FICHA TÉCNICA



Título obra Ñaque o de piojos y actores

Autoría José Sanchis Sinisterra

Dirección Alejandro Velis

Elenco Miguel Flores, Carlos Cobos

Espacios teatrales Teatro del Museo del Carmen

Referencia Bruno Bert, “Fárrago y poesía dramática”, en Tiempo Libre, núm. 885, 24 abril 1997, p. 18.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Fárrago y poesía dramática

Bruno Bert

José Sanchis Sinisterra es un dramaturgo español contemporáneo, indudablemente enamorado del teatro popular del Siglo de Oro y de quienes lo hicieron, sobre todo en sus renglones más populares: esa especie irreductible a la que llamamos actores y que aún deambula por los caminos, arrastrando sus miserias y sueños en un juego inasible con la realidad. Son variados los textos en que convoca a estos creadores humildes, muchas veces empantanados entre el hambre y la mediocridad, la cobardía y el heroísmo, para reflexionar con ellos y en última instancia rendirles un homenaje, junto con su arte de decires mentidos y narices postizas. Hoy vuelve con lo mismo, con un acento siempre sobre lo marginal y fronterizo, pero de otra manera, claro, en Ñaque o de piojos y actores.

El nombre proviene de esa costumbre tan española de andar con precisiones de lenguaje en todo y por ende también en el teatro, donde Ñaque es tanto la organización que hacen dos actores ambulantes como "cualquier conjunto de cosas inútiles y ridículas". Definiciones que desde el ángulo de Sinisterra se complementan a la perfección, como bien se ve. Aquí los actores convocados al menos tienen nombre, cosa que el tiempo suele borrar entre los que los usan e intercambian tanto para la ficción de los personajes... y las huidas de la justicia. El hecho es que Agustín Solanos y Nicolás de los Ríos son los llamados a escena en un espacio vacío que parece el de un teatro, medio a oscuras y con gente mirando y escuchando, que es la función del público, así en genérico, como un bloque de curiosos que se perpetúa a través de los siglos, justificando al actor. Porque estos dos son actores del Siglo de Oro, que tienen conciencia de haber deambulado largamente a través de los caminos y los siglos, como tina especie de condena que por momentos les borra la memoria.

¿Y qué hacen sino lo de siempre? Desmontan su gran baúl, intentan presentar un espectáculo, se aburren, comen, vuelven al trabajo, se angustian, se rascan y prestan sus piojos, cuentan anécdotas, observan al público y sobre todo filosofan y hacen un poco de metafísica y poesía, muy al estilo de la picaresca pero también muy asentados en un hoy transparente que los vuelve cercanos y entrañables. Naturalmente es un juego que necesita a dos buenos actores, porque ellos son todo. Y aunque se echa mano a diversos dramaturgos (mayormente de Agustín de Rojas, se encarga de aclarar el programa) aquí se da el caso en que la estructura de las palabras siempre sirve para mostrar los cuerpos, los objetos, la habilidad o la torpeza de un oficio que se trasciende en el palpitar vivo de los intérpretes. Y se traba una buena alianza entre estos —Miguel Flores y Carlos Cobos— y el director Alejandro Velis.

Este último arbitra sobre todo la justeza de los personajes, muy bien pintados; en el ritmo de esa música implícita que son las palabras y en ese juego de silencios y miradas con que se trama la complicidad y la distancia entre los actores y el público, ese otro protagonista indisoluble del teatro y sobre todo de esta obra.

Los dos intérpretes son sobradamente reconocidos por la calidad de sus trabajos, y por esa habilidad indudable que muchas veces se acerca al talento. Así, Ríos y Solano asumen la dualidad de los constructores y de la obra construida; de la soledad y el verdadero saber de una vida que se exprime en cada recuerdo, en cada acción, en cada indiferencia y miedo hacia una muerte que en realidad ya los ha alcanzado haciéndoles así verdaderamente inmortales. La de Sinisterra es en realidad poesía dramática y con ella nos jugamos al placer de la aventura y de la idea. Lo demás es obscuridad, tramada y replanteada por don Leo, responsable también de la breve escenografía portátil y un poco de ropaje que diseñó con inteligencia doña María Ros. ¿Qué si me gustó? Claro, casi siempre me gusta Sinisterra si está bien montado y actuado... salvo en la extensión, a don José nunca lo llaman a tiempo para comer cuando está escribiendo y siempre se extiende media hora más de lo conveniente. Pero bueno, nadie es perfecto, ¿verdad?