo: Entrevista con el vampiro, y Nosferatu, ahora en su versión moderna de homenaje. Todas sumamente disfrutables, sobre todo para aquellos que gustamos de este tipo de obras en sus mejores ejemplos.

Son entonces las posibilidades de la técnica en el cine y las de la imaginación en la literatura las que siguen promoviendo la difusión, siempre actualizada en sus matices morales, del viejo conde rumano. Pero ahora el teatro contra ataca y Enrique Pineda dirige una versión en el Centro Teatral de los Fábregas, con Alejandro Camacho en el protagónico e Ignacio López Tarso encarnando a su archi enemigo el Dr. Van Helsing.

Aquí supongo que uno de los principales problemas fue establecer un orden de prioridades en la adaptación (a cargo de Manuel Núñez Nava) y la puesta. Podemos pensar que lo principal es la recreación efectiva de los climas, y la densidad de sugestión que tiene la novela adecuada a lo contemporáneo. Y aquí pasa a primer plano Arturo Nava como escenógrafo e iluminador. Pero pareciera que hay un muy poco feliz encuentro entre sus concepciones y la necesidad del director de crear un ámbito extra light a todo, y de esto con el ensamble de los actores en tanto estrellas en lucimiento y todas estas partes asimilar el muy particular sentido del vestuario de Cristina Souza.

El resultado es que la suma de las partes no da un todo, sino una ausencia de unidad y concepción. El escenógrafo crea grandes paneles desplazables que deben acercarnos a la idea de los muros, del castillo, de toda esa solidez y oscuridad que lo rodea. Y también extrañas máquinas que tienen que ver con la idea de ciencia hace cien años. Pero los personajes usan ropas entre contemporáneas y de comedia musical en decadencia y entonces lo anterior no se integra a nada y pierde validez en sí mismo. A su vez los personajes quedan como flotando en una ausencia de espacio propio y nunca terminan de asimilarse ni a las casi ridículas ropas que usan (el primer traje de Drácula y su cuellito eréctil de plumas es francamente deplorable), ni a una historia que no les presta ni la más mínima verosimilitud dentro del género.

Todo aparece inarticulado, y así los efectos producen lo contrario de lo deseado: el público ríe donde debiera aterrorizarse y se aburre en plena trama de suspenso. Los actores no trabajan entre sí, sólo se yuxtaponen con criterios que se inhiben recíprocamente. López Tarso pareciera estar diciéndonos todo el tiempo que él está allí de pura casualidad pero que no tiene nada que ver con nada ni con nadie. Ca-macho repta por el espacio oscilando entre la ridiculización de un Drácula homosexual y amanerado, y la grandilocuencia decimonónica de un Bela Lugosi. Ni qué decir de las dos mujeres —Maite Embil y Yadhira Carrillo— que no termina: de decidirse si morir como las heroínas del cine de los veinte o deambular por el espacio como en el cine musical de los cuarenta.

En fin, que los gustadores de las obras de vampiros e mejor que se dediquen a leer el original o renten una de las tantas versiones en video. Mejor será que dejen volver Drácula a su tumba en espera de noches más fértiles y obras mejor logradas.