FICHA TÉCNICA



Título obra El burlador de Tirso

Autoría Héctor Mendoza

Notas de autoría A partir de textos de Tirso de Molina

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Georgina Tábora, Esteban Soberanes, Luis Rábago, Hernán Mendoza

Iluminación Ángel Ancona

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, “El ridiculizador”, en Tiempo Libre, núm. 907, 25 septiembre 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El ridiculizador

Bruno Bert

Hay un párrafo en Hamlet donde éste escucha un recitado de los actores que ha invitado al castillo. Está presente Polonio y al término comenta: "Es muy largo", a lo que Hamlet replica: "Eso dirás de tus barbas al barbero", y en un aparte: "Este sólo gusta de bailes y cuentos de alcahueta, y si no se duerme". Cuando me aburro frente un espectáculo avalado por nombres de prestigio, lo primero que hago es recordar el texto de Shakespeare y me pregunto si en realidad no estoy actuando como Polonio; recién después inicio la crítica al trabajo presenciado. Obviamente la reflexión no es gratuita y viene a cuento a partir de la función que me tocó ver de El burlador de Tirso, escrita y dirigida por Héctor Mendoza y que se está presentando en el teatro El Granero.

Así como Stanislawski creó por motivos pedagógicos un alter ego llamado Tortov, que es el que da las clases dialogadas que encontramos en sus libros, así Mendoza y con igual propósito inventó a Raúl, que en este caso hasta se viste "a la Stanislawski" mientras dialoga con sus alumnos-actores durante el supuesto montaje de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina. Clases de teatro y fragmentos de la obra se van alternando y combinando para poder ejemplificar por un lado las teorías que expresa y por el otro sacar a luz su propia visión sobre la obra que manejan, a la que por supuesto "traicionan", ideológicamente hablando, para poder dar de ella una visión contemporánea, volviéndose así Mendoza "el burlador de Tirso", dando a la frase del título una doble posible interpretación complementaria.

El trabajo es como una continuación de Creator principium, y siguiendo los tópicos diríamos que efectivamente las segundas partes se vuelven superfluas por lo reiterativas. Por supuesto Mendoza es lo suficientemente inteligente como para no repetirse llana y directamente, pero todo aquello que pudiera pasar por estilo aquí tiende a la antiteatralidad, al estatismo y a la retórica... aunque se intente lo contrario. Es claro que desde hace tiempo el maestro se ha alejado de todo aquello que signifique espacio, imagen, composición y espectáculo, prefiriendo el ámbito reducido de las cabezas a los aires abiertos y el juego intelectual de deducir y dar lecciones al irrumpir de los cuerpos y los efectos que el teatro generó alrededor de los mismos en muchos momentos de su historia. Está bien, esto no es más que ese compás de sístole y diástole entre el adentro y el afuera, entre la cabeza y el cuerpo, entre las ideas y las imágenes que ha recorrido al teatro desde su nacimiento. Corresponde sobre todo a esa corriente de introspección que nace a fines de los ochenta y se acrecienta en esta década como contraparte a ese teatro que durante las dos décadas anteriores había invadido (tanto con calidad como con el más ingenuo ramplonismo) todos los espacios sociales desde el ángulo de la antropología teatral. Sólo que a mi entender estamos en tiempos de transformación y ya ni los eternos zancos y listones, ni las interminables elucubraciones sobre la verosimilitud resultan suficientes. Y es así que viendo El burlador de Tirso me aburro, aun sintiendo que comparto muchos de los principios e ideas expuestas por el astuto y habilidoso Tortov-Raúl. Creo que el texto está lleno de sutilezas, de pequeñas burlas, de sobreentendidos y guiños al medio e incluso de juegos en donde la contradicción puede ser una especie de charada de complicidades inteligentes. Sí, indudablemente es un texto inteligente. Pero a mi gusto los textos no bastan ni aun cuando sean expresados con verosimilitud por el actor, que aquí en definitiva resulta —aunque se diga exactamente lo contrario— un mero soporte de las ingeniosidades de su dios personal que es el autor-director.

Tal vez simplemente ocurre que el teatro didáctico —sea directamente político o de cualquier otra índole— ha dejado paso a otras proposiciones más acordes a los intereses, preguntas o indiferencias de nuestros contemporáneos. Tengo hacia Tirso un interés más bien histórico y un respeto un tanto académico (reconozco que dentro de los grandes del Siglo de Oro no es mi preferido), y hacia el maestro Mendoza siento una admiración profesional por quien es responsable de tantos pasos decisivos de nuestra escena. Sin embargo —y aún sin ser Polonio— no gozo frente a un burlador que creo en definitiva burlado por su tiempo.