FICHA TÉCNICA



Título obra La tempestad

Autoría William Shakespeare

Dirección Antonio Castro

Elenco José Carlos Rodríguez, Diego Jáuregui, Úrsula Pruneda, Jorge Zárate

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Espacio de ambigüedad”, en Tiempo Libre, núm. 949, 16 julio 1998, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Espacio de ambigüedad

Bruno Bert

Las obras de Shakespeare pueden vincularse entre sí formando grupos de afinidad temática o estilística. Entre otras, hay dos, bien distancia-las entre sí por el tiempo de su escritura pero similares al fin. Estas son Sueño de una noche de verano y La tempestad, que es una de sus últimas producciones. Ambas están pensadas como grandes espectáculos destinados a ser representados dentro de festejos, posiblemente bodas, al interno de la corte. Por lo tanto las dos acuden a la magia, presentan personajes fantásticos, se les insertan bailes y mascaradas, tienen una trama cargada de intriga con varias historias concurrentes, abunda el amor y terminan con final feliz.

Ahora, Antonio Castro, uno de los integrantes de La máquina del Teatro, ha estrenado su versión de La tempestad en El Galeón.

El original shakespereano subraya sobre todo el divertimento y de paso marca la fidelidad —al amigo, al pariente, al amo, al rey— como uno de los valores fundamentales del hombre. Y para esto crea una pareja de opuestos en los dos criados de Próspero, el rey exilado que es protagónico de la obra. Las figuras de Ariel y Calibán han recorrido los cuatro siglos que nos separan del estreno de La tempestad cambiando de significado simbólico y también de valor social. Ariel, el espíritu incorpóreo y Calibán —anagrama de "caníbal"— el cuerpo deforme y maloliente, puente entre el animal y el hombre. Por supuesto que en algún momento simbolizaron la materia y el espíritu, pero más frecuentemente se vio en Calibán —y creo que con razón— al indio americano un poco repugnante y levantisco al que hay que tener bajo mano firme si no queremos que traicione al bondadoso amo que lo ha "civilizado". Son interesantísimos los cambios de visión de este dúo desde el positivismo decimonónico hasta la primera mitad de nuestro siglo. Digamos que resulta tan frondoso el tema que no puede menos que tomársele en cuenta en cualquier montaje moderno, sea cual sea la lectura que hoy quiera dársele.

Al contrario de esa extraordinaria versión cinematográfica de Peter Greeneway que se llamó Los libros de Próspero, cargada de sensualidad y de un barroco fastuoso, Castro opta por un escenario desnudo, sólo un piso abovedado con trampas, reminiscencia de la isla en donde sucede la acción, aforado de puertas, dentro de una estética completamente contemporánea y acentos decididamente teatrales que al parecer tiene a la obra de J. Turrell como fuente de inspiración.

Todos los personajes visten un hoy de fantasía y la adaptación no sólo acorta al original sino que peina expresiones agregando giros locales y simplificando el lenguaje. Ariel es un espíritu femenino, protestón y obediente, incluso más allá de lo pedido, mientras que Calibán sobreacentúa su monstruosidád, volviéndose estúpido y gracioso en un afán de independencia y venganza sin verdaderas consecuencias. La primera viste uniformes que bien podrían salir del cómic y el segundo, si seguimos en esta vertiente, usa harapos desgarrados al estilo de aquel hombre verde que lanzaba gritos por la televisión y las historietas de hace unos años. Resulta difícil decidir si en ellos hay una elección de significados que exceda la propuesta de crear una imagen visualmente interesante sobre puntos de oposición. Y en este sentido toda la puesta tiene la característica de moverse en un espacio de ambigüedad en donde no se decide una verdadera polarización ni conceptual ni formal. Todo queda a medias, en una construcción prolija, atractiva por momentos, llevadera en su desarrollo, pero carente de una personalización (al menos legible) que haga de la estética utilizada un estilo y de los textos adaptados una intencionalidad de lectura.

El elenco es bastante amplio y tiene a José Carlos Rodríguez como Próspero, a Jorge Zárate en el papel de Calibán y a Claudette Maillé asumiendo el rol de Ariel. El trabajo de todos es sólido y homogéneo, aunque se antoja un punto más de riesgo de parte de la dirección contando con un grupo que seguramente hubiera respondido muy bien a cualquier provocación creadora. En definitiva, una tempestad agradable con vientos que no llegan a ponernos en peligro.