FICHA TÉCNICA



Título obra Aroma de cariño

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Xavier Rojas

Elenco María Rojo, Manuel Ojeda, Eugenia Leñero, Ernesto Laguardia

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Bruno Bert, “Tufo de odio”, en Tiempo Libre, núm. 866, 12 diciembre 1996, p. 15.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Tufo de odio

Bruno Bert

El tema de la pareja y la familia, tomadas en el auge de un proceso de desintegración, es más que habitual en la novelística, el cine y el teatro de la segunda mitad de este siglo. Sin embargo, se vuelve nuevamente interesante cuando los caracteres generales en los que normalmente se muestran, se particularizan en un determinado y preciso entorno social, reconocible y cercano a nosotros. Es lo que sucede con Aroma de Cariño, la obra de González Dávila que acaba de estrenar Xavier Rojas en el teatro El Granero.

Aquí, el autor toma a los integrantes de una familia de clase media baja compuesta de padre-madre y tres hijos, dos adolescentes—hombre y mujer— y un niño en el comienzo de la pubertad. Y a partir de ellos nos muestra un cuadro que resulta absolutamente cercano en cuanto circunstancia y clase. El padre, de tendencia alcohólica, pivotea sus acciones a partir de un fuerte entronque machista y la manipulación emocional de todos aquellos a los que él, circunstancialmente necesita, y a los que habrá de abandonar apenas le convenga, con el más acendrado egoísmo. La mujer, en el pendular de los abandonos y regresos del marido, se hace cargo de los hijos de la manera que mejor puede, con grandes sentidos de culpa y enormes baches de asistencia, aceptando siempre en definitiva el regreso del hombre, por una dependencia afectivo-sexual totalmente frecuente en nuestro medio. La hija, adolescente, ha sido marcada por el padre con diversos intentos violatorios y de jugueteo sexual desde la niñez, mientras que el varón se debate en un amor-odio por la madre y la frustración de no poder sustituir la figura paterna. También él, cargado de culpa, busca en la violencia el autocastigo. Finalmente queda el niño, al parecer el menos dañado aún, que durante el proceso de la obra, habrá de sufrir un brutal atentado que pondrá en peligro su vida. Las obras de González Dávila apuestan generalmente por la negrura, perfilando los aspectos más descarnados y enfermos de nuestra sociedad. Aquí, a pesar de este pesado círculo vicioso al que retrata con suma habilidad dramatúrgica, cambia su dirección final, dejando la posibilidad de un cambio a partir de la aceptación de la soledad por parte del núcleo familiar en contra de las manipulaciones del padre. No apuesta por la familia, sino por la maduración forzada de sus integrantes.

Xavier Rojas arma el juego escénico a partir de la confrontación, la necesidad, la fuga, es decir manejando el ritmo y el tempo de las reacciones individuales ante los impulsos primarios de cada uno de los integrantes en el espacio asfixiante del pequeño departamento, tan sucio y pobremente destartalado como las circunstancias socio-afectivo de todos. Y lo hace con efectividad, logrando que empaticemos con las circunstancias e incluso tomemos distancia en los momentos de saturación a través de un humor ácido que es propio de González Dávila, pero que él dosifica al orquestar la acción de los actores. Y es sobre estos últimos donde, por supuesto, recae el mayor peso de la obra. María Rojo asume a la madre en un excelente trabajo, de difícil construcción, lleno de peligros por los clichés a los que se podría recurrir y de los que ella sin embargo sabe evadirse. Manuel Ojeda es el padre, construido en un tono muy contenido, interesante sobre todo por bordear siempre el abismo sin dejarse caer en estridencias.

Eugenia Leñero toma el rol de la hija, con una interesante actuación en el primer acto, y algunas caídas en los momentos picos del segundo, cuando se confronta con el padre; Ernesto Laguardia es su hermano y funciona al revés, ya que resulta un tanto externo y afectado en la primera parte, para asumirse en plenitud justamente en los momentos más difíciles del segundo acto. Por último tenemos a Alan Fernando como el hijo menor, con un desempeño que nos dice de las muchas posibilidades que posee si evitan deformarlo en esta etapa especialmente importante de su carrera.

En definitiva, un buen trabajo de equipo que habrá de interesar especialmente a todos aquellos que piden al teatro ser "espejo de la vida", con una crítica contenida a la sociedad de su momento.