FICHA TÉCNICA



Título obra La caja

Autoría Hugo Hiriart

Dirección Hugo Hiriart

Elenco Selma Beraud, Antonio Castro, Alain Kerriou

Escenografía Alejandro Luna

Iluminación Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro Casa de la Paz

Referencia Bruno Bert, “Poesía de un piélago interior”, en Tiempo Libre, núm. 867, 21 noviembre 1996, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Poesía de un piélago interior

Bruno Bert

La vinculación de Hugo Hiriart con el teatro tiene raíces en la literatura, en la infancia y los juguetes. Claro que no con la infancia-tontería, sino aquella otra, la verdadera, la que entendemos como el núcleo mismo del asombro y la máxima avidez por comprender, no sólo con la cabeza sino a través del juego usado como herramienta de exploración hacia el mundo externo y hacia las grandes cavernas mágicas que llevamos dentro. Y la literatura es el mapa del tesoro de esta aventura.

Ese universo cada vez más personal es el que concreta en cada una de sus obras que, lógicamente, nadie puede dirigirlas más que él mismo, ya que es el único que posee las llaves secretas para las imágenes justas. Ahora, siempre como autor-director naturalmente, acaba de estrenar La caja, que se presenta en la Casa de la Paz.

Y allí convoca al mar y al viaje, elementos capaces de contener, al menos potencialmente, absolutamente todo.

Pero el tiempo presente no es el de Hugo así llama a Poe y a Arthur Gordon Pym (tangencialmente en definitiva) para que el pasado se instale en la escena, trayendo tácitamente consigo el correspondiente "érase una vez". Allí estamos entonces, en una barquita suspendida en el espacio del océano infinito, creada por Alejandro Luna bajo reminiscencia de aquellas "nave de los locos" que pintara Bosco en el pintoresco otoño de la Edad Media.

Pero aquí comienza el juego y las complicidades de Hiriart no con la coherencia sino con la consecuencia. Sí el ser consecuente con todos sus referentes interiores y el barajar con ellos una especie de charada para iniciador, le seduce más que contar una historia lineal por rica que fuera. De allí que resulte arduo tratar de comprendes lógicamente, simplemente porque Hugo se aburre de ser lógico, y su pensamiento ata hilos distintos por el mero placer de ver qué sucede con ellos. Por supuesto, no llegamos a deslindarnos por el mar de las asociaciones libres y de los cadáveres exquisitos, pero con frecuencia las digresiones son más importantes que la línea principal y la seducción de una imagen arduamente elaborada, artesanalmente generada, provoca la existencia de toda una escena.

Pero el hecho es que tenemos una barquita, dos náufragos y una pequeña caja —la del título, claro— que bajo un exterior convencional, parece salida de las mil y una noches, porque es capaz de contener cuatrocientos mil compartimientos... ¡Aunque se susurre en realidad tiene muchos más! Y cada uno de ellos abarca a su vez todas las posibilidades del universo y habrá de vomitar para nosotros no solamente una serie de voces, sino incluso a un personaje entero que por momentos compartirá esta perspectiva de invisibles universos paralelos donde —para usar una imagen barbeana— siete mil leones son capaces de bailar sobre la cabeza de un alfiler.

Los personajes son Madame Pong, interpretada por Selma Beraud, el Sr. Pym, asumido por Antonio Castro y Dodo, abreviatura de un nombre creo que griego, pero también referente imposible al famoso pájaro extinto que aparece en los libros de Alicia, en una escena particularmente delirante. Como vemos, el tejido de referenciales no perdona ni a tirios ni a troyanos y extrae en este juego el mismo regusto por el poder de las palabras que Lewis Carrol sentía contando cuentos mientras — también él, no lo olvidemos— viajaba en bote con Alicia y su hermana en los aparentemente apacibles domingos victorianos.

En fin, como ven la crítica peligra seguir los carriles del espectáculo. Digamos simplemente que hay una hermosa construcción visual de Luna que recuerda a los viejos libros troquelados; un delirante desborde de imaginación no siempre fácil ni complaciente con el espectador, y un trabajo de actores (Dodo es Alain Kerriou), capaz de llevarnos sin manipulación a un espacio y tiempo que ya está en nosotros si compartimos o no. Lo demás es poesía en este juguete oceánico a la deriva.