FICHA TÉCNICA



Título obra Fantasía subterranea para mujer y violín

Autoría Iona Weissberg

Dirección Iona Weissberg

Elenco Mónica Dionne, Luis Artagnan, Silverio Palacios

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Oda a Iona Weissberg”, en Tiempo Libre, núm. 893, 19 junio 1997, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Oda a Iona Weissberg

Bruno Bert

Las obras que sólo se presentan una vez a la semana tienen la ventaja de quedar en cartelera (y en nuestros oídos) por bastante tiempo, y la contra de que finalmente se dieron apenas unas pocas funciones de ellas al término de la temporada. Pero eso sí, a sala llena casi siempre, lo que también redunda a favor de este sistema nacido al ritmo de los tiempos de crisis.

Esto viene a cuento porque acabo de ver una obra estrenada hace como... seis funciones atrás. Se trata de Fantasía subterránea para mujer y violín, escrita y dirigida por Iona Weissberg. Es el primer texto que conozco de esta dramaturga que hasta el momento había sólo considerado como directora.

Se trata de un "cuento de hadas.", organizado dentro de la mejor tradición contemporánea y situado en una estación de metro a eso de la medianoche de un día cualquiera.

La misma Iona dirigió un espectáculo breve, casi un ejercicio, perteneciente a Luis Mario Moncada, también ambientado en igual sitio. Y hubo recientemente otra obra que igualmente tuvo como escenario esas largas plataformas a tras-hora. Sin mencionar a Fassbinder o Bernard-Marie Koltés. Evidentemente resulta el espacio cotidiano más fértil para usarlo con diversas posibilidades. Muy tarde en la noche es inquietante, solitario, equivalente a lo que está muy dentro de nuestra cabeza, equidistante entre la magia y la intrascendencia, libre para la imaginación corno un limbo, peligrosamente próximo tanto al cielo como al infierno.

En este caso, "simplemente" es el .lugar donde a una mujer joven se le concede imaginar a su "pareja ideal", para descubrir muy rápidamente que, como decía Borges, los únicos paraísos reales son los que ya se perdieron o los que nunca se van a encontrar. Lo demás es neurosis e imposibilidad mientras se intuye que los trenes no pasan eternamente por la vida de nadie.

Lo interesante es que el material está libre de grandes pretensiones, que se presenta como un juego liviano e inteligente con el que podemos sonreír y pensar sin banalizamos para ninguno de los dos lados. Como una buena velada con amigos, donde tal vez no escuchemos genialidades pero nos sentimos cómodos entre seres pensantes capaces de compartir una inquietud, una idea, una agudeza y a veces también algún que otro lugar común. Eso es la obra y esa es la puesta, en este caso armónicamente ensambladas entre sí.

Mónica Dionne (que ya trabajara con muy buenos resultados con la misma directora) es la mujer del título, una maestra con más fantasías que capacidades para asumirlas. Hace muy bien su trabajo pero, al menos a mi gusto, no encontró la manera de transmitir la mediocridad del personaje aumentando para ello los recursos de la actriz. Cae en la trampa habitual de registrar la medianía del individuo amputando sus propias posibilidades expresivas, disminuyendo su propia paleta de tonos. Tratándose de una interesante dupla de capacidades entre actriz y directora, esto debiera ser remediable.

En cuanto a Luis Artagnán, que es —sucesivamente— "el galán", "el ex preso político", "la mujer" (¿por qué una mujer y no un travesti siendo tan claro que es un hombre travestido?), "el boxeador y "el novio", logra lo que podríamos llamar algo así como "la unidad en la multiplicidad" (valgan las comillas habiendo ya tantas); es decir que es todos y es la fantasía de la mujer, que en última instancia es siempre idéntica a sí misma a pesar de los distintos disfraces que lleve. En cuanto a Silverio Palacios, asumiendo al violinista, es apenas un nexo entre escena y escena, casi como una fantasía más de la mujer, hasta ese cierre que nos deja pensando de nuevo en Borges con aquello de "¿Quién atrás de Dios a Dios ensueña?", envolviendo todo no sólo con humor sino también con un dejo de nostalgia y poesía. Y en esto no contribuye poco Philippe Amand, que desde la escenografía e iluminación consolida las imágenes en esa dualidad de ingravidez y cotidianeidad que la obra exige. Excelente su trabajo.

En definitiva, Fantasía subterránea para mujer y violín tiene un poco el sello de esa generación que ahora se reúne —en algunos de sus exponentes, claro— bajo la denominación de La máquina del teatro, solidez sin farragocidad.