FICHA TÉCNICA



Título obra Fausto

Autoría John Jesurun

Dirección Martín Acosta

Elenco Carmen Delgado, Laura Almela, Georgina Tábora, Arturo Reyes, Miguel Ángel Ferriz, Marco Pérez

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, “Bello, pertinente y redondo”, en Tiempo Libre, núm. 950, 23 julio 1998, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Bello, pertinente y redondo

Bruno Bert

Tal vez lo que deseamos de una obra de teatro, para poder concederle un determinado valor artístico, es que contenga esa triada compuesta por: unidad/ pertinencia/ belleza.

Lo primero es tal vez lo más difícil, porque casi siempre hallamos los trabajos fragmentados en sus partes, débiles unos en relación a los otros, prevaleciendo muchas veces las buenas intenciones, sin que éstas lleguen a plasmarse en la realidad. La pertinencia es ese difícil entrecruzamiento entre lo personal del creador y lo social del público, equidistante entre lo didáctico y lo hermético, enlazado a nosotros a través del sabor de una pertenencia histórica de valores.

Y la belleza, en irrefrenable y constante mutación, es la capacidad de la obra artística para apoyarse en un canon y superarlo.

Esta especie de prólogo es en relación a Fausto, el montaje que Martín Acosta hiciera de la obra de John Jesurun. No porque lo considere perfecto, sino porque me entusiasma que sea bello, pertinente y redondo. Fausto es un arquetipo que marca el impulso humano hacia el conocimiento, incluyéndolo en su acepción más amplia y por lo tanto también mágica, y el poder derivado del mismo. Naturalmente esto, que nace del Renacimiento, ha sufrido muchas variantes a través del gran número de versiones literarias, escénicas y musicales que estos siglos han producido. Muy radicales y distintas entre sí, vinculadas cada una al pensamiento de una época y región, aunque el enorme genio de Goethe haya impuesto una especie de modelo en su Fausto personal. De allí, el interés de convocar hoy a este personaje, y a manos de un dramaturgo norteamericano perteneciente a las nuevas generaciones aunque ya no sea un muchacho.

Y aquí lo que parece prevalecer es la soledad. Una soledad mayor a la que es habitual al tema. Un precipitado de soledad. Naturalmente lo estoy leyendo desde la puesta, dado que no he tenido un acceso anterior al texto, pero, como decíamos antes, el discurso escénico resulta particularmente consistente y coherente con el autoral. Y en este caso la soledad de Fausto es al mismo tiempo histórica, metafísica e individual. Porque además por momentos es Dios mismo en conversación con el Diablo, que reivindica para sí el haber inventado el amor, es decir, la diferencia con el otro, que al mismo tiempo nos pertenece y nos es completamente ajeno. Y ése es el acto de la condena, porque el amor provoca el movimiento de la historia y nacimiento de la muerte. El amor es la utopía y la realidad es la ausencia de donde posar los pies y las ideas. Sólo quedan las reflexiones en la tierra de nadie donde prevalece la destrucción hacia todas las direcciones sicológicas y sociales. De allí que en imagen, texto y sensación el discurso pertenezca plenamente a este momento histórico.

Aquí, a manos del concepto espacial de P. Amand y la iluminación de Matías Gorlero, ambos precisos y creativos, estamos en un mundo virtual que tanto está ubicado en nuestra cabeza, como en el interior de un ordenador cibernético. Un espacio que vive reminiscencias de las imágenes finales de 2001: el interior de una nave espacial (aquí un avión sobrevolando una ciudad incendiada), el interior del universo, el interior del hombre o de Dios. Un interior con muchas puertas por donde entran ángeles y jueces, un interior vacío donde se canturrea una canción de Los Beatles que ha perdido su sentido original. Y es interesante que al conjunto de actores esencialmente los vea desde su capacidad para generar ficción. Ellos son Miguel Angel Ferriz, Laura Almela, Georgina Tábora, Marcos Pérez, Carmen Delgado y Arturo Reyes. Excelentes intérpretes de sombras conducidos con gran talento por Martín Acosta en un mundo hecho a la medida de este Fausto que nos habita a tantos.

Si usted piensa que esto que está leyendo tiene poco de crítica creo que estoy primariamente de acuerdo con usted. Digámosle más bien acercamiento curioso a una obra que tiende a estimularme para no aprehenderla de manera convencional. Creo que vale la pena verla, más allá que nos guste o no. Es una provocación inteligente, y eso abunda muy poco en nuestras carteleras.