FICHA TÉCNICA



Título obra Ella imagina

Autoría Juan José Millás

Dirección José Ramón Enríquez

Elenco Emma Dib

Escenografía Philippe Amand

Iluminación Philippe Amand

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Ella imagina. Sueños reflejados en mirones”, en Tiempo Libre, núm. 898, 24 julio 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ella imagina
Sueños reflejados en mirones

Bruno Bert

No he leído a Juan José Millás, pero luego de ver el espectáculo, con la complicidad de los textos que acababa de oír, decidí comprar su Trilogía de la soledad porque sospecho que vale la pena intentar un viaje a través de su pensamiento. El referente es Ella imagina, una puesta que bajo la dirección de José Ramón Enríquez se está presentando en el foro del Sor Juana Inés de la Cruz, de la UNAM.

El autor propone a una mujer que sueña, o entresueña —en una cama, por supuesto— en primera instancia a los mismos espectadores, que en este caso materialmente la rodean, como mirones, testigos reiterados de las fantasías que ella misma genera y a los que se dirige para contarles su deambular por los caminos de la oníria y la obsesión. Así que el espectáculo nace cuando nos ubicamos en rueda —apenas unas cincuenta personas— a menos de un metro del lecho de la actriz. No tiene mucho que hacer, sólo hablar, tomar un poco de agua o fumar algún cigarrillo que además convida a estas creaciones suficientemente corpóreas como para poder compartirlo.

Su mundo visible, su espacio propio, es apenas esa camay una breve pared de fondo sobre la que se acoda. En ella se abre una ventana que permitirá los cambios de luz que impregnen, a ese sitio minúsculo, del clima suficiente para vehiculizar los sueños de ese cotidiano pero muy extraño personaje. Esa pequeña isla y la luz que le da vida (desgraciadamente me tocó una función con muchos cortes, lámparas de emergencia, y vueltas de la corriente como para juzgar su calidad) son producto de Philippe Amand, un joven escenógrafo de talento al que ahora encontramos con una frecuencia asombrosa en nuestros escenarios. Su trabajo aquí es acotado, efectivo y hace su parte sin ningún desborde personalista. ¿Y de qué nos habla el personaje? Bueno, las obsesiones, casi por definición, son laberínticas. Por lo que no es sencillo desplazarse por ellas cuando no nos pertenecen. Y naturalmente —para usar una imagen de obra-- no son precisamente cartesianas. Aquí la razón se quiebra, se flexibiliza, adopta formas y posturas que no son habituales en lo diurno y con ella se filtra y alía con "la loca de la casa", esa imaginación que permite al personaje recorrer el mundo a través de los roperos. ¿Y por qué no? indudablemente algo (y no poco) de la infancia habrá de regir en este mundo, y todos soñamos alguna, vez como la Alicia de Carrol, que caíamos por túneles insondables que desembocan hacia desconocidos pero fascinantes destinos. ¿Y qué mejor que la penumbra de los viejos roperos para ubicarlos? ¿Acaso no son como una prolongación de mamá, de la abuela, de las mujeres de la familia? El adentro del cuerpo femenino. El personaje está justamente obsesionado por el adentro/ afuera de las cosas y por las cajas que —desde la cuna al ataúd— acompañan al hombre en su viaje.

Como pueden ver, esto puede ser la delicia de un fabulador o de un psicólogo (otro fabulador pero con menos imaginación creativa), de un pintor (me gusta imaginar que así debió funcionar el subconsciente de Remedios Varo, por ejemplo) o de un niño, tal vez un poco enfermo de soledad. Estamos en el mundo del teatro de la palabra, y ésa es una de las fascinaciones de Enríquez, el director de este trabajo, y de buena parte del teatro actual, un poco asustado de la realidad y sus ruidos; un poco propenso a sumergirse en el encanto de esa palabra que permite recrearla en nuestra cabeza según nuestra posibilidad y necesidad sin peligros de estridencia. También el regusto por la literatura, sus complicidades y sobreentendidos, generando a través de la cultura un mundo protector para el espectador—oyente. Pero se necesita talento para hacerlo bien. Y en este caso no falta. Ni por parte del autor —el montaje me ha abierto la puerta a un escritor aún desconocido para mí— ni en cuanto al director, instrumentador de esta pequeña sinfonía fantástica, ni tampoco de la actriz —Emma Dib— que tiene la capacidad suficiente como para convencernos y acompañarnos en este viaje de oníria desde una distancia que no hace al teatro sino más bien a la complacencia del mirón ante una mesa- cama de operaciones (mágicas)... aunque tal vez convendría matizar más esa especie de sonrisa permanente, un tanto histérica, del personaje, que por momentos llega a ser monótono.

No estoy seguro que se trate de un trabajo importante pero sí que es interesante y vale la pena compartirlo.