FICHA TÉCNICA



Título obra Activo fijo

Autoría Fernando León

Dirección Rogelio Luévano

Elenco Antonio Peñuñuri, Moisés Manzano, Jaime Estrada, Llever Aiza

Escenografía José de Santiago

Iluminación Flavia Hevia

Espacios teatrales Casa del Teatro

Referencia Bruno Bert, “Excelente ópera prima”, en Tiempo Libre, núm. 943, 4 junio 1998, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Excelente opera prima

Bruno Bert

Dentro del ciclo de Opera prima, en el rubro de autor, que viene desarrollando Casa del Teatro, acabo de ver Activo fijo, de Fernando León, llevado a escena por Rogelio Luévano. Esto hace parte del teatro clandestino, por lo que queda impregnado por sus intenciones y su estética. Es decir, que se trata de una obra de fuerte denuncia social, enclavada en nuestra realidad inmediata y montada a partir del más minucioso realismo.

En este caso el material opta por describir a dos ínfimos agentes de la PGR que al cambio de procurador (posiblemente se refieran a Lozano Gracia ya que abundan las referencias a La Paca, los huesos sembrados y las delaciones pagadas) son enviados a un sótano oscuro y polvoriento para inventariar el "activo fijo" de la institución, que prácticamente es una montaña de basura. En realidad bien rápidamente advertimos que ellos mismos hacen parte de ese descarte inventariado, a medias entre el ser humano y la máquina descompuesta, en el subsuelo de toda nuestra estructura social. Es decir que la lectura no se queda en lo individual, sino que lo abarca y trasciende. Nada en ellos despierta la menor empatía o solidaridad, son seres frustrados que intentan vivir de la transa, permanentemente al margen del poder que podría permitirla a gran escala y de cualquier tipo de dignidad. Su comportamiento es estereotípico y las primeras víctimas son sus propias familias, con las que mantienen una relación sádica como compensación de la constante exclusión en la que viven. Machos de cantina que alardean de voltearse a todas pero que finalmente no desdeñan la homosexualidad si no tienen que autoconfesársela. Bueno, figuras fáciles de reconocer a la puerta de cualquier antro, gastando sus pocas ganancias en putas, venerando a la jefecita que explotan y madreando a la esposa y los hijos si alguna vez intentan revelarse.

Parásitos de placa y pistola bien captados por la pluma de Fernando León, que parece tener a González Dávila como maestro, al menos al juzgar por esta obra, donde el diálogo está sólidamente construido a partir del lenguaje popular que pueden manejar este tipo de personajes.

Y lo mismo pasa con la trama, en ese reiterado pasaje entre la esperanza y el fracaso para hacer dinero a como dé lugar, sea vendiendo droga o extorsionando a quien se deje. No hay campo para la esperanza, ni para la mínima dignidad en esta pintura de la degradación de quienes saben de antemano que se hayan en el último peldaño, sólo y apenas por encima de la nueva víctima a la que pueden estar torturando. Sin las luces necesarias para una transgresión de monta y cuidado... corno la que hacen sus jefes, por ejemplo.

Una excelente opera prima que define a un escritor que nace con conocimiento y habilidad, como para entregarnos un producto definido y eficiente. A su vez el director va acentuando todos los conos y contradicciones, jugando con el valor del silencio, con la reiteración de ciertos sonidos, el descuido de algunas miradas y en definitiva con una construcción actoral de corte estereotipado que sirve perfectamente para marcar la carencia de personalidad, la copia de clichés manidos y lo previsible de las reacciones dentro de las reglas del entorno.

La escenografía, de José de Santiago, tiene en su hiperrealismo también la función de diseño de ese espacio donde todo está muerto y donde la movilidad es casi imposible. Y en lo que hace a los actores, son cuatro —Antonio Peñuñuri, Moisés Manzano, Jaime Estrada y Llever Aiza— creativos y correctos, pero los dos primeros son aquellos que mantienen, solos en escena, casi todo el espectáculo. Un trabajo convincente dentro de la línea elegida, capaz de interesar y convencer con su pintura.

En definitiva, Activo fijo es una obra de coyuntura construida con la intensidad y el compromiso de quien hace algo que puede trascender. Eso es importante, porque aunque sepamos que se trata de algo relativamente efímero (incluso da muestras de vejez en algunas referencias) lo esencial que encara, es decir el juego de valores y la pintura social, logra impactarnos a través del reconocimiento de nuestra circunstancia, uno de los objetivos del Teatro Clandestino.