FICHA TÉCNICA



Título obra La última y nos vamos

Autoría Bertolt Brecht

Notas de autoría Rodrigo Johnson y Flavio González Mello / paráfrasis de Herr Puntila y su criado Matti

Dirección Rodrigo Johnson

Elenco Óscar Yoldi, Luis Mario Moncada, Guillermo Cordero, Laura Sosa

Escenografía René Franco

Iluminación Iván Dorado

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Bruno Bert, “Puesta bastante ascética”, en Tiempo Libre, núm. 945, 18 junio 1997, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Puesta bastante ascética

Bruno Bert

Las obras escritas por Brecht en la década de los cuarenta corresponden a una etapa de plena madurez, donde ya ha desarrollado sus teorías respecto a la actuación y también se adhiere muy claramente a los postulados de un teatro didáctico de corte marxista. Y de esa época —1944 es justamente Herr Puntila y su sirviente Matti, de la que Rodrigo Johnson ha llevado a escena una versión libre bajo el nombre de La última y nos vamos.

La tesis de la obra brechtiana es: "Siendo un capitalista —o terrateniente en este caso— sólo borracho se puede comportar como ser humano". Y así, jugando a la literalidad para extraer lo que la trascienda, toma un viejo tema popular nórdico, y nos muestra a este señor Puntila, rico terrateniente con una hija casadera; que vive en la contradicción, ya que el rigor como patrón se esfuma cuando toma cuatro copas e intenta la confraternidad con sus criados y obreros... hasta que vuelve a la sobriedad y sigue su sistema de explotación inhumana, única forma real de mantener su posición social, tema que ya, había desarrollado unos años antes en El alma buena de She Zuan.

Matti, el chofer de Puntila, es el confidente en el que se apoya cada vez que huye tras las botellas, y por lo tanto es el que más peligra cuando la cruda deja paso a la luz de la mañana y sus verdades. Y a través de este juego Brecht nos muestra como las relaciones sociales no son voluntad de los que las viven y pueden mucho más que las buenas intenciones de éstos, imponiéndose las reglas de la estructura social a las consideraciones de carácter moral que puedan formular los que se hayan sometidos a ellas.

Por supuesto, este andamiaje teórico se haya imbricado en un seriado de escenas donde existen bromas, juegos de palabras, conatos de danzas populares y las mil sugestiones de la cultura cotidiana que Brecht supo reintegrar al teatro como siglo antes lo hiciera Shakespeare para Inglaterra. Y es la única manera que la pretensión de un mensaje quede suficientemente cubierto de atractivo para que el teatro didáctico no sea sinónimo de teatro aburrido.

Rodrigo Johnson es un director joven pero con abundantes puestas en los últimos años, que bien merecía aparecer por los escenarios del Juan Ruiz de Alarcón. Allí, casi sin escenografía, más bien con un criterio de manejo de espacio a partir de la resignificación de dos grandes rampas rojas y un amplio ciclorama, intenta una puesta bastante ascética donde le va más a la imaginación que a las posibilidades que puede permitir un presupuesto que aquí no parece excesivamente holgado. Un acierto para ello es la incorporación de un par de músicos en vivo, una dificultad es la de contar con muy pocos actores y un nutrido elenco de estudiantes de muy limitadas posibilidades expresivas aun en lo coral.

Puntos a su favor es el peinado que le ha dado al texto (aunque hayan desaparecido algunas cosas valiosas para las intenciones filosóficas de Brecht) tratando de apostar más hacia lo lúdico, y ciertas limitaciones se relacionan con un espacio que por momento los actores no logran realmente abarcar. Esto nos dice de un equilibrio entre Lirios y troyanos que deja la puesta tensamente equilibrada sin llegar a volcarla ni al entusiasmo ni a la desesperanza, entre el goce y el desapego, el interés y la distancia.

El protagónico está interpretado por Oscar Yoldi, un actor al que Johnson acaba de dirigir en un monólogo de Sinisterra. Atractivo su trabajo, sobre todo en la primera mitad que es donde parece desarrollar todas sus posibilidades, luego se vuelve un poco repetitivo en cuanto a recursos y un poco fatigado, tal vez por las exigencias de este enloquecido y ciclotímico Puntila. Le acompaña como Matti el que hasta hace poco dirigiera el área de teatro y danza de la UNAM, Luis Mario Moncada. Su trabajo es correcto, pero mucho más hacia el naturalismo que lo que pediría una puesta de Brecht, tan jugadas generalmente hacia el exceso y las seducciones del cabaret, del comentario dentro del personaje, del distanciamiento emocional pero con fuerte involucración en todo lo que es creación de muñeco y su perfil dinámico.

Los demás, Guillermo Cordero, Laura Sosa, Diego Jáuregui y muchos otros además del equipo coral, construyen en un equilibrio con los dos protagónicos, en muchos momentos de manera firme y atractiva.

En definitiva, un homenaje a Brecht en su centenario que puede verse con gusto aunque no se lo comparta en totalidad.