FICHA TÉCNICA



Título obra Emily

Autoría William Luce

Dirección Antonio Algarra

Elenco Emoé de la Parra

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “Erotización de lo cotidiano”, en Tiempo Libre, núm. 882, 3 abril 1997, p. 15.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Erotización de lo cotidiano

Bruno Bert

Es evidente que Antonio Algarra —actor, autor y director mexicano de mesurada producción—se siente más cómodo cuando construye un espectáculo en íntima complicidad con su actor. De allí su gusto por los monólogos, de los que ahora nos entrega uno en el teatro Santa Catarina de la UNAM. Se trata de Emily, aquella obra de William Luce, que aquí ya se llevó a escena hace bastantes años, sobre la poetisa estadunidense Emily Dickinson.

La figura de esta escritora es particularmente interesante por varios motivos. El primero es el hecho que fue prácticamente ignorada y nada publicó en vida (descuento cinco poemas que aparecieron de manera anónima por ahí) de su extensa obra poética que hasta el momento —se continúan encontrando materiales—abarca más de mil composiciones. Lo segundo, que nos atrae es esa especie de enclaustramiento en la figura y casa del padre, que la ocupó casi por completo, generando sentimientos entre místicos y de erotización de lo cotidiano. Y por último está el haber resultado —según los exégetas contemporáneos— prácticamente la más importante voz femenina de las letras americanas del siglo XIX. Y no es poco decir, pensando que comparte época con nombres como el de las hermanas Brontë, por ejemplo.

En la obra que estamos comentando, el dramaturgo compensa tanta soledad vital instrumentando una sola voz para que la exprese —la de la misma Emily, claro— y nos entrega una imagen rica y compleja de una existencia casi sin matices relevantes en lo que a acciones hace. Lo cotidiano se filtra a través de la subjetividad de la escritora y así compartimos una receta o una confidencia, un recuerdo o un atardecer, porque en todos ellos late la poesía de Emily Dickinson. El recurso es correcto el lenguaje convincente, sobre todo porque no intenta un perfil hagiográfico sino más bien una figura plena de contradicciones, tan lamentable y limitada por momentos, como inspirada y de gran talento y sensibilidad en otros. Y eso siempre manejando ese tono menor, un poco en sordina, que en definitiva siempre tuvo la vida privada (y nunca la tuvo pública) de esta mujer.

Arturo Nava, como escenógrafo e iluminador, genera un espacio circular en medio del pequeño escenario, casi como la pérgola de un jardín decimonónico, en la que ubica tres o cuatro cuidados elementos de mobiliario, que evocan la reducida multiplicidad del ámbito cerrado de una casa. Pero también permite evadir esto, con un par de breves escalones, para que la actriz se contacte con el público del teatro, al que se dirige en forma directa, ironizando con ternura la circunstancia de jamás haber tenido uno en vida.

Algarra teje todas estas variables que le brindan tanto autor como escenógrafo, y prolonga en la actriz ese juego casi tímido y recatado que va desde la ropa, que une la aspereza y el cuidado en la textura con la originalidad discreta del diseño (creación de Carlos Roces), hasta la forma de plegar un poema o manejar los objetos en escena. Un trabajo cuidado y artesanal. Aquí, tal vez el único reclamo sea justamente vencer en la dirección la tibieza de la época y el personaje y dar a la puesta —correcta y creativa por lo demás— una fuerza mayor, que alcance por supuesto a la actriz —Emoé de la Parra— y la sacuda para asumir realmente la vena acerada y pasional que vibra en la Dickinson (¡recordemos a Whitman!) por debajo de las formas y las buenas maneras. Y esto se halla en el texto; claro que sólo insinuado por momentos, aunque bastante abierto en otros.

Así, el trabajo de Emoé es muy gozable pero, al menos a mi parecer, demasiado constreñido, excesivamente encorsetado, falto de vuelo y energía de proyección. Y, como decíamos recién, creo que aquí se trata de una marcación del director más que una carencia de la actriz, que modela muy bien a una Emily en pequeño. En fin, que posiblemente deseamos ver aquello que el puritanismo victoriano callaba por pudor: la vida que bulle por debajo de los pulcros manteles largos.

Hay calidad, lo demás posiblemente sea una diferencia en la manera de concebir al personaje y su poesía.