FICHA TÉCNICA



Título obra Cronicas sonámbulas

Autoría Fernando Solana

Dirección Hilda Valencia

Elenco Gerardo Moscoso, Luis Rábago, Rosario Zúñiga, Dagoberto Gama, Gonzalo Mancebo Trejo

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Espacios teatrales Foro Teatro Contemporáneo

Referencia Bruno Bert, “Asalto poético”, en Tiempo Libre, núm. 935, 9 abril 1985, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Asalto poético

Bruno Bert

Hay que admitir que el espacio escénico de El Foro, el ámbito que alberga la escuela de Ludwick Margules, es no solamente muy pequeño sino también bastante desangelado; pero cuando aparece en él una obra y una puesta que valen la pena, de pronto "olvidamos" esa dificultad de base en vista de lo que está sucediendo. Es un poco el caso de Crónicas sonámbulas, una adaptación del libro homónimo de Fernando Solana hecha por el propio autor y dirigida por Hilda Valencia.

El tema es la vida en provincia, el valor de la memoria y sobre todo la recreación del mundo-tanto el de los hechos cotidianos como aquellos históricos- a través del pensamiento y la palabra puesta en boca de dos amigos. El placer de la palabra como evocadora de mundos, como generadora de imágenes interiores, como narradora que da prioridad al pasado sobre la acción del presente y juega con el valor del tiempo en la vida del hombre y en el prisma de las ciudades que lo contienen.

En este caso Oaxaca en un arco de años que al menos para el espectador es ambiguo y fluctuante, porque el espacio objetivo de los hechos constantemente se refunde en la interpretación tanto intelectual como emocional de los mismos. La obra es esencialmente poética, justamente porque se maneja con la cualidad que tiñe todo lo anecdótico, con la imagen que lo trasciende y lo interpreta.

Naturalmente no es un teatro "fácil", pero la facilidad no es una premisa del arte, que tiene por definición abrirnos horizontes nuevos a nuestra comprensión y a nuestros sentidos.

Así, todo es moroso, como emergido de una bruma crepuscular que tanto tiene de amanecer como de anochecer, y que la directora puntea apenas con imágenes abocetadas: dos hombres jugando al ajedrez, una pareja tomando una copa de licor, una figura reflexionando al borde de una sombra con la que de pronto se confunde. Aquí Hilda Valencia se hace cómplice con Arturo Nava, el escenógrafo e iluminador, para dibujar juntos esos demorados bocetos que forman los actores, mientras sostienen un texto tan suave y matizado que parecen estar disfrutándolo, como una comida exquisita en una interminable cena de verano en esa Oaxaca dadora, implacable y ritual que se evoca. Y no sólo comer, sino beber, que es un acto repetido y emblemático a la sombra del cual se invoca a Lowry, aquel escritor británico tan dado a gozar de las sombras como Conrad, recorriendo las cantinas mexicanas como paradas inevitables de un viacrucis absurdo y obsesivo, compartiendo cuartos de hotel con cuartos de cárcel.

Hay una estructura anecdótica entre los personajes -al menos entre los principales- que nos dicen de un abogado, de un comerciante y de una mujer, la enamorada de este último que va pasando de un seductor paganismo a una asfixiante práctica católica. Y es en sus nombres y actos que se prende el presente reseñado, lo personal y social. Pero como espectador tengo que admitir que me prendí mucho más en el clima, en la contradicción del tiempo, en el factor de los deseos y el placer de las ideas y los afectos. En los matices de variación que crean un clima impresionista, tal vez un poco tristón pero indudablemente seductor. Y aquí contribuyó no sólo la paleta de la directora y el iluminador y las palabras del escritor -cercanamente distantes, poco teatrales, difíciles y gratas en su construcción, precisas y poéticas- sino también y sobre todo el valor de los actores, tres de ellos, capaces de conducirme y compartirse con habilidad: Gerardo Moscoso, Luis Rábago y Rosario Zúñiga. Un deleite escucharlos jugar sin esfuerzo una paleta de colores necesariamente tan variada. En fin, que suele llamarse talento.

Siento que no me sucede con frecuencia que un espectáculo me atrape de buena ley. Y es lo que un crítico busca siempre que va al teatro, dado sobre todo porque lo hace con mucha frecuencia. Recuerdo que Borges decía que un libro es un objeto lanzado a la búsqueda de su lector. Creo que el teatro es igual. Crónicas sonámbulas es un material de no fácil acceso que puede provocar más de un distanciamiento por su forma de construcción y lenguaje. Pero cuando llega y encuentra a su espectador es generoso con él, y eso se agradece, por lo que tenga de calidad y por lo que brinda de calidez.