FICHA TÉCNICA



Título obra Master class

Autoría Terrence McNally

Dirección Francisco Franco

Elenco Diana Bracho, Grace Echauri, Octavio Ribero Weber, Irasema Terrazas

Escenografía Laura Rode

Iluminación Ángel Ancona

Espacios teatrales Teatro Ramiro Jiménez

Referencia Bruno Bert, “Mirada personal”, en Tiempo Libre, núm. 936, 16 abril 1985, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Mirada personal

Bruno Bert

Hay obras creadas esencialmente para el lucimiento de un gran actor, en ese paso peligroso entre el virtuosismo y el divismo; e incluso hay algunas otras —como la que vamos a encarar hoy— donde se le pide que juegue a la estrella tratando de no quedarse en lo mismo que representa. Estoy hablando de Master Class, esa obra de Terrence McNally que tuviera tanto éxito en casi todos los países donde fue montada. Nos faltaba recibirla aquí, y ahora la ha puesto Francisco Franco con producción privada —Ocesa/ Morris Gilbert— en el teatro Ramiro Jiménez.

La obra se estructura, según lo expresa su propio título, en una clase magistral de canto dada por María Callas a sus alumnos, en esa etapa de su vida en que ya retirada de los escenarios se dedicó a la enseñanza. Así que lo que vemos es una sala de música, con su piano y la mesa del conferenciante, directamente comunicada con el auditorio en donde estarían los alumnos y en realidad estamos nosotros, un poco asimilados a ese rol en el juego del soy/ represento que mencionábamos en el párrafo anterior, esperando que la maestra/ diva nos ilumine.

Una clase que, al ser una obra, tendrá que servir para perfilar su carácter, mostrar el peculiar momento que está viviendo y contar su historia, al menos en rasgos generales, para aquellos que no la conozcan más que de nombre. Tal vez demasiados pedidos para un solo espectáculo, que además se entiende que habrá de tener humor, ironía, ligereza, comunicación directa y repetida con el público y un cierto oscilar entre la grandeza de un destino ya histórico y el pequeño drama de sus miserias particulares. De hecho todo se integra, y con bastante habilidad y talento, aunque el resultado naturalmente sea un tanto superficial, más destinado al encanto de la espuma que al cuerpo del licor. No se piden grandes tesis, sino más bien unos cuantos "golpes de afecto", "demostraciones de temperamento", muy al estilo de la ópera y de la visión clásica que tenemos de sus divas incomparables.

La posición del autor en relación a la Callas es ambigua: en el lado musical la admiración es absoluta, mientras que al encarar los aspectos humanos subraya un egoísmo sin límites, su incapacidad para ver realmente al otro, su dependencia a Onassis y su revanchismo social, más toda una serie de características que débilmente intentan compensarse con algunas cualidades pero que en definitiva dejan una imagen éticamente poco atractiva de la cantante greco/ norteamericana que muriera hace poco más de veinte años.

La escenografía es la "clásica", académica, pretenciosa y al mismo tiempo sumamente equilibrada, diseño de Laura Rode con iluminación de Angel Ancona y sirve como engarce y contrapunto al temperamento exaltado y pasional del personaje; además se vuelve pantalla para la proyección de las grandes salas donde la Callas se presentara, ubicando a la diva en el centro mismo del clamor del público que la rodea y justifica durante sus procesos de evocación con la voz grabada del original. Muy bien logrado este rubro. En lo que hace a la dirección, Francisco Franco —que dirigiera a la misma actriz con buen éxito en Un tranvía llamado deseo hace un par de temporadas— se muestra como siempre cuidadoso, creativo y con una habilidad especial para este tipo de obras que requieren intensidad y ligereza simultáneamente.

El material se presta claramente a su estilo de dirección, siempre preocupado en no exceder los tonos, en generar agrado sin pretender demasiado del público, más bien aliándolo con un cierto dejo de complacencia. El resultado es interesante y sólido dentro de esta línea. En cuanto a los actores, por supuesto lo fundamental es Diana Bracho, una excelente actriz que aquí se debate entre la creación y el divismo, en ese peligroso filo que Master Class parece exigir para su heroína. Muy interesante por momentos, un tanto complaciente en otros, como la obra misma, sobre todo en el segundo acto, cargado de instantes melodramáticos, muy justificados y protegidos claro, pero estructuralmente débiles tanto en obra como en actuación. Los demás cantantes, con excelente voz que se prestan a la actuación, juegan su papel con mucha dignidad.

En definitiva entonces, un material que seguramente se mantendrá exitosamente en temporada por largo tiempo, que se ve con gusto y al que no debemos dar más peso que el de una agradable noche de teatro con los amigos.