FICHA TÉCNICA



Título obra Atardecer en el trópico

Autoría Carlos Olmos

Dirección Luis Martín

Elenco Martha Navarro, Arturo Beristáin, Blanca Torres, Jorge Antolín

Espacios teatrales Teatro Julio Jiménez Rueda

Referencia Bruno Bert, “El atardecer de Olmos”, en Tiempo Libre, núm. 856, 3 octubre 1996, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El atardecer de Olmos

Bruno Bert

Hacía tiempo que no veía estrenar un producto de Carlos Olmos. El anterior (Final de viernes, 93), dirigido por Enrique Pineda, y con la que fue una de las últimas presentaciones de Claudio Brook, era francamente espantoso.

El peso de la televisión, su lenguaje, sus estereotipos y su banalidad lo mostraban capaz de aplastar hasta las mejores intenciones, incluyendo las del autor de satirizar al universo de la pantalla chica. Ahora acaba de llevarse a escena —esta vez con la dirección de Luis Martín, un director de Monterrey— el material que lleva por nombre Atardecer en el trópico y se presenta en el teatro Jiménez Rueda.

La obra está ubicada en Tapachula, en 1954, y Olmos trata de mostrar los puntos de contacto entre la situación que se dio entonces con la cercanía de Guatemala, el derrocamiento en ella de Jacobo Arbenz, y la conflictiva realidad actual de la zona. Para esto teje su trama a través de las circunstancias que vive una Familia mexicana, casualmente vinculada con un joven guatemalteco que intenta —sin que ellos lo sepan— conseguir armas para el apoyo a Arbenz.

Se manejan tres generaciones. La de los viejos, representada por una abuela postrada y hemipléjica, que añora un tiempo y una vida que ya no es y anímicamente se vincula con los más jóvenes; la generación intermedia, de clase media baja, manejándose con estereotipos de lenguaje y comportamiento, en un anticomunismo simplificado y de pueblo; y finalmente los más jóvenes —también los más numerosos y verdaderos protagonistas— que concluyen formando dos parejas que representan dos diversas opciones afectivas y sociales. Atardecer en el trópico es el nombre de un programa radial que todos escuchan en esas interminables tardes de aguacero, y naturalmente se aplica ambiguamente como título tanto a lo emotivo como a lo ideológico.

La dificultad de Olmos para entretejer lo social con lo personal es muy evidente, a pesar de una muy equitativa distribución de tiempos para el tratamiento de ambas realidades. Toda la historia cojea en el plano amplio y de mayor horizonte de lectura y se enlaza en circunstancias muy poco verosímiles (la hija bastarda, el comprador de armas, las fugas románticas...) que vuelven a la obra más bien una serie de cuadros, algunos bien instrumentados y otros no tanto, pero totalmente insolventes para armar un espectáculo sólido y coherente. No ayuda para lograr este objetivo ni Arturo Nava, con el tratamiento del espacio y la iluminación, ni Luis Martín como concertador general del trabajo. El primero, en realidad nos entrega un galerón muy poco atractivo, de factura muy primaria, que "queda grande" como un traje ajeno.

En cuanto al director, está mucho más preocupado por la construcción de cada escena que por el desarrollo global de la puesta. De allí que si congeláramos algunos fragmentos podrían resultarnos interesantes, pero vistos en una secuencia de continuidad advertimos más bien una acentuación de las carencias que ya se advierten en el área de autoría. En lo que hace a los actores las cosas no están mucho mejor. Noé Alberto, el verdadero protagónico del espectáculo, está aún en proceso formativo y se le exige más de los que en estos momentos se halla en condiciones de dar. Es posible que llegue a ser un buen actor... si es que lo dejan crecer, artísticamente hablando. Tal vez Vanessa Bauche y Berenice Muñoz son aquellas que más gratamente vemos en su desempeño, mientras que Arturo Beristáin y Martha Navarro están como permanentemente excedidos, rígidos, muy poco cercanos a cualquier aliento vital. De Blanca Torres es poco lo que puedo decir porque también es poco lo que le tocó hacer. Y nos queda Jorge Antolín, envarado, en un personaje que parece salido de una película de los cuarenta, no sólo por su aspecto sino también por su trabajo.

En fin, un verdadero atardecer ciertamente, que nos permite pensar que la literatura de Carlos Olmos —luego de algunos materiales verdaderamente brillantes aunque ya algo lejanos— sería conveniente que entrara en una etapa de replanteo que se aleje de una influencia de tratamiento que mucho tiene que ver con el predigerido mundo de cierto tipo de televisión.