FICHA TÉCNICA



Título obra El espíritu de la pintora

Autoría Alberto Castillo

Dirección Mauricio García Lozano

Elenco Lucero Trejo, Verónica Merchant, Constantino Morán

Espacios teatrales Centro Universitario de Teatro

Referencia Bruno Bert, “El ingenio de la transgresión”, en Tiempo Libre, núm. 892, 12 junio 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El ingenio de la transgresión

Bruno Bert

El foro del Centro Universitario de Teatro se presta especialmente para producciones que escapen de lo convencional y experimenten con lenguajes y temáticas; así que es natural que haya encontrado abrigo en ese espacio El espíritu de la pintora, una obra de Alberto Castillo, que fue llevada a escena por Mauricio García Lozano, artistas ambos de la más reciente promoción de dramaturgos y directores.

De Castillo me parece haber visto un trabajo en este mismo foro hace ya varias temporadas El Edipo imaginario, todavía titubeante dramatúrgicamente hablando, pero ya en la línea del humor fársico e incluso grotesco si no lo recuerdo mal. El producto que hoy podemos ver se halla mucho más cerca de la madurez, sin abandonar en absoluto el desenfado y un sentido de la transgresión que posiblemente herede de uno de sus maestros: el irreverente Hugo Argüelles, presente pero en sordina, permitiendo una identidad muy diferenciada en este nuevo escritor.

Anecdóticamente la acción se centra en una familia compuesta por una madre y dos hijos, mujer y varón, que se hayan entre la adolescencia y la primera juventud. Como vemos, el tema de los Edipos continúa presente. Gente de "buena posición" muy interesada en la "cultura". De los que tal vez leen a Guadalupe Loaeza y piensan que los hijos deben ser artistas a como dé lugar. Madre frívola, hija frustrada y en competencia con el hermano por el afecto de la madre (el padre —ausente como en la obra anterior, constituida también por un trío de dos mujeres y un hombre— viaja constantemente por sus negocios) e hijo que de pronto es asediado por el espíritu de Frida Kahlo que se posesiona de él y lo obliga a pintar y vestirse de tehuana. Como vemos, un detonante lleno de posibilidades...Pero lo interesante es que aquí autor y director —y también escenógrafo, en la persona de Philippe Amand— constituyen una fuerte unidad creativa entrelazada con una consistencia que sería deseable ver más frecuentemente en nuestra escena. Es decir que la construcción de lenguaje (desde el uso del espacio hasta la incorporación de medios como el video, pasando por el concepto de mane-jo del actor y el sistema de montaje) se halla estrechamente relacionada con el discurso empleado por el dramaturgo y no meramente yuxtapuesto a él como sucede en la mayoría de los casos. Y por sobre todo, la inteligencia del discurso se imbrica con el humor y la ludicidad, continuidad de intereses del autor que puede estar hablando de una característica de estilo.

Aquí el orden, en intenciones, protestas, proclamas y jugueteos éticos, se quiebra en mil pedazos que se recogen luego en secuencias insospechadas, de heterogénea procedencia. Hay de todo como en botica y como en ella también mezclado, triturado y machacado sin demasiadas destilaciones posteriores. Odio la palabreja, pero hay que admitir que resulta un trabajo bastante "pos-modernista", muy permeado por la cultura del cómic. Y entrecomillo el término porque dicho a secas hasta a mí me resulta cuestionable.

Actúan Lucero Trejo, Verónica Merchant y Constantino Morán. La primera de ellas hace a la madre y es un encanto gustarla en escena por su capacidad para lanzar un cliché, abordarlo, desarrollarlo e inmediatamente dejarlo a un lado y pasar a otra cosa juega con los estereotipos y les da una profundidad que nos permite ver, gozar y distanciar la satirización que emplea. Una excelente actriz capaz de destacar en su trabajo cada vez que —como en este caso— tiene la fortuna de dar con un director creativo e inteligente. Los otros dos componentes del elenco se muestran dúctiles y con gracia —sobre todo Verónica Merchant— pero necesitados de una mayor experiencia y dominio de los personajes, sobre todo en las transiciones y en el ritmo.

En definitiva, un material joven donde se mezclan influencias y preocupaciones creando algo parecido a una identidad, sin solemnidades pero con resultados sumamente atractivos, aún en sus posibles "errores", para un espectador que guste ser cómplice de los que realmente se comprometen con el teatro.