FICHA TÉCNICA



Título obra La grieta

Autoría Sabina Berman

Dirección Carlos Haro

Elenco Alejandro Villeli, Claudia Cañedo, Juan Carlos Beyer

Escenografía Alejandro Luna

Iluminación Alejandro Luna

Espacios teatrales Foro de La Conchita

Referencia Bruno Bert, “Sátira de oquedad”, en Tiempo Libre, núm. 878, 6 marzo 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Sátira de oquedad

Bruno Bert

En el foro de La Conchita se está presentando un ciclo de cinco dramaturgos que incluye nombres tan conocidos como Víctor Hugo Rascón Banda, Hugo Hiriart o Sabina Berman. Me ha tocado ver, justamente de esta última escritora, la obra que abre la serie. Me refiero a La grieta, texto que en lo personal desconocía y que lleva a escena Carlos Haro, uno de los coordinadores del foro, que además también, se presenta como escritor en otro de los productos del ciclo.

Las raíces del material no son difíciles de detectar, ya que un pie se halla en el teatro del absurdo —incluso en títulos bien específicos de Ionesco, de los que extrae efectos muy concretos en forma idéntica o análoga— y el otro en las tradicionales preocupaciones sociales que suele mostrar Sabina Berman en sus trabajos.

Anecdóticamente —y es extraño hablar realmente de anécdotas en un teatro emparentado con el absurdo—hallamos a una pareja que al parecer ha ido a buscar trabajo a una especie de oficina. Allí alterna su estancia con tres distintos individuos, que dependen jerárquicamente entre sí, en una corrupta alianza de sumisiones y poderes, que terminan incorporándolos a un indefinible trabajo que nunca es explicado, pero también al edificio mismo, del que ya no podrán salir, y que tiene una grieta que se va ensanchando progresiva y peligrosamente.

Como vemos, no resulta muy complejo identificar el juego de símbolos, ni el posible valor significativo de los distintos personajes, sobre todo porque no se intenta con ellos una pintura sicológica, sino la construcción de un valor prototípico. Esto tiene sus ventajas pero también sus inconvenientes. Entre las primeras podríamos hallar la claridad de lo narrado, entre los segundos tal vez la sensación de ya haber visto muchas veces y de distintas maneras tanto el discurso como la forma de realizarlo, lo que quita originalidad y también un tanto de interés al producto final.

Aquí el director y el escenógrafo —Alejandro Luna, que asume la proposición espacial de todas las obras del ciclo— intentan paliar en algo el problema. Este último crea una "ventana" al realismo impersonal de la arquitectura, los objetos y ropas, asomándonos literalmente a la cuarta pared del departamento, poniendo irónicamente en juego el valor del espectador, vuelto así voyeur complaciente y discreto, cómplice al fin del absurdo social, de la corrupción implícita y del adiestramiento necesario para asimilarse a ese edificio en peligro cuyos habitantes pueden perder la cabeza pero no las mañas.

En cuanto a Carlos Haro, maneja con bastante habilidad ese híbrido actoral entre el cuerpo naturalista y el muñeco del absurdo, tratando de equidistar entre ambos como lo hace el mismo texto. Tal vez hubiera cabido una mayor "traición" al autor, un más amplio espacio de riesgo para la propia concepción, una atracción más comprometida por la transgresión (al naturalismo) y la ludicidad; pero de todas maneras instrumenta un buen ritmo y saca el mayor jugo posible del reticente humor que se desprende de las acciones.

Los actores son Alejandro Villeli, Claudia Cañedo, Juan Carlos Beyer, Jorge Levy, Carlos Santín y Juan Manuel Grajeda. Su trabajo es parejo y casi todos encuentran un par de momentos que permiten su lucimiento en cuanto a posibilidades expresivas.

En definitiva, no podemos decir que La grieta sea una de las mejores obras de Sabina Berman ni que el montaje de Carlos Haro nos devele un aspecto nuevo ni del texto ni de este tipo de abordajes estilísticos. Sin embargo, ubicados en un rango de menor exigencia creativa, también es cierto que hallamos en el espectáculo la posibilidad de compartir, a través de un producto cuidado, una visión capaz de satirizar la realidad de un entorno perfectamente reconocible e identificable. Y cuanto menos sonreír, que ya es bastante en estos tiempos grises y verdaderamente "agrietados".