FICHA TÉCNICA



Título obra Las musas huerfanas

Autoría Michel Marc Bouchard

Dirección Mauricio Jiménez

Elenco Aída Lopez, Emma Dib, Jorge Ávalos, Natalia Traven

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Más allá de la anécdota”, en Tiempo Libre, núm. 938, 30 abril 1998, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Más allá de la anécdota

Bruno Bert

Hace ya varios años que no veía un espectáculo dirigido por Mauricio Jiménez, creador además de los tres a los que asistiera en su momento. Ahora vuelve por sus fueros como director con una obra de Michel Marc Bouchard, del que nada dice el programa de mano, pero que supongo como dramaturgo contemporáneo canadiense, posiblemente de la región de Quebec.

La pieza, que extrañamente recuerda las construcciones exacerbadas de Strindberg, aquellas de un naturalismo que por momentos se va hacia lo simbolista y en otros casi forma antecedentes del expresionismo, trata un tema que sería igualmente grato al gran autor sueco: la figura de la madre.

Aquí se toma la historia de una familia que al presente se haya constituida por cuatro hijos, tres mujeres y un hombre, entre los 27 y 35 años, todos solteros, que viven en un pequeño pueblo canadiense. En realidad, sólo dos de las mujeres residen en esa, que fue la casa de los padres. La otra mujer está en Alemania desde hace muchos años y el varón ha vagado un poco por Europa. Ahora, las circunstancias los han reunido en ese espacio convocados por la imagen de la madre, una mujer que los abandonó en la niñez, cuando se vio relegada en el pueblo por haber dejado a su marido para convivir con un amante. Todos han quedado dañados por el trauma de ese abandono: una deseando tener una docena de hijos, con quien sea, para demostrar a esa madre ausente lo bello que podría ser una familia; otra, volviéndose lesbiana, asumiendo el oficio de soldado, que fuera originariamente el del padre ofendido; la más pequeña sumida en la creencia de que es una débil mental, en busca de las palabras que la rediman de la culpa del lejano abandono; mientras el varón se ha vuelto en ese espacio un travesti demencial, semi cubierto con las ropas de la madre a la que representa constantemente en un acto de venganza y autodestrucción, mientras supuestamente escribe un libro sobre las cartas que ella debiera haberle enviado desde su lejano y desconocido destino.

Es peculiar, porque la estructura del autor parece oscilar entre esos melodramas truculentos a los que eran tan afectos ciertos autores decimonónicos de la época de Strindberg con la escuela de Zolá a cuestas, (abandono, locura, enfermedad, infancia desvalida, etcétera) y la posibilidad de (como expresa la presentación de mano) "ir impúdicamente más allá de la anécdota", seguramente para encontrar los sustancial del trabajo. Quedarnos en el primer caso restaría totalmente valor al material, pero para el segundo parecen faltar piezas en el rompecabezas, al menos para el espectador de México, lejano a las realidades canadienses. Se ve la intención, el aliento, pero no se comprende qué se nos quiere decir en un plano que trascienda los significados cotidianos de las acciones de obra.

Aquí nos encontramos con la dirección de Jiménez —un excelente trabajo de composición y manejo de actores—que intenta dar el clima de esa doble lectura. Por un lado nos ubica en gran proximidad con los intérpretes; por el otro, estrecha el espacio de trabajo volviéndolo apenas una franja entre dos hileras de público mirón juzgando la vida privada y las ideas de los personajes, como ese pueblo que destruyó a la madre. Por último, cubre todo de arena, echando mano a esa fértil posibilidad de significaciones que tiene este elemento, sobre todo brutalmente aplicado a una escenografía que pretende el naturalismo de una sala comedor. Un solvente trabajo de Gabriel Pascal responsable de la escenografía y la iluminación.

Asumen los distintos roles Aída López, Emma Dib, Jorge Avalos y Natalia Traven. Un trabajo muy sólido en todos ellos, dentro de esa exacerbación que los quita de una mero escaparate de situaciones para colocarlos como dados vuelta, los nervios y las vísceras de fuera, mostrando lo oculto de las cabezas y los miedos. También allí, un trabajo de conducción que ya le conocíamos a Jiménez de sus mejores momentos como creador. Entonces, una obra extraña que no logramos aprehender en lo que seguramente será su dimensión más interesante, con una fuerte influencia de autores donde Strindberg destaca, pero que incluye a muchos otros referentes históricos (¿quién no recuerda los juegos enloquecidos de los hermanos en La noche de los asesinos, de Triana, por ejemplo?), y una puesta muy creativa con un grupo de actores capaces y bien dirigidos. Creo que habría que saludar este regreso de Jiménez con los mejores deseos de éxito.