FICHA TÉCNICA



Título obra Aplausos para Mariana

Autoría Carmina Narro

Dirección Carmina Narro

Elenco Vicente Montiel, Montserrat Ontiveros, Luis de Icaza, Bárbara Eibenschutz, Gabriel Porras

Escenografía Carmina Narro

Iluminación Flavia Hevia

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Vericuetos para Mariana”, en Tiempo Libre,núm. 911, 23 octubre 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Vericuetos para Mariana

Bruno Bert

El teatro El Galeón nació con un destino de espacio experimental, de lugar donde los creadores corren el riesgo, a veces con fortuna y otras como para afinar puntería en busca de mejores resultados. Pero digamos que no es un foro convencional y digestivo. Ahora en él se está presentando una autora y directora —Carmina Narro— que ya lo utilizara como escenario de su anterior espectáculo. Nos muestra Aplausos para Mariana, en primera instancia un recorrido por la trastienda del teatro.

El mundo particular y social de los escritores que se inician fue el tema de su último trabajo. Y no los pintaba con benevolencia, al contrario, muy en blanco y negro como la escenografía que les daba marco. Y ahora repite este zambullirse en el micromundo de los artistas incipientes o desconocidos, pero desde el área de los que trabajan sobre la escena. Dado que la autora es dramaturga y directora a la vez, se diría que en ambos casos parte de reflexiones que tienen posiblemente que ver con su propia y directa experiencia en el campo que radiografía.

Y lo que muestra es una suerte de "corte de los milagros", donde alcohólicos, contrahechos, incestuosos, homosexuales, drogadictos... y demás, se congregan en las filas de los que hacen teatro sin mayor fortuna La escenografía, cuya concepción también pertenece a Carmina Narro nos da lo que pareciera un sótano, y en él una larga fila de jaulas de alambre como las que se usan para depósito temporario de mercancías. Esto naturalmente acentúa lo anterior: seres vueltos elementos, objetos y confinados a lo que también podría asemejarse con celdas de una prisión o un manicomio premoderno. Y en este naturalismo miserable, forzado casi hacia tina lectura expresionista, todos estos seres tan llenos de carencias luchan por una identidad que esté avalada por el reconocimiento de los otros, por el afecto de los otros, generalmente negado o retaceado a niveles tanto, individual como social. Y también temido patológicamente; como en el caso de Mariana, que rechaza agradecer los aplausos del público al fin de cada función en una posición casi autista: "¿Por qué tiene que haber público para que yo pueda ser actriz?".

Por supuesto, la autora maneja el hecho' teatral también como un ejemplo capaz de trascenderse a sí mismo en un discurso que hace al hombre genérica y filosóficamente hablando. Sin embargo, esta intención pierde claridad en los vericuetos anecdóticos y a su vez las acciones de la trama se banalizan en una reiteración de fricciones cotidianas algunas inverosímiles o tremendistas, otras melodramáticas y otras aún más bien intranscendentes. Y de esta manera el producto no halla el cauce justo para expresar a la autora y directora, perdiendo buena parte de su eficacia a pesar de las vetas de interés que pudiera contener.

El elenco está integrado por media docena de elementos, algunos de ellos ya probados en muchas puestas anteriores. Destaca Luis de Icaza en el papel del amanerado director de escena; un ser entre banal y corrupto que Icaza acerca a la comedia fársica. Su manera de abordar el personaje lo vuelve simpático sin borrar un trasfondo de miseria Mariana, el rol protagónico en cuanto a significación pero no necesariamente en tanto a empeño actoral, lo asume Montserrat Ontiveros, correcta pero también empequeñecida, sin una presencia que nos muestre claramente esa línea de patológica ansiedad que se le supone a su rol. Gabriel Porras construye una caricatura de su propio personaje, un argentino mitómano y mujeriego, con bastante poca consistencia y exceso de acento. Bárbara Eibenschutz encarna a la actriz bonita que siempre accede a todo para poder llegar, y en realidad termina teniendo como única compañía un vaso y una botella, se la intuye como una actriz con buenas posibilidades expresivas, aquí sin embargo no muy desarrolladas.

En definitiva, nos hallamos en este caso en El Galeón como espacio de transición hacia mejores momentos, porque creo que Carmina Narro asume sus trabajos con decisión y seriedad aunque no siempre logre hacer de ellos 'un material sustancioso. Tal vez si la dramaturga buscara fuera de sí misma a un director externo pudiera crearse una tensión en la reinterpretación del material que enriqueciera para el espectador el producto final. Pero estas son simples especulaciones.