FICHA TÉCNICA



Título obra Tres mujeres altas

Autoría Edward Albee

Dirección Sandra Félix

Elenco Carmen Montejo, Blanca Sánchez, Irela de Villers, Sergio López

Escenografía Philippe Amand

Iluminación Philippe Amand

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “Ajuste de cuentas”, en Tiempo Libre, núm. 900, 7 agosto 1997, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ajuste de cuentas

Bruno Bert

El estreno de Tres mujeres altas estuvo precedido por una cierta expectativa, sobre todo en lo que al texto se refiere, ya que se trata de una obra reciente del legendario y polémico Edward Albee, y desde su estreno en Nueva York en el 95 ha tenido varias puestas, incluso algunas no demasiado afortunadas según la crítica y el público.

El tema es un balance de vida en la vejez —yo diría que en la vejez del mismo Albee, que ya tiene casi setenta años— y para ello toma la imagen de su propia madre adoptiva en los instantes previos a su muerte, cuando ya superaba los noventa, y construye una pieza en dos actos bien diferenciados. En el primero vemos una escena absolutamente naturalista entre una anciana, su ayuda de cámara y la asistente de su abogado, en la última mañana de su vida. Una escena descriptiva donde ella habla desordenadamente sobre los recuerdos más variados que constantemente la invaden y las otras dos la soportan, con una cierta irónica complacencia mientras la acompañan a orinar, cuidan que no caiga o intentan que firme algunos documentos legales pendientes. El segundo acto —agonía de por medio— desdobla a los tres personajes en las distintas etapas de una misma vida, que profundizan y dan coherencia a la narración iniciada antes, mientras discuten filosóficamente entre sí las ventajas y desgracias que la existencia aporta, las transformaciones humanas a lo largo de los años y la necesidad de vivir en plenitud cada una de las etapas que vamos recorriendo, sin quedar demasiado anclados en el rencor, el fracaso o la nostalgia por lo que ya no será. El propio Albee entrará en escena como un personaje, joven aún, capaz de captar la parte testimonial de la historia y soportar, en otro plano, la muerte de esa mujer a la que evidentemente amó y despreció al mismo tiempo.

El material es como una especie de síntesis de las preocupaciones esenciales que el autor trabajó a lo largo de su vida en muchas obras. Como un ajuste de cuentas que tal vez pretende una superación del pasado, tanto en el plano de los valores como también de las formas teatrales ("desconfíen de una obra que necesite mucho más de dos sillas para representarse", decía Albee no hace mucho). Sin embargo no hay tal superación, pero sí un cierre correcto de etapas. Es Albee, el Albee de siempre, tal vez un poco recalcitrante y sumamente discursivo, manipulador por momentos, un tanto tramposo en otros, pero también muy hábil para tejer la cotidianidad con la trascendencia y tender puentes entre lo insignificante de lo cotidiano y la reflexión más profunda, aunque nunca ajena o irreconocible por cualquier persona de clase media. Sigue siendo un escritor de talento, muy norteamericano, que recurre al viejo realismo de sus primeros trabajos desde la experiencia que le dan sus muchas obras, experimentos e incluso sonados fracasos. Bastante interesante, para nada sorprendente.

Sandra Félix es la directora. En este caso diría que más bien una correcta portadora del texto a escena, equilibradora de pesos en el espacio y cuidado en el manejo de los ritmos y climas de los actores. No más. Tampoco es posible más, al parecer. Philippe Amand arma el estuche para esos textos en una estructura conservadora, casi un homenaje un poco impersonal al realismo poético, y pone los tintes de las horas que transcurren tanto en lo objetivo del cuarto como en las demoras o bruscos giros de las vivencias. Igual que la dirección, un acotamiento al texto, que es dueño y señor del espacio. Y las actrices: Carmen Montejo, Blanca Sánchez e Irela de Villers. Buen trabajo, ya que nada sucede en lo externo, todo queda en las cabezas y el pasado; y sin embargo esos dos actos de pura especulación teórica precedida de una escena de un naturalismo casi costumbrista no nos aburren, nos mantiene en escucha, aunque por momentos sintamos vagamente que estamos sobre un terreno levemente pantanoso. De más está decir que las tres son excelentes intérpretes y que en este caso se hallan supervisadas por una directora que brinda especial cuidado a los actores en cada uno de sus trabajos.

En fin, que todo está bien, pero (¡Oh, tempore imperator mundi!) hay un cierto hálito de agotamiento que envuelve con suavidad a toda la propuesta de las Tres mujeres altas.