FICHA TÉCNICA



Título obra Enrique II, Rey de Inglaterra

Autoría Bertolt Brecht

Dirección Arturo Sastré

Elenco Raymundo Capetillo, Mario Ficachi, José Escandón, Óscar Flores

Espacios teatrales Teatro del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, “Fealdad, pobreza y monotonía”, en Tiempo Libre, núm. 960, 1 octubre 1998, p. 31.




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Referencia Electrónica


Teatro

Fealdad, pobreza y monotonía

Bruno Bert

En este año en que se cumple el primer centenario del nacimiento de Bertolt Brecht, contrariamente al olvido habitual, han sido varias las obras de su autoría que se llevaron a escena. Ahora le tocó a Eduardo II, un texto de los veinte, anterior a la Opera de los tres centavos,que Arturo Sastré escenificó en el Helénico.

Podríamos decir que se trata de una obra del periodo formativo de Brecht, y esto determina que tanto a niveles estilísticos como ideológicos se encuentren en ella algunos elementos débiles y contradictorios. El original se basa en una obra de Marlowe, la mejor de este autor inglés del periodo isabelino, e inaugura la costumbre brechtiana de adaptar muy libremente a los clásicos. Toma la figura de este rey medioeval inglés que fuera asesinado por la nobleza, en complot con la reina, disconforme que el gobierno fuera ejercido por los favoritos plebeyos del rey. Es decir que aquí hay dos temas presentes: el enfrentamiento de la nobleza feudal al poder real todavía incipiente, y el rechazo a los ascensos de clase por parte de los advenedizos ansiosos de poder.

Esto en la época de Marlowe es de absoluta actualidad y, desde otra realidad histórica, vuelve a estarlo en la Alemania errática de la República de Weimar. Brecht lo actualiza y al mismo tiempo experimenta en su sistema de lenguajes tratando de quebrar las unidades cerradas del teatro de su momento, trabajando las escenas como una pulsación que sustituya la narración lineal que es norma. Es el albor, todavía bastante titubeante y débil del teatro épico y didáctico, que acomete contra los manipuladores del poder.

Pero así como el teatro de Marlowe es un enclave entre los valores sociales del medioevo y la exaltación individual del renacimiento, así también el teatro de Brecht de estos momentos es un espacio de transición entre el dominio de su oficio y la adopción de la ideología marxista que luego habrá de trasladar más o menos rigurosamente a sus nuevas teorías teatrales. De allí que la obra sea mucho más interesante desde el punto de vista del estudioso de la historia del teatro, que desde la mirada de un espectador común, para el que las debilidades de estilos e ideas que recién están fraguándose no resultan muy atractivas.

Naturalmente aquí interviene la labor del director y adaptador final del texto, en este caso Arturo Sastré, que vuelve a torcer la mano de las intenciones originarias tanto de Brecht como de Marlowe para hacer de todo el primer acto un predominante discurso intimista de defensa a la homosexualidad. En el segundo este tema queda olvidado, salvo que leamos el miserable final del rey como una venganza personal de la reina, que encumbra a un noble al poder por las mismas razones por las que su regio marido lo había hecho con un plebeyo: la dependencia al deseo sexual.

Toda esta manipulación de lecturas e intenciones en condiciones no demasiado claras ni favorables hace que este Eduardo II sea, a niveles ideológicos, una estructura endeble, contradictoria y por supuesto bastante poco significativa, que pasa por el melodrama, la proclama social, el teatro didáctico, el experimento formal y varias cosas más sin quedarse plenamente en ningún lado y anulando a cada momento lo conseguido en la escena anterior. Y el montaje apoya esta confusión con una utilización de los recursos de "distanciamiento" muy poco afortunados, siempre bordeando la fealdad, la pobreza y la monotonía. Desde el punto de vista formal creo que es mal comprender la propuesta de Brecht asimilarla a lo burdo, a lo poco elaborado e incluso a lo banal, bajo la idea de evitar por ese camino la empatía y el ilusionismo naturalista.

Así, entre un texto de intensiones confusas y una puesta casi desagradable en su aspereza andan los actores, un poco a la buena de Dios, oscilando estilos y buscando géneros con resultados que están naturalmente más allá de sus capacidades o deficiencias, más bien dependiendo de un director al que recordamos en una excelente opera prima y que aquí parece haber perdido el rumbo. El nutrido elenco de cerca de veinte intérpretes está encabezado por Raymundo Capetillo en el papel de Eduardo II. Su desempeño es correcto dentro del sesgo elegido, pero esa blandura amanerada que es válida en el primer acto, se vuelve debilidad para la epicidad que de él se pretende en el segundo. Le acompañan Francisco de la O, Mario Ficachi, Mariana Giménez y Honorato Megaloni en los papeles principales. En todos hay presencia y compromiso, pero también la carencia de un marco contenedor que dé consistencia a sus distintas apariciones.

¿Qué agregar, salvo el deseo de mejores empresas que la presente?