FICHA TÉCNICA



Título obra Don Juan

Autoría Jean Baptiste Poquelin Molière

Notas de autoría Ludwick Margules / adaptación

Dirección Ludwik Margules

Elenco Julieta Egurrola, Emilio Echeverría, Patricio Castillo

Escenografía Carlos Trejo

Iluminación Carlos Trejo

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “Un Don Juan plumbeo”, en Tiempo Libre, núm. 912, 30 octubre 1997, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Un Don Juan plumbeo

Bruno Bert

La Compañía Nacional de Teatro ha decidido preparar lo que llama un "repertorio temático" y apoyar en cada temporada el desarrollo de distintos puntos de vista sobre determinados arquetipos. A este año, por ejemplo, le tocó Don Juan, como al venidero le corresponde Fausto. Así, hemos visto —y ya comentado— la visión de Mendoza en El Burlador de Tirso, y ahora acabamos de ver Don Juan, adaptación de El convidado de piedra de Molière, llevado a escena por Ludwick Margules en el teatro Julio Castillo.

La literatura española ha sido fértil en la creación de arquetipos, y a tres de los más famosos se les ha dedicado innumerables estudios. Ellos son justamente el Don Juan, el Quijote y la Celestina. El primero de los cuales ha recorrido la literatura mundial de todos los tiempos desde su original con Tirso. Cuando nació, el mito representaba a aquel que era capaz de desafiar las leyes de los hombres —a través de la constante burla a sus normas legales y convenciones morales y de honor— y también las de Dios, a la sazón, muy imbricadas con las primeras a través del poder material de la Iglesia. El tiempo ha ido variando esta posición, y también la geografía donde cada Don Juan iba naciendo. El de Molière no es temporalmente muy lejano al de Tirso —apenas treinta y cinco años— pero su raíz francesa la hace decididamente independiente de la versión original española aunque de ella conserve sus rasgos esenciales. Aquí el criado, hasta por la obviedad en su nombre, se vincula a los comediantes italianos, mientras que el hedonismo de Don Juan expresa una visión crítica de la nobleza cortesana suficientemente clara como para que la comedia fuera prohibida de por vida del autor.

Margules hace una adaptación tratando de contemporanizar la obra, o al menos de subrayar lo que contiene de actual. Para esto introduce modificaciones textuales, mexicaniza algunos fragmentos y cambia las épocas haciendo transcurrir en el hoy buena parte de la acción. Los resultados no siempre resultan atractivos.

En primera instancia pareciera haber una indecisión por parte del director en relación a la significación final del producto. Con el material en las manos, nos acerca más a preguntas que son propias de quienes hacen el montaje que a respuestas indicadoras de su posición frente a la obra de Molière. Y esto se extiende al manejo de actores. Don Juan es asumido por Emilio Echeverría, tal vez con más años que el original y empujado a un sistema casi hierático de actuación que lo vuelve pesado y poco cercano a la idea habitual de Don Juan. Por su parte Sganarelle es tomado por Patricio Castillo y dejado también a una media agua entre una estructura naturalista y los juegos posibles de la Comedia del Arte. Una especie de cobarde mojigato plañendo siempre y causando más rechazo que empatía. Doña Elvira queda en manos de Julieta Egurrola, que va del thriller al melodrama asombrando por lo descolocado de su presencia. Y así prácticamente todos, salvo la escena chusca de los criados entre Karina Gidi y Silverio Palacios, único punto claro en sus intenciones y logrado en su dinámica. Los actores suelen volverse objetos en el espacio y durante largas parrafadas de los protagónicos de turno pesan igual que una silla. El origen de la intención es reconocible, pero los efectos son pobres. La calidad de los intérpretes es obvia por sus nombres y trayectorias, por lo que es evidente que trazan a sus personajes a partir de la visón e indicaciones del director, al que entonces le corresponden los créditos por tan poco felices resultados.

La propuesta escenográfica es de Carlos Trejo y abarca tanto un aeropuerto como el cambio de la escena del acto final. Allí la acción se traslada a un juego de cajas, donde se representa al teatro en la época de Molière, visto y asumido por Don Juan como actor- espectador de las reglas del drama de su época, que a su vez es observado y juzgado por nosotros, en una intención de significación ético-histórica. Como nexo, la tumba del Comendador se vuelve una especie de escultura libre de la aviación. El subrayado de la teatralidad se vuelve pesadez y torpeza, correlato de "bromas" como el combate entre los dos señores rivales, que francamente resultan de una precariedad asombrosa.