FICHA TÉCNICA



Título obra El cuaderno rojo y otras historias para ir a la cama

Autoría Francisco Franco

Notas de autoría basado en textos de Paul Auster

Dirección Francisco Franco

Elenco Jorge Zárate, Claudette Maillé, Mario Oliver

Escenografía Juliana Faesler

Iluminación Juliana Faesler

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “La insoportable levedad del cuaderno”, en Tiempo Libre, núm. 873, 30 enero 1997, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La insoportable levedad del cuaderno

Bruno Bert

Recientemente se han reunido ocho directores jóvenes, con cierto reconocimiento en el medio, y han formado un equipo al que han llamado La máquina del teatro, lanzando una serie de propuestas escénicas para este año. Francisco Franco, —Un tranvía llamado deseo, aún en temporada, es su último montaje— se halla en este grupo y es el primero en presentarse al público con un material basado en un libro de Paul Auster. Me refiero a El cuaderno rojo, una obra que podemos ver en La Gruta, del Centro Cultural Helénico.

En realidad no se basa únicamente en el libro homónimo, sino en la producción global de este importante autor americano, que no es precisamente un dramaturgo pero sí un escritor capaz de brindar sugerencias muy fértiles a partir de sus textos, siempre a media agua entre lo narrativo y lo biográfico. Una de las obsesiones de Auster es la identidad, como algo evanescente para los otros, máscara sesgada entre los factores que el azar siembra en lo cotidiano. De allí lo inquietante de la lectura de sus textos, casi naturalistas, y sin embargo permanentemente excedidos por las sombras de un sinsentido casi abrumador. En la raíz está la imagen del padre, y ese justamente fue su punto de lanzamiento, luego de la muerte del suyo, en 1979, cuando comienza su carrera literaria con La invención de la soledad, indudablemente uno de sus mejores libros, en el que podemos hallar algunos elementos textuales y narrativos que se convocan también en este montaje de El cuaderno rojo.

Francisco Franco funge aquí no sólo como director sino también como adaptador literario, y escribe, dramatúrgicamente hablando, su propia obra a partir de recontextualizar textos de cuatro distintas obras e integrar en la imagen elementos que son coherentes con el espíritu de Auster —la pintura de Hopper, por ejemplo— con otros que más tienen que ver con la que supongo es su propia visión del mundo —lo amable, lo suave, lo ligero— y que en este caso resiente un tanto el producto en cuanto a densidad y profundidad. Y algo de esto ya lo habíamos visto en El tranvía... donde se sustituía la sordidez por la amplitud y lo gris por el toque de color. Indudablemente se muestra como un director hábil para romper una línea narrativa, para generar imágenes que son como cajas chinas ensambladas con pericia y para manejar un espacio que tiene sus correlativos en la cabeza un tanto brumosa de sus personajes. Sin embargo cae en elementos de complacencia —desde el inicial desnudo de Oliver— que a ligeran la posibilidad de que el espectador asuma a ese Auster inquietante y no sólo inteligente, profundo y no apenas intelectual ingenioso. ¡Bah!, que la espuma es sabrosa pero al caldo le falta sustancia.

Juliana Faesler —otra integrante de La máquina del teatro— funge aquí como iluminadora y escenógrafa, y su labor me parece pertinente, incluso creativa, pero muy fragmentada, sin llegar a constituirse en lenguaje. Y esto, independientemente, claro, de la fragmentación que es propia de la propuesta textual y de montaje.

Los tres papeles están asumidos por Jorge Zárate, Claudette Maillé y Mario Oliver. Posiblemente el más dúctil sea el primero, al que ya hemos visto, además, en múltiples obras. Es un actor que indudablemente rinde, pero que necesita de una dirección muy clara y contenedora para evitar repetirse en cuanto a recursos. A Claudette Maillé la recuerdo gratamente en un reciente Hamlet. Paradójicamente, la estructura postural del príncipe danés sigue apareciendo aquí, aunque posiblemente eso no sea perceptible a quienes no puedan comparar. En cuanto a Oliver, un actor en crecimiento con muy buenas posibilidades, pareciera necesitar creer más en sí mismo en tanto a capacidad —que la tiene— y no sólo en cuanto a soporte corporal.

En definitiva, un interesante trabajo, con un autor admirable y un equipo consistente que tal vez de lo único que debiera liberarse —al menos para mi gusto— es de una peligrosa levedad que en muchos momentos se acerca a la intrascendencia.