FICHA TÉCNICA



Título obra Muerte súbita

Autoría Sabina Berman

Dirección Francisco Franco

Elenco Juan Manuel Bernal, Plutarco Haza, Maria Renée Prudencio

Escenografía Cristina Martínez de Velasco

Iluminación Juliana Faesler

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Bruno Bert, “Muerte ambigua”, en Tiempo Libre, núm. 931, 12 marzo 1998, p. 15.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Muerte ambigua

Bruno Bert

En el Foro Shakespeare y bajo la dirección de Francisco Franco se presenta la tercera (¿será?) versión de Muerte súbita, un texto de Sabina Berman que en su primera escritura se estrenara hace ya diez años con la conducción del maestro Héctor Mendoza.

Se trata de una obra potencialmente rica por la carga de preocupaciones tanto formales como conceptuales que expresa, aunque cargada de una ambigüedad (y tal vez inmadurez) en sus posibilidades de lectura que, paradójicamente, en lugar de hacerla más sugestiva termina por debilitarla como estructura dramatúrgica. La anécdota nos presenta, a lo largo de un día, la relación de una particular pareja —ella modelo, el escritor— que viven encerrados en un edificio prácticamente abanen su haber una novela de éxito y otra que fue un fracaso. Ahora, con todos los miedos del mundo, está escribiendo la tercera y pretende no salir de ese espacio ruinoso y agrietado hasta concluirla; mientras ella, en una vinculación infantil y compleja, lo mantiene económicamente, mientras lo admira e intenta una sexualidad que no resulta satisfactoria para ninguno de los dos. Allí llegará un "ángel de la destrucción", con el sugestivo nombre de Odiseo, antiguo amigo-amante del escritor, con un carácter entre paranoico y depresivo, que acaba de salir de la cárcel donde cumplió una condena de cinco años por un problema de droga. Y en las pocas horas en que se encierra la acción, ese mundo falso y enclaustrado será destruido de manera prolijamente sistemática.

Contado así parece una pieza de estructura más o menos convencional, sin embargo el toque fársico que contiene el texto, el sistema de ensamblaje de las escenas, casi cinematográfico, y tal vez la orientación misma de la puesta y el manejo de actores, provocan un distanciamiento entre el naturalismo psicológico que le sirve de base y arrastra todo el material hacia una posible vertiente simbólica (no muy difícil de deducir por lo que acabamos de narrar sobre la trama) que parece pugnar por deshacer los significados primarios de la narración envolviendo todo en una reflexión mucho más amplia. Y es este paso aparentemente positivo, decíamos recién, el que genera esa ambigüedad poco favorecedora de los resultados finales. La dirección —con antecedentes sugestivos y calidad probada como Un tranvía llamado deseo o El cuaderno rojo- complementa esta línea, mantiene el ácido sentido del humor que está presente en el texto de Sabina Berman y también profundiza en un trazo actoral que permite el alejamiento de cualquier tentación al melodrama, y acerca por momentos, sobre todo a la actriz, a una imagen fársica y teatral.

Es una historia de amor y venganza entre dos hombres, escrito por una mujer que ridiculiza al único personaje femenino. Pero también es una reflexión sobre la esterilidad de los que se aíslan para crear, y del valor disolvente de las propias culpas. La complejidad de la propuesta nos recuerda a Entre Villa y una mujer desnuda, pero allí encontramos a una Sabina Berman mucho más madura que supo combinar genialmente —tanto en la autoría como en la dirección— una suma equilibrada de componentes sociales e individuales, que aquí aun se le escapan a pesar de haberla reescrito varias veces. Todo está para un platillo de primera pero no se llegan a ajustar las dosis de los componentes. Incluso el final no sabemos si interpretarlo de manera lineal o simbólica, y en lugar de sumar posibilidades restamos significados.

Los actores son Juan Manual Bernal —en un protagónico construido de forma muy sólida e interesante aunque desbordada—, María Renee Prudencio, con un indudable encanto y muchas habilidades que todavía no terminan de fraguar en una auténtica calidad actoral, y Plutarco Haza en el muy culto psicópata, que se esconde demasiado en las acciones estridentes, siendo tal vez necesario mayor densidad y menor pirotecnia.

En definitiva, un producto con muchos puntos de verdadero interés que no termina de concretarse a la altura que posiblemente merecería. De todas maneras, sus dos actos pasan veloces, capaces de ser seguidos y gustados a pesar de las visibles debilidades.