FICHA TÉCNICA



Título obra Transgresión

Autoría Bernard Shaw

Dirección Lorenzo Mijares

Elenco Emma Dib, Luis Artagnán, Miguel Flores, Oscar Altamirano, Karina Gidi

Escenografía Carlos Mijares

Espacios teatrales Teatro del Centro Cultural Helénico

Referencia Bruno Bert, “...Y la palabra regresa al teatro”, en Tiempo Libre, núm. 865, 5 diciembre 1996, p. 18.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

... Y la palabra regresa al teatro

Bruno Bert

Es indudable que uno de los grandes dramaturgos británicos de este siglo es George Bernad Shaw, ese irlandés genial que vivió entre 1856 y 1950, y que fue galardonado con el Premio Nobel a mediados de la década de los veinte.

El escribió hasta su muerte (su obra es extensísima), pero son muchas las cosas que han pasado en el mundo del teatro desde el término de la segunda guerra hasta hoy, y el hecho es que sus obras han sido progresivamente olvidadas. Si no por los historiadores, al menos por los directores a la hora de escoger material para sus montajes. De hecho, en los últimos quince años no recuerdo ninguna puesta en México que lo involucre como autor, al menos en el terreno profesional. Por eso resulta especialmente interesante el montaje de dos obras breves de Shaw que realizara Lorenzo Mijares en el teatro del Centro Cultural Helénico. Se trata de El hombre del destino y Transgresión.

En todo el teatro de este autor las cosas suceden esencialmente en la cabeza de las personas: de los actores por un lado y de los espectadores por el otro. Lo demás, el cuerpo y el espacio que lo contiene, no pasa de ser un amable y agraciado estuche que debe recibir una mínima atención a fin de lograr una decente presencia que nos permita un agradable primer contacto con el espectáculo, que luego nos remita a la voz y al valor de las palabras. Eso es el teatro de Shaw —y también de su tiempo histórico, por supuesto— un juego de sutilezas verbales, ingeniosos pensamientos, mordaz pero elegante crítica a los valores y costumbres imperantes en su medio.

En este sentido, Transgresión es un ejemplo muy claro: toma a dos parejas y juega al valor que implicaría el intercambio de las mismas en el plano de la sexualidad. Lo que discuten esto son los cuatro interesados, todos de muy amplio criterio y todos deseosos de pasarla lo mejor posible pero naturalmente sin poner a este en peligro en ningún momento.

Este juego de apariencias, salvar las reputaciones, manejar las formas, etcétera, etcétera, para cubrir con la hipocresía las verdaderas necesidades y deseos, está llevado con extrema habilidad por Shaw... con mucho humor y bastante cinismo, pero jugando las mismas reglas. Es decir, el buen gusto y el ingenio todo lo permiten en el plano de la especulación teórica, lo que equivale a un teatro discursivo, quietista y sin acción alguna. Lo demás sería impensable, ya que tocaría la verdadera transgresión y todo terminaría como con Oscar Wilde: en la cárcel, la miseria y el descrédito. Es curioso ver como hoy —ya de vuelta de todos los desnudos, las violaciones en escena, la corrupción de las palabras y una sexualidad multi mostrada en las distintas opciones imaginables—ese juego ingenuo y casi victoriano adopta un nuevo sesgo de interés, con una retención un tanto perversa de las intenciones, casi como para despertar el apetito. Hoy la palabra regresa al teatro luego del estallido exasperado de los cuerpos, y al menos en esta transición finisecular Shaw vuelve a resultar interesante para el espectador aunque desde una perspectiva por supuesto muy distinta a aquella que tenían sus contemporáneos.

El trabajo de Lorenzo Mijares es hábil, sobre todo como buen tejedor de climas verbales. Y se halla apoyado de manera interesante por la escenografía de Carlos Mijares, que juega al teatro dentro del teatro con ingenio y un "buen gusto" que seguramente le hubiera alabado el propio Shaw. Un discurso de contexto apropiado y pertinente. También el conjunto de actores es solvente para ambas puestas, aunque en lo personal prefiera la segunda, más representativa de ese juego que el propio Wilde desarrollara en obras como La importancia de llamarse Ernesto, y otras por el estilo.

Cuentan con Emma Dib, Luis Artagnán, Miguel Flores, Oscar Altamirano y Karina Gidi. Cada uno tiene su momento, y en general saben aprovecharlo muy bien. Todo es ligero, brillante, ingenioso. En fin, un teatro marcado por el tiempo, pero también salvado en el momento oportuno y de indudable calidad... si sabemos enmarcarlo con justicia y no pedir de él más de lo que contiene.