FICHA TÉCNICA



Título obra Aventurera

Autoría Carlos Olmos

Dirección Enrique Pineda

Elenco Carmen Salinas, Luis Felipe Tovar, Alejandro Tomassi, Ernesto Gómez Cruz

Espacios teatrales Salón Los Ángeles

Referencia Bruno Bert, “Vende caro tu amor”, en Tiempo Libre, núm. 909, 9 octubre 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Vende caro tu amor

Bruno Bert

Sigue siendo cierta aquella frase que decía que el teatro puede hacerse en cualquier parte. ¡Y aún en los teatros! Pero es claro que cada espacio y circunstancia tiñe a ese hecho escénico de otras características, lo personaliza de distinta manera y naturalmente las reglas de representación cambian en cada caso para mantener su efectividad. En esta oportunidad vamos a salir de las salas convencionales y nos vamos a trasladar al Salón Los Ángeles, donde se está presentando Aventurera, un espectáculo de Carlos Olmos dirigido por Enrique Pineda. Este director ya había trabajado sobre esta línea en el Salón México, con la adaptación de una obra clásica de Basurto que se mantuvo largo tiempo en cartelera. Aquí de alguna manera repite la fórmula adecuándola a la geografía del nuevo espacio, algo distinto al anterior.

Olmos basa su obra en el clásico filme del mismo nombre, pero también en toda una larga tradición de "rumberas" y prostitutas que jalonean la literatura y la dramaturgia nacional, sobre todo en la primera mitad .de este siglo. El producto resultante es una especie de melodrama musical cuasi fársico que juega sobre la misma línea argumental de la película, permitiéndose por supuesto incursionar libremente por todos los tópicos del género. Es claro que el material está en las fronteras mismas del teatro, mucho más vinculado con el espectáculo popular, el juego de cabaret y las tradiciones de los espacios y valores colectivos que se manejaron en los cuarenta y cincuenta. Creo que el montaje es disfrutable justamente desde esta perspectiva, desde allí toda su estridencia, su cuota de torpeza y su lujo de teatro de carpa encuentran una función de lenguaje que vuelve todo este juego de ingenuidades en algo capaz de contagiar a un público que abarrota la sala (al menos en la función que me tocó presenciar) y participa con gusto a la menor provocación de los actores. Gestos y frases que por supuesto no recurren precisamente a las sutilezas sino a las obviedades más subrayadas. En este siglo el teatro se ha nutrido en repetidas oportunidades de estos materiales periféricos, y aquí se da el fenómeno de una devolución, por ese reflejarse en tantos referenciales cercanos y muchas veces colindantes.

No podemos hablar de escenografía, porque en realidad está constituida por el andamiaje vivo de los espectadores, que rodean el trabajo prácticamente por todos lados; ni tampoco iluminación, que más bien alumbra y deslumbra (y esto último no necesariamente por su calidad) a golpe de farol coloreado. Por lo tanto es el actor —con esos vestuarios que en algunos casos son como escenografías personales ambulantes— lo que importa. En este tipo de trabajos todos son estrellas, o al menos intentan serlo, en una profusión de fotos y currículas a todo color en el programa de mano, y todos deben, condicionados por el género y el espacio, extender su gesto y su voz hasta casi una caricatura gozosa que vuelve a los personajes maquetas estereotípicas: la rumbera, el padrote, los federales, las putas y así en más. No se trata de creer el melodrama sino de jugarlo en todo su esplendor de lentejuela y cartón dorado. Naturalmente la figura principal es Carmen Salinas en el papel de la madre provinciana que oculta su doble personalidad como regidora de burdeles, pero tenemos también a Alejandro Tomassi, en un desmesurado travesti creado por Olmos, capaz de exceder todas las reglas del juego y también de la verosimilitud hasta igualar por absurdo al resto de estos personajes estallados y jubilosos. Edith González interpreta a la imprescindible "niña cándida —violada— reina negra de la noche", que con una sublime síntesis social pasa de virgen inocente a puta diabólica antes que uno termine de tomarse su riguroso roncito. Y luego hay un extenso elenco que en gradaciones sutiles pasa por todos los escalones de la importancia escénica, cada uno peleando su rinconcito, su taconeo y su derecho a lucir para el ilustrísimo público allí excitado y presente. En fin, que si lo que quiere es teatro, ni se le ocurra pasar por aquí, pero si gusta del espectáculo popular, ostentoso, prejuiciado, de mal gusto, bueno ¡Entonces la va a pasar bien en el Salón Los Ángeles!