FICHA TÉCNICA



Título obra Munich-Atenas

Autoría Lars Noren

Dirección Jorge Vargas

Elenco Juan Ibarra, Teresa Rábago, Alicia Laguna, Sergio Cataño

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Viaje excedido”, en Tiempo Libre, núm. 859, 24 octubre 1996, p. 15.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Viaje excedido

Bruno Bert

Lars Norén es un escritor noruego del que nada he leído ni nada se consigue de él en las librerías habituales de nuestro medio. Al parecer es sumamente prolífico y ha sido novelista y dramaturgo, dentro de la línea de un realismo crítico con ciertos toques strindbergianos. De hecho, su primera obra fue estrenada en el famosísimo Dramaten de Estocolmo, hace casi veinticinco años. Ahora podemos apreciar uno de sus trabajos en La Gruta. Se trata de Munich Atenas, que fue llevado a escena bajo la dirección de Jorge Arturo Vargas.

Si algo de Strindberg se ha conservado en Norén, es la evocación de su estilo, donde el realismo se conecta con el expresionismo y la imagen de la pareja humana aparece homologada a la de un infierno del que resulta sumamente difícil emerger. Su transcurrir es un viaje que recuerda a La Divina Comedia de Dante, donde la noche y el horror no está fuera, sino dentro de los condenados a la cotidianidad de la tortura sicológica. Así como aquella obra maestra del medioevo comienza con: "En medio del camino de mi vida me encontré en una selva oscura...", también aquí hallamos a los dos personajes protagónicos a medio camino en un viaje, ya que partiendo de Estocolmo con destino a Atenas, Munich queda justo a la mitad, aunque esto adquiera un claro sentido simbólico, válido sobre todo para quien vive en las brumas del norte.

Esa indefinición que los deja a la mitad de todo, es el eje del espectáculo, que en definitiva retrata una vez más a la pareja burguesa en su ya artísticamente consagrada masacre mutua a partir de una acentuada psicosis.

La estructura textual es áspera, denigrante, como un grito permanente que obviamente debiera durar media hora menos de lo real para no perder efectividad. El viaje se prolonga demasiado, sobre todo porque a los pocos minutos ya sabemos que no conducirá a ninguna parte y que Atenas —la luz del mediodía y de la razón— será el equivalente de la entrada por la que todos quieren huir en A puertas cerradas, de Sartre: demostración de la impotencia que habrá de cerrarla para poder seguir sufriendo, como única manera de autorreconocerse.

Pero el teatro es espacio, tanto externo como sicológico. Y aquí resulta sumamente interesante la propuesta de Edita Rzewuska, responsable de la escenografía a iluminación: se pone a la par del autor y juntos —seguramente acompañados por la visión del director— cortan a golpes de cuchillo el espacio global en que se mueven estos seres y rearman el universo de manera perversa y efectiva, tanto dentro de las cabezas de los personajes como para la visión de los espectadores y ese mecano enfermo de relaciones, espacio y tiempo es el que se nos entrega. Con gran insistencia en el valor cansado de las palabras, que terminan por hartarnos en su ineficacia machacona, de la que apenas si se salva un interesante monólogo de la mujer, ya tan avanzado en el tiempo de obra que nos toma cansados, con ganas de escucharlo más tranquilos, sintiendo que en realidad se nos pierde entre las manos.

Un material interesante en todas sus partes, pero totalmente excedido. Y en él cuatro actores: la pareja, encarnada en Alicia Laguna y Sergio Cataño, el inspector yugoslavo (una especie de Caronte enfermo) con Juan Ibarra y La Mujer, en las breves apariciones de Teresa Rábago.

Los protagónicos son muy bien llevados, pero sufren las consecuencias de la estructura: nacen tal altos y es tan extenso el trabajo que pierden modulación y se vuelven reiterativos y sin posibilidades de matices en este juego que sólo marca los colores más oscuros y los gritos más desgarrados e inútiles. Allí haría falta la dosificación que el director impone para no saturar el paladar del espectador con el riesgo de volver insulso el espectáculo. Los otros dos personajes resultan sugestivos pero se nos quedan como esbozados.

En definitiva, Munich Atenas resulta interesante sobre todo como espectáculo, a pesar de sus desmesuras. Un buen equipo, con un resultado que produce cansancio pero entrega algo a cambio.