FICHA TÉCNICA



Título obra El mundo del armario

Autoría Radha Bharadwaj

Notas de autoría Alec Von Bargen / versión libre

Dirección Rosa María Bianchi

Elenco Adela Ayensa, Alec Von Bargen

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Armario amateur”, en Tiempo Libre, núm. 875, 13 febrero 1996, p. 19.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Armario amateur

Bruno Bert

Hasta hace muy poco, la idea de ver una obra de un corte similar a Pedro y el Capitán me hubiera parecido un retorno al pasado. No porque las condiciones para la violencia y la tortura a partir de los aparatos del Estado hayan desaparecido, sino porque el teatro aún no ha registrado a los nuevos "Pedros" y su apoyo ideológico, creando un correlato actualizado de lenguaje para entregarlo a la escena de este preciso momento histórico. Tierra de transición para hallar las palabras y las formas que denuncien viejas y nuevas injusticias sociales. Dentro de ese espacio de nadie, con reminiscencias de aquel teatro de denuncia de los setenta, se ha llevado a escena El mundo del armario, en una versión libre creada por Alec Von Bargen sobre un original de Radha Bharadwaj.

Desconozco a este autor de nombre hindú corno para poder valorar la obra en el corpus de su producción y en el contexto de su circunstancia histórica. Vista así, en traducción y adaptación española, resulta tosca, en muchos puntos inverosímil, pero cargada de "buenas intenciones" que de buenas situaciones y texto. La anécdota nos narra la arbitraria detención de una escritora de historias para niños a la que le es interceptado un cuento —El mundo del armario— donde una niña que es periódicamente encerrada en este mueble por su madre, trama fantasías de relación con las ropas colgadas a las que vuelve personajes. La paranoia de los servicios secretos cree advertir sutiles intenciones de llamamiento a la rebelión hacia los niños en estas "reuniones secretas" y trata de averiguar a qué siniestros terroristas encubren los aparentemente inofensivos personajes del cuento. Tal vez la idea pudiera mantener la fuerza de su originalidad (ya que en sí resulta atractiva), adquiriendo efectividad escénica, si se le agregara humor y sentido fársico. Pero aquí el autor la ha llevado en su más lineal brutalidad, con tortura e interrogatorios incluidos, y entonces toda la propuesta se resiente de ingenuidad artística y anacronismo formal.

A la trama de carácter político, desmejorando aún el panorama, se le agregan una serie de connotaciones sicológicas sobre la infancia de la escritora y la significación traumática que en ella tienen los armarios, que daría para otro tipo de estructura y otra finalidad dramática. Sumados ambos lineamientos (uno hacia el externo social y el otro hacia el interno sicológico) sólo se ensucian entre sí, mutilando sus propias posibilidades de desarrollo y significación.

A la dirección, operaprima de Rosa María Bianchi, le falta precisamente la capacidad de seleccionar las líneas de lectura que considera prioritarias para el espectador, y así se halla más preocupada por aspectos focales —el desarrollo de una escena, determinada labor de un actor, etcétera— que por la visión global del espectáculo, que se vuelve algo fragmentado, sin balance y básicamente sin una unidad de expresión que nos involucre globalmente. Por supuesto que todos estamos de acuerdo en los planteos ideológicos expresados, pero ocurre que se supone que nos hallamos ante una obra artística y no un mero mensaje de defensa de los derechos humanos.

Gabriel Pascal genera un ámbito de contención al que francamente se lo lee más como una cabina de transmisión de cualquier radio, que como un lugar para la muerte (y esto a pesar de las cajas tipo nichos de las paredes). En cuanto a los actores —Alec Von Bargen y Adela Ayensa— tienen que superar las incongruencias del libro (ella, descalza en camisón y en esa especie de cárcel, no se va cuando puede hacerlo porque quiere una carta de disculpas de las autoridades; él finge varios personajes cambiando la voz mientras se arrastra por el piso como alumno en clase de teatro, golpeando los muebles, etcétera) lo que no es poco trabajo para gente que recién se inicia profesionalmente. En lo demás, la dirección también en ellos está más atenta a los procesos parciales que cada intérprete debe desarrollar, que a los resultados que como personajes complejos deben presentar. Así, se los ve como buenos alumnos más que como eficientes actores.

En fin, un mundo que deja bastante que desear a pesar de lo correcto de las intenciones del equipo.