FICHA TÉCNICA



Título obra Tiempos furiosos

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Raúl Zermeño

Elenco Alberto Estrella, Ángeles Marín, Víctor Carpinteiro, Larissa Guzmán, Cristina Michaus

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Espacios teatrales Teatro El Granero

Productores FONCA / INBA

Referencia Bruno Bert, “Ilustración naturalista”, en Tiempo Libre, núm. 940, 14 mayo 1998, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ilustración naturalista

Bruno Bert

Jesús González Dávila (1942) escritor perteneciente a lo que en su momento se denominó como "Nueva Dramaturgia Mexicana", es el caso particular de un excelente teatrista que nunca llegó a imponer con contundencia sus trabajos al medio. Incluso su mayor éxito —aquel memorable De la calle— sirvió más para consagrar a su director, el recordado Julio Castillo, que a él mismo. Sus textos son fácilmente identificables, porque al igual que Arguelles, por ejemplo, ha desarrollado un estilo inconfundible enraizado en sus obsesiones, que en este caso pasan por todo lo que sea sórdido y marginal. Un "teatro de la desesperanza", como muchas veces se lo ha definido, que hace galería con los olvidados y menospreciados de nuestro sistema.

Ahora Raúl Zermeño ha montado en El Granero una obra suya que tiene por nombre Tiempos furiosos. Es evidente que, desde él hay un enraizarse del material con los estímulos sociales que denuncian una escritura efectivamente rabiosa y contestataria, tan propia al estilo del maestro González Dávila.

Son apenas cinco personajes, en donde los dos hombres fungen como ejes de una sociedad machista e imperativa. Uno de ellos, el más débil, ha dejado su trabajo de ejecutivo de alguna empresa y busca una chamba similar, cada vez con mayor desesperación y menor dignidad, orillando un suicidio que nunca llega por cobardía, a través de un antiguo compañero de universidad, un alcohólico empedernido y manipulador repugnante, que lo detesta y humilla porque desea a la que es su esposa. Las otras dos mujeres una es secretaria emputecida del "triunfador" y la otra es amante del que bien pague, obsesión enferma del fracasado al que rechaza porque ahora prefiera a las mujeres. Los espacios son dos departamentos y una cantina, es decir, siempre ámbitos cerrados y asfixiantes donde sólo hay humo y oscuridad con alguna que otra luz que apenas logra filtrarse por las persianas.

Como ven, todo —historia, ambientes y personajes—está dado para poder explotar la vertiente expresionista del dramaturgo. Frente a estos materiales la evocación de un Grosz, por ejemplo, se vuelve casi natural y le entrega al texto esa doble posibilidad de acidez crítica y distanciamiento emocional. Sin embargo, como ocurre casi siempre con las obras de González Dávila, la dirección ha optado por un naturalismo apenas excedido que impregna de patología sicologista aquello que tiene un vuelo más denso e importante. Y no es que Zermeño haya errado el camino, sino que eligió aquel que tal vez resulta más accesible y menos intrincado dentro de las posibilidades que el texto permite, aunque de esta manera se rebaje el horizonte global del material.

Aceptada esta línea de visión, su trabajo es correcto y su puesta limpia y eficiente. El espacio está diseñado por Arturo Nava, que maneja el metal como componente básico. Es decir, lo chirriante, lo frío, lo que tanto se asimila a la cortina metálica de un negocio como a la reja de una cárcel, acentuado esto por una iluminación que pasa de lo climático a lo puntual con una interesante frecuencia. De todas maneras pienso que esta concepción del escenógrafo e iluminador está mucho más cerca de las posibilidades expresionistas que mencionábamos recién que de una ilustración naturalista de estados de ánimo y escenas de alcoba.

Pero tal vez el mejor acierto de Zermeño sea la dirección de actores, con un grupo de bien conocidos intérpretes en un dibujo que interesa sobre todo por lo que de contenido pueda tener en un contexto donde el desborde es regla. El desempeño es parejo y ellos son Víctor Carpinteiro, Angeles Marín, Alberto Estrella, Larissa Guzmán y Cristina Michaus. Por momentos apenas, los personajes son estructuras sociales, son manchas de color y líneas de un sonido distorsionado que suena a todo volumen. En esos instantes es cuando Tiempos furiosos se nos vuelve más interesante y nos aferra con el estómago y el pensamiento. Allí, González Dávila cobra su verdadera dimensión de ángel oscuro en una sociedad sumergida. En fin...