FICHA TÉCNICA



Título obra La vida inútil de Pito Pérez

Autoría Manuel Guízar

Notas de autoría A partir de un original de José Rubén Romero

Dirección Manuel Guízar

Elenco Manuel Guízar

Espacios teatrales Teatro Rafael Solana

Referencia Bruno Bert, “Trabajo artesanal de buena factura”, en Tiempo Libre, núm. 870, 9 enero 1997, p. 3.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Trabajo artesanal de buena factura

Bruno Bert

José Rubén Romero compuso hace ya casi sesenta años, siendo entonces embajador mexicano en Brasil, una novela asentada en la picaresca española, con. fuerte contenido popular, usando los recuerdos de su Michoacán natal.

La llamó La vida inútil de Pito Pérez, obra confrontadora de inconformes destinos individuales en un país en transformación. Y desde entonces se ha llevado un par de veces al cine y también al teatro. Una versión escénica fue estructurada como monólogo por Manuel Guízar hace ya más de diez años, y éste es un material que suele reponer periódicamente. En este momento lo está presentando en el teatro Rafael Solana y acabo de presenciar una función.

Es difícil hablar del soporte dramatúrgico si —como en este caso— no se ha leído la novela original, porque nos vemos obligados a juzgar a partir de lo que el adaptador haya seleccionado para exponer en teatro, sin conocer el contexto literario en que se encontraba inserto. El material que nos llega por la puesta, nos habla de literatura culta, de aquella que abiertamente utiliza a los personajes para filosofar a gusto. Una boca prestada al autor que se expresa sin ocultarse a través del muñeco por él creado. Esto hace que Pito Pérez, oriundo de Santa Clara del Cobre, borracho consuetudinario, mendigo, vagabundo viajero por los pueblos del estado, visitador de cárceles y hospitales, enfermo atacado de deliriumtremens, siempre —sea cual sea su estado físico y mental— se exprese con una lucidez y una agudeza intelectual que desdice el deterioro que apreciamos en él. Es que el personaje puede destruirse, pero no la línea de ideas del autor, que lo utilizará hasta el final para comentar, distanciada y filosóficamente su pensamiento. Como esos personajes de ópera que puntillosamente cantarán su larga aria de agonía para morir prolijamente al final de la misma.

Esto nos habla de un tiempo y de una forma de escritura vinculada al mismo, no necesariamente contemporáneo a nosotros, aunque las ideas puedan conservar su pertinencia y la estructura formal sea bella, aún en esa aspereza sabrosa que le da el tono popular elegido. Que al igual que en la picaresca, es tono, pero no limitación expresiva. Darío Fo no hubiera rechazado llevar al teatro alguno de estos fragmentos. Y menciono a este artista italiano porque supongo que la versión teatral tiene a Manuel Guízar como adaptador, director y actor, ya que no hay otros créditos al respecto. Y esto es algo que Fo hace con frecuencia. Sin embargo (y en este caso concreto) esta suma de roles tiene sus virtudes pero también su contraparte de dificultades.

Un punto a favor está dado por la unidad estructural lograda y la posibilidad de eliminar cualquier texto que pudiera presentar problemas para ser asumido convincentemente por el intérprete. Guízar se presenta prácticamente a escenario desnudo —sólo hay dos o tres objetos estáticos, bastante feos por cierto—y en general echa mano a pequeños elementos o modificaciones de vestuario, aparte del apoyo, en la entrada y salida de cada acto, de las canciones en vivo de Ignacio Guízar. Es un solista experimentado y sabe jugar con los elementos histriónicos que permite esta narración escénica.

En general interesa e incluso convence, pero sin embargo, como obra global, no llega a un nivel que la despegue hacia las puestas realmente memorables. Es un trabajo artesanal de buena factura al que se lo disfruta sin una excesiva exigencia hacia las partes.