FICHA TÉCNICA



Título obra Arte

Autoría Yasmina Reza

Dirección Mario Espinosa

Elenco Claudio Obregón, Rafael Sánchez Navarro, Héctor Bonilla

Espacios teatrales Teatro del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, “Pirotécnia verbal”, en Tiempo Libre, núm. 908, 2 octubre 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Pirotécnia verbal

Bruno Bert

¿De qué hablamos cuando hablamos de Arte? Por supuesto que la frase es una paráfrasis del título de una conocida obra, pero viene al caso en este trabajo dirigido por Mario Espinosa y que se presenta en el Teatro Helénico. Se trata de Arte, una obra de Yasmina Reza, autora francesa con esa frecuente confluencia de lejanos orígenes (húngaro-iraní en este caso) que solemos encontrar en los artistas que deambulan por las salas parisinas. Al parecer también es actriz y directora, aparte de mostrarse en la foto del programa de mano como una hermosa mujer de alrededor de 35 años. En lo personal desconocía su existencia hasta hoy, y aquí se nos informa que recibió el importante premio "Moliére" justamente por este material dramatúrgico.

La obra tiene una fuerte impronta de la cultura teatral francesa, evidenciada no porque la acción de la pieza suceda en ese país (de hecho podría ubicársela -en México sin gran dificultad) sino por la larga tradición de las pièces bien faites en las que parece insertarse Arte.

Tres personajes masculinos, un espacio único de representación —un departamento burgués que según los momentos puede ser el de cualquiera de ellos— y la palabra, ama y señora de la escena. Ninguno de los tres es artista y al menos dos de ellos tienen una posición económica desahogada. Uno ha comprado por un precio más que considerable un cuadro blanco cruzado simplemente por tres líneas levemente grises. Algo así como aquel famoso "blanco sobre blanco" de Fontana que bien diera qué hablar en su momento. El dueño de esa obra de Arte tiene sus dudas respecto a la adquisición y pregunta su opinión a los otros dos, sobre todo al mayor, que fue algo así como su maestro. La opinión de éste —categórica— es que se trata simplemente de una mierda, y que nadie en sus cinco sentidos gasta una fortuna en un cuadro en blanco.

Así nace la obra. Y todo lo demás es descubrir, en un tono de comedia, no por supuesto el valor real del cuadro, sino de qué se está hablando realmente en las larguísimas y continuadas disquisiciones; cuál es el valor de los subtextos y cuánto juegan los sentimientos y las vinculaciones interpersonales a cada paso. Finalmente se nos hace claro que difícilmente hablamos de aquello que las palabras aparentan. Estas sólo son una cubierta a los instintos heridos, a los sentimientos lastimados, a las necesidades de afecto y a los reclamos de amistad y amor. Me dirán que eso no es ninguna novedad y tendrán absoluta razón, y es que la autora no pretende ser novedosa sino más bien empática, a través de una comedia inteligente, ágil, capaz de poner a prueba a un grupo de actores famosos (en Londres, Albert Finney, Ken Stott y Tom Courtenay; en Nueva York, Robert DeNiro, Al Pacino y Kevin Spacey) para un público medianamente ilustrado que seguirá gratamente ese duelo de ingenio entre los personajes. De allí que resulte casi atemporal en un arco de posibilidades que abarca a casi un siglo de producción dramatúrgica, sobre todo francesa, con un airecillo de teatro de los treinta que le da una especie de encanto suplementario en épocas que como la presente gustar del rescate de las viejas formas para hacer el teatro de la última hora.

Un juego sí, leve, tal vez con poca sustancia, pero con la exigencia de estar muy bien hecho para que se goce de la pirotecnia de las palabras y de la habilidad de los intérpretes, que son el baño caliente de chocolate a este pastel curiosamente ambiguo. Y en este caso Mario Espinosa, su director, sabe darle el encanto de una ligera provocación que nace desde la visión espacial de David Antón, responsable de la escenografía e iluminación hasta el manejo que hace de los actores al mismo tiempo cómplices y distantes. Un trabajo que lo muestra hábil en aquello de montar un divertimento inteligente.

En cuanto a los actores, tenemos a Héctor Bonilla, Claudio Obregón y Rafael Sánchez Navarro. Y aunque los estilos personales parecen muy distintos, aquí logran amalgamarse convincentemente, de seguro a partir de sus capacidades personales y de la del mismo director, aparentemente invisible pero bien presente. Los tres son muy disfrutables y de hecho el público, al menos en la función que me tocó ver, los siguió con una constante intención aprobatoria. ¡Bah, que todo se augura como un éxito de temporada!