FICHA TÉCNICA



Título obra El cerco de Leningrado

Autoría José Sanchis Sinisterra

Dirección Ricardo Ramírez Carnero

Elenco Ana Ofelia Murguía, Marta Aura

Escenografía Jorge Reyna

Iluminación Jorge Reyna

Vestuario Jorge Reyna

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “Debilidad vuelta fortaleza”, en Tiempo Libre, núm. 933, 26 marzo 1998, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Debilidad vuelta fortaleza

Bruno Bert

Hay autores tan fieles a sí mismos que ver sus distintas obras no es más que asistir —al menos desde el plano autoral— a variaciones sobre un mismo tema. Es el caso de Sanchis Sinisterra, ese interesante dramaturgo catalán que se aferra por igual a un puñado de obsesiones y las repite, junto con sus aciertos y errores, una y otra vez hasta el infinito en cada nueva propuesta de espectáculo. De él hemos visto unas cuantas obras aquí en México —las suficientes como para formarnos una idea bastante clara de su estilo— y ahora acaba de estrenarse El cerco de Leningrado, bajo la dirección de Ricardo Ramírez Carnero.

Anecdóticamente, la puesta se basa en un hecho real relacionado con una sala teatral de cierta resonancia histórica dentro del teatro argentino. Aunque, por supuesto, hay una reelaboración literaria con todas las libertades del caso: nos muestra a dos mujeres ya mayores que están encerradas desde hace más de veinte años en una pequeña y ruinosa salita de teatro independiente que alguna vez tuviera una discutible resonancia en el medio, por su compromiso político-artístico. Estas mujeres luchan por no ser desalojadas, ya no actúan, sólo cuidan un patrimonio de la memoria que poco a poco se van comiendo las ratas, la miseria y la humedad. Son las viudas (esposa y amante) del director y fundador, que muriera en dudosas circunstancias durante el ensayo de una obra cuyo título es justamente El cerco de Leningrado. Ellas se sienten, un poco con ironía un poco en serio, como la "última trinchera" de una izquierda abierta y combativa que, al momento de escribir la pieza —entre el 89 y el 93— estaba desapareciendo o transformándose en pieza de museo.

Como vemos, ya están todos los ingredientes tradicionales de las obras de Sinisterra: el tema del teatro, sobre todo del teatro marginal, voluntarioso, vital y muchas veces mediocre; y también la imagen de la izquierda y las luchas políticas; el ideario del actor junto con la ética de su compromiso, y el que apenas sean dos personajes en espacios casi sofocantes y en situaciones límites... y por supuesto una estructura que comienza produciendo fascinación por su efectividad y calidez humana, y que se va empantanando en un mar de textos complementarios para terminar (aunque es "una historia sin final") dudosamente, como sus personajes, en la brumosa zona que colinda entre el éxito y el fracaso, muy coherente con el teatro fronterizo que siempre ha defendido Sanchis.

Aquí Ricardo Ramírez Carnero sube a los espectadores al escenario y los rodea del mismo clima que viven los personajes. Interesante y efectiva la puesta del primer acto, en medio de la precariedad de un pequeño rincón del escenario real transformado en la totalidad de ese mundo confinado, oscuro y con goteras. Resbaladizo en cambio el segundo, donde se intenta el sueño y algunas resonancias épicas, ampliando el espacio y dejando ver una boca escena, enorme, como la del Julio Castillo, con una butaquería cubierta pero siempre imponente por sus dimensiones. Creo que aquí el director siguió al autor en lugar de luchar con él, y por lo tanto duplicó con su trabajo los aciertos y también las debilidades del escritor catalán subrayándolo a través del trabajo de Jorge Reyna, que es el responsable de la escenografía e iluminación.

Por fortuna, las convocadas son dos grandes actrices que ya trabajaran con Ramírez Carnero: Marta Aura y Ana Ofelia Murguía, y ellas sostienen buena parte de la puesta. Obviamente no suplen ausencias de imágenes en la segunda parte, ni evitan textos un tanto azarosos; pero es tan placentero verlas en escena que uno crece en la obra con ellas y en ellas se refugia cuando ésta hace agua por alguno de sus costados.

Y esto es de buena ley, porque en definitiva tanto Sinisterra como Carnero apuestan al valor del actor y del teatro para conservar la esperanza y luchar por ella en un mundo bastante desvalorizado... a pesar de las debilidades y la fragilidad del teatro mismo. Y consiguen involucramos tanto emocional como intelectualmente sin manipularnos, jugando dialécticamente con una debilidad vuelta fortaleza.