FICHA TÉCNICA



Título obra Las cartas de Mozart

Autoría Emilio Carballido

Dirección Evgueni Lázariev

Elenco Margarita Sanz, Felio Eliel, Vannesa Bauche

Espacios teatrales Teatro de las Artes

Referencia Bruno Bert, “Puesta desoladoramente pobre”, en Tiempo Libre, núm. 954, 20 agosto 1998, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Puesta desoladoramente pobre

Bruno Bert

A 23 años de su estreno, el maestro Emilio Carballido ha vuelto a llevar a escena su obra Las cartas de Mozart, esta vez de manos del director ruso Evgueni Lázariev, en el Teatro de las Artes del CNA.

Se trata de una comedia con un fuerte carácter poético, que se ubica en el México inmediatamente posterior al imperio de Maximiliano, entre gente de una clase media un tanto castigada. La anécdota gira alrededor de una muchacha que por edad y situación debe optar entre las seguridades de una vida mediocre o las zozobras de una aventura que embarque a sus sueños.

La historia está contada casi como los lances en un cuento infantil, y de hecho, uno de los interlocutores de la protagonista es justamente un niño que está enamorado de ella. Un espejo en el que la joven puede verse a sí misma en una infancia que intenta retardar en su partida aún a costa de la libertad que esto implica. Así, los personajes no tienen la consistencia de lo real, sino el diseño arquetípico de los cuentos: la tía solterona y maquiavélica, el viejo oportunista y cobarde, el joven soñador, la vecina despistada... y a través de ellos las intrigas que implican herencias, estafas y asesinatos. Todo tiene como un cierto sabor a Ibsen, tina cierta reminiscencia a los folletines de Dickens, a la literatura decimonónica finisecular entre didáctica y simbolista.

Es decir que se trata de un material interesante pero sumamente complejo bajo su aparente sencillez. Se puede caer fácilmente en una especie de ilustración simplista que más bien desnaturaliza que complementa las posibles lectoras implícitas en el texto. Y es que los temas posibles son variados y vinculados entre sí: el valor de los sueños; la capacidad para crecer sin marchitarse, el aislarse o convivir con el mundo real, el valor del arte y la relación ornamental o profunda de éste con la vida, la posibilidad de amar y lo que eso significa para cada tino... son muchas las puntas que Carballido nos lanza a través de Las cartas de Mozart con un título que justamente señala al gran compositor casi como arquetipo del artista que tiene el valor de vivir y crear según sus convicciones... aunque esto implique miserias, intrigas y hasta una muerte prematura y miserable.

A este material, tan difícil de abarcar con eficiencia, Evgueni Lázariev —al que le viéramos un interesante montaje de autor soviético— le construye una interpretación en la Puesta que nos resulta desoladoramente pobre. Y esto comenzando desde la misma escenografía y manejo del espacio, que no se decide entre tina encarnación definitivamente naturalista (como la que le hiciera Antonio López Mancera en su estreno) o tina libre reinterpretación hacia otro estilo cualquiera, manejándose en una media agua engorrosa y mastodóndica. Todo allí es pesado, didáctico, muy poco volcado al desafío de imaginación que es tina de las líneas más importantes del texto. El espacio del sueño aquí está sustituido por efectos absolutamente primarios, que no tienen que ver con un cuento para niños, sino con la falta de vuelo de algunos adultos.

No se prioritariza tina búsqueda determinada, una lectura precisa, un ángulo de visión que el director aporte como personal a lo ya propuesto por el texto. Sólo se monta, de manera casi mecánica, como si hubiera faltado tiempo para terminar tanto los planes como la realización misma del trabajo. Y esto por supuesto destruye —salvo instantes muy aislados— la contundencia del libro dejándonos lo pedestre de la visión espectacular. Y aquí no se salvan los actores, a pesar de contar con elementos tan importantes como Margarita Sanz o Vannesa Bauche. Falta una definición y profundización en cada personaje, quedándonos apenas con su diseño más externo, más inmediato. Allí es donde podría iniciarse la visión más sustanciosa de esos muñecos que no se enriquecen tanto por el desarrollo de un presupuesto sicológico que los involucre, sino sobre todo por la posible minuciosidad de su diseño.

En definitiva, Las cartas de Mozart, por el especial enfoque desde las que están trazadas, parecen haber resistido bien el paso de una generación, pero continúan exigiendo no un puesta sino un verdadero creador que trabaje el texto corno cantera, cubriendo ciertas debilidades (que existen, sobre todo en la, segunda mitad) y exaltando las virtudes de un libro bien singular de nuestra literatura dramática.