FICHA TÉCNICA



Título obra El viajero inmóvil

Autoría Philippe Genty

Dirección Philippe Genty

Elenco Bérengère Altieri-Leca, Damién Bouvet, Martín Chaput, Jorge Pico Puchades, Catherine Salvini, Ayse Tashkiran, Trond Erick Vassdal

Iluminación Gaelic de Malglaive

Música Henry Torgue y Serge Houppin

Referencia Bruno Bert, “Philippe Genty: viaje íntimo”, en Tiempo Libre, núm. 895, 3 julio 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Phillipe Genty: Viaje íntimo

Bruno Bert

El grupo de teatro-danza de Philippe Genty ha terminado por generar su público entre nosotros: aquellos que lo esperan (no niego que me cuento entre ellos) año con año para poder asombrarnos con ese acto mágico que es cada uno de sus espectáculos, y sentir en plenitud esa virtud "terapéutica", restauradora, de la que es capaz el teatro cuando además es arte. En esta oportunidad nos han traído El viajero inmóvil, que nos habla de inmensos desiertos interiores y de peligrosos remolinos ubicados en la noche, allí donde reinan las marejadas de los recuerdos.

Los mecanismos de creación son siempre los mismos, y los temas, aunque variados en cada temporada, convergen hacia ejes comunes. Es natural, se trata de una identidad de lenguaje para abocarse a esas pocas preguntas fundamentales que los hombres nos hacemos, de distinta manera, a lo largo de toda la vida. Y lo interesante de esto es que habiendo ya presenciado dos o tres veces el acto demiúrgico ahora, sin demérito de seguir gozando el trabajo, estarnos en condiciones de advertir las formas de construcción, la participación de los actores en el momento de fijar una idea, los mecanismos del asombro y hasta incluso los leves espacios de improvisación en escena y los pequeños errores que suceden cuando el grupo está en un territorio nuevo como es una gira.

Lo fundamental se conserva en cada montaje. Sobre todo ese juego fascinante de contrarios que son el macro y el micro cosmos. Aquel que el hombre habita de cara a las estrellas y aquellos que lo habitan a su vez, engarzados en los senderos del cuerpo y de la mente. Su símbolo se halla presente en esas grandes telas que van inflándose hasta desatarse como tormentas que invaden todo el espacio del escenario haciendo desaparecer a los actores mismos, quedando como único e inmenso acto de generación casi geológica ante la mirada silenciosa y purificadamente infantil de los espectadores. Y luego lo pequeño, lo ínfimo, el germen del que nace un feto que se transmuta en las mil posibilidades del muñeco-hombre que es destazado y fragmentado sin lograr, sin embargo, que se pierda. El hombre, su fantasía, su creatividad, su milagro, que es capaz de resistir todas las catástrofes tal vez porque también es capaz de organizarlas.

Estos dos extremos son una constante en todos los espectáculos que he visto de ellos y organizan lo celular de su poética.

Pero, acabalgándolos, reencontramos el valor tan particular dado a la luz y la palabra —dos componentes que, no casualmente, parecen vinculados al mundo bíblico de la creación— también como polaridades dentro de las cuales se encuentra sumergido el hombre. La voz es permanente portadora del sinsentido, de los temores, de los sentimientos que están por debajo o al margen del concepto. De allí la posibilidad de convocar cualquier idioma, bastando dar un referente en español para la comprensión del juego. Yo diría que es el lenguaje como raíz, conectado con la escuela del absurdo y la tradicional mudez de los mimos y la danza, pero con una vertiente de fuerte originalidad que nos permite el humor y la complicidad de un pensamiento que no es necesario explicitar con obviedad. Y si estamos en la raíz del sonido lo mismo pasa con la luz, es decir la conformadora de esas imágenes que nos deslumbran, de esos actos en los que se pierde el sentido de la lógica para recuperar la sensación del sueño. Aunque en relación justamente a la luz, creo que en el montaje de la segunda parte de El viajero inmóvil algo no anduvo bien, tal vez por el juego de consolas y la sincronización de los complicados actos en un estreno. Digamos que se veía más de lo deseable y la función creadora de la luz se transformaba en apenas funcional.

Pero dentro de este universo son los actores los que fungen como virtuosos y ese equipo de tres mujeres y cuatro hombres (más su director, invisible pero extraordinariamente presente) parecen salidos de lo imposible, tal vez para devolvernos esa imprescindible necesidad de creer en el valor integral de nuestras ilusiones.

En fin, hasta el año que viene...