FICHA TÉCNICA



Título obra El cántaro roto

Autoría Heinrich von Kleist

Dirección Herard Clemen

Elenco Sergio Bustamante, Ofelia Medina, Diego Jáuregui, Daniel Giménez Cacho

Escenografía Alejandro Luna

Iluminación Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro de las Artes

Referencia Bruno Bert, “Apuesta por la sobriedad”, en Tiempo Libre, núm. 861, 7 noviembre 1996, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Apuesta por la sobriedad

Bruno Bert

...lo más fantástico es que podemos reír con ella. Y reír con Kleist es casi increíble.

Dentro de un clima de colaboración e intercambio entre el Festival Cervantino, el INBA y diversas embajadas —que el año pasado significara la puesta de Roberto Zucco de B.M. Koltés— acaba de ponerse en escena una obra tradicional de la dramaturgia alemana. Me refiero a El cántaro roto de Heinrich von Kleist bajo la conducción de Herard Clemen, un destacado director alemán invitado al efecto.

La figura de Kleist, al menos en nuestro medio, es más conocida a través de la lectura que por la reposición de sus obras. La última que me ha tocó ver, hace ya varios años y en realidad una libre adaptación hacia una puesta de carácter pedagógico, fue Pentesilea, un material levemente posterior en su composición al que ahora podemos ver. Este autor, nacido en Frankfurt, vivió el periodo de surgimiento del romanticismo y se suicidó a los 34 años en 1811.

Su obra literaria puede sonar con toda la exasperación de sus múltiples conflictos existenciales y filosóficos, e indudablemente es —junto con Goethe y Schiller, pero en espacio aparte e independiente— uno de los mayores literatos de lengua alemana de la primera mitad del siglo pasado. En lo personal, pienso que Kleist y Büchner son los dos grandes de ese periodo que aún continúan siendo nuestros contemporáneos. De todas maneras el hecho es que tenemos en el Teatro de las Artes del CNA una adaptación de El cántaro roto. La versión, de inteligente factura, corresponde a Michel Vetter, que traslada la acción al México de la época porfiriana, dándole al lenguaje todo el sabor de ese tiempo-espacio, más los elementos referenciales correspondientes en cuanto a sitios, nombres personales y giros expresivos, sin caer, sin embargo, en folklorismo complacientes.

En esta misma dirección se suma el trabajo de Alejandro Luna, responsable de la escenografía e iluminación, que aquí continúa y perfecciona con verdadero acierto una idea de manejo espacial que ya llevara a la práctica hace tres o cuatro años en El hacedor de teatro. Y lo mismo con los vestuarios, a cargo de Carlo Demichelis, muy oportunamente elegidos por la ambigua precisión (valga la apariencia de contradicción) en el corte, el color y las texturas. En general lo que existe es una interesante apuesta por la sobriedad, intentado que lo particular se universalice para facilitar la aprehensión del discurso de Kleist.

En definitiva la trama aborda los abusos de la justicia en el ámbito apartado de la provincia, donde los jueces ponen a su servicio el poder que les otorga el cargo. Y aquí, ese galerón terroso que sirve de juzgado tanto puede estar ubicado en Zacatecas como en Baviera. El queso blanco, la moronga y el vino valen para la panza llena de los ricos en cualquier parte de ese mundo provincial y decimonónico, sin embargo tan cercano a nosotros con su carga de arbitrariedad y corrupción.

Pero es una comedia (su estreno mundial lo hizo Goethe en Weimar en 1808... con un total fracaso), y lo más fantástico es que podemos reír con ella. Y reír con Kleist es casi increíble.

Aquí se conjugan evidentemente una serie de cualidades entre las que destaca la dirección. Una mano sumamente experimentada que da el tono exacto para la obra, en una visión actualizada, donde cada parte y personaje funciona con la sincronía de un reloj y la displicencia de lo "espontáneo". Y esto lo vemos asimismo en el manejo de actores. Los protagónicos están asumidos por Sergio Bustamante y Ofelia Medina. Hacía mucho que no veía a este intérprete sobre un escenario, y aquí se resarce con creces de la que recuerdo en última oportunidad, nocturna y terrible, por cierto. Ofelia Medina siempre necesitó de una mano que encauzara con firmeza su capacidad y aquí se la ve con intensidad y verosimilitud. Pero en realidad todos transitan con éxito el cuerpo y la circunstancia de sus personajes.

Para concluir, El cántaro roto es una buena excusa para ver un teatro de calidad donde la sonrisa y la reflexión se aúnan para el placer del espectador.