FICHA TÉCNICA



Título obra Antígona en Nueva York

Autoría Janusz Glowacki

Dirección Ludwik Margules

Elenco Luisa Huertas, Arturo Ríos, Guillermo Gil, Fernando Banda

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “Material para ser visto”, en Tiempo Libre, núm. 946, 25 junio 1998, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Material para ser visto

Bruno Bert

Janus Glowacki es un escritor polaco que reside en Nueva York desde hace ya veinte años. No es un dramaturgo complaciente con el espacio en que vive, aunque por supuesto ha tomado de él elementos formales que incorporó a su teatro, que se ha vuelto una referencia ácida y exitosa dentro del clásico realismo americano, ese tipo de combinaciones inteligentes que puede fascinar a muchos. Hace tiempo que su nombre se ha vuelto ampliamente internacional.

Ahora el maestro Margules, casualmente del mismo origen y también él emigrado, ha estrenado en México Antígona en Nueva York, una obra de su compatriota que al parecer nació de la observación de la fauna humana que puebla el Tompkins Square Park, sobre todo por las noches, cuando los paseantes habituales se retiran.

El drama reúne a tres extranjeros y un americano. Los primeros —un ruso, un polaco y una portorriqueña que en la puesta se vuelve mexicana— son mendigos que sobreviven bajo el puente del metro que cruza el parque. El último es un policía local que patrulla esa zona. El presenta el espectáculo al público, aparece periódicamente y lo cierra, casi sin contacto con las otras figuras, aunque determinante para ellas. Todo está teñido por el recuerdo de la tragedia griega como género, y por lo tanto el policía funge como un sintético coro moderno que comenta la acción, tres son los actores, y todo ocurre en una noche respetando aristotélicamente la unidad de tiempo y espacio.

Pero más allá de esta estructura reminiscente, que viene fascinando al teatro americano desde O'Neill, lo que Glowacki hace es plantear el tema de las identidades cuando la extranjería se da en el horizonte más bajo de la escala social, lindando la muerte, en el corazón enfermo del gran imperio americano. Y aquí la extranjería adquiere más de un matiz, porque si el primero tiene que ver literalmente con la patria lejana, con las reminiscencias y con el fracaso hacia el otro, hacia la otra cultura en la que se halla ahora contenido o rechazado; no deja de estar incorporado también el sesgo hacia las extranjerías interiores, hacia aquel que no puede reconocerse a sí mismo y va borrándose progresivamente hasta no ser más que un número pintado en un ataúd que será sepultado anónimamente en la tierra de una prisión.

La anécdota toma jirones de la obra clásica, pero tal vez sólo para reclamar dignidad para esos seres que parecen haberla perdido junto con su capacidad de luchar con efectividad contra el sistema que ya los ha masticado y digerido. De allí que Antígona sea una mendiga mexicana, residuo de una explotación maquilera, y que el muerto al que se busca sepultar sea casi un desconocido que ella recuerda por haberla defendido en alguna oportunidad frente a la policía a costa de su propia destrucción. Un muerto que ya a nadie importa y que incluso es confundido con cualquier otro, marcando con esto la unidad primordial de todos esos desclasados. Es interesante como Glowacki hace confluir en sus personajes una síntesis de nuestro tiempo. Así, tal vez por afinidad afectiva, es más cruel con el polaco, al que habrá de mostrar siempre a la zaga de sus sueños, incapaz de concretarlos, lleno de miserias y oportunismos mezquinos, sin poder sin embargo separarse del ruso al que, contrariamente a la historia en grande, necesita y explota constantemente. Y este último, paradójicamente, es un artista disidente al que el último jerarca soviético escupiera uno de sus cuadros. Ahora quedó encerrado a mitad camino de todo, fracasado en Estados Unidos y con una carta ya inútil en los bolsillos para que vuelva a Rusia a seguir pintando.

Indudablemente el tono general de la obra es de un gran pesimismo —muy correspondiente a las realidades de nuestro tiempo— en un espacio sin horizontes más que para la muerte.

Muy efectiva la monumental pero sencilla escenografía de Tere Uribe y la trabajada iluminación de Arturo Nava. Ambos construyen la progresión del drama junto con el autor y el director al darnos visualmente ese juego constante de opuestos (vida/ muerte; luz/ oscuridad; grande/ pequeño) que pivotea toda la obra.

Los actores son Luisa Huertas, Guillermo Gil (el polaco), Arturo Ríos (el ruso) y Justo Martínez (el policía). Excelente el trabajo de todos, reconfirmando no sólo la calidad de intervenciones anteriores en la larga y fructífera carrera de todos ellos, sino también la indudable maestría de Margules en el manejo de sus intérpretes y en el clima global de obra, en la que indudablemente se muestra como a sus anchas, como de pertenencia propia, hecho fundamental para que su talento como director florezca potenciando la voz del autor, aquí ya muy clara.

En definitiva, un material para ser visto y analizado que está lejos de agotarse en una primera aproximación.