FICHA TÉCNICA



Título obra Los Mochos

Autoría Ignacio Solares

Dirección José Ramón Enríquez

Elenco Miguel Flores, Javier Rosales

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Su majestad la palabra”, en Tiempo Libre, núm. 853, 12 septiembre 1996, p. 17.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Su majestad la palabra

Bruno Bert

Una vez más Ignacio Solares José Ramón Enríquez, integran una mancuerna de autor-director (los dos suelen ocupar alternativamente ambos roles) que hemos visto funcionar muy bien en los últimos años; sobre todo a partir del ascenso del primero como responsable del área de Danza y Teatro de la UNAM.

Ahora vuelven a trabajar unidos con Los mochos, un material de Solares que dirige Enríquez en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz.

Y como también es frecuente, el tema es la historia reciente de México, como pivote reflexivo para una serie de preocupaciones que pueden hacerse al mexicano de hoy, pero que sobre todo reitera y ahonda las que son propias de los hacedores del espectáculo.

Toman el asesinato de Álvaro Obregón, aquel día de julio de 1928 en el parque de la Bombilla, a manos de José de León Toral, sólo que se permiten la licencia de suponer que el tiro esta vez no da en el blanco y Obregón resulta ileso...

De esta manera enfrentan a ambos personajes —los "mochos" del título, uno por su mutilación y el otro por su exagerado fervor religioso— como únicos convocados visibles, a un espacio neutro creado por José de Santiago con ambientación que podría acercarse a la desnudez de la cárcel, del convento o simplemente al páramo un tanto oscuro donde entrecruzan un combate de ideas, que es eje del trabajo.

Tanto Enríquez como Solares han concordado en alguno de sus últimos montajes en poner el debate filosófico como aquello que importa en la escena teatral, por encima de la imagen e incluso de las acciones, de las que cada vez prescinden más. Es como acercar el teatro esencialmente al diálogo, a la habilidad para entretejerlo y a las sutilezas de pensamiento que puede conllevar. Su majestad la palabra, portadora absoluta de la idea, en todo su esplendor. Naturalmente, este despojo va acompañándose con un cierto ascetismo no solamente formal sino también de intereses.

Aquí, el poder y la trascendencia son los convocados para en última instancia dejarlos de lado, desilusionados de ambos por lo que parecen ser sus representantes más conspicuos. Toral renunciará al asesinato de Obregón luego de poner en duda la existencia misma de Dios, y el político se "suicidará" con un dejo de ironía que, al menos potencialmente, puede dar una vuelta de tuerca a la intención final. Por supuesto que de no ser así, lo que nace dentro de un aparente naturalismo escénico, va sufriendo un progresivo deslizamiento hasta un casi simbolismo que, paradójicamente nos retrotrae, formal y conceptualmente, a las corrientes teatrales de hace exactamente un siglo. El guiño final puede intentar un cambio en el valor del discurso y su consecuente actualización. Y digo "puede" porque en definitiva se conserva una buena dosis de ambigüedad.

Los papeles son asumidos por Miguel Flores —actor favorito de estos creadores, al que viéramos interpretar a Obregón en otra de sus obras— y Xavier Rosales. Ambos lo hacen con solidez, y es sobre todo el primero (a pesar de la enorme diferencia física que lo distancia del original) al que hallamos más cercano, al menos a los estereotipos del histórico manco. Es interesante ver en ellos esa "desmaterialización" progresiva que se va dando en la segunda mitad de la puesta, donde las personalidades psicológicas e históricas van dejando paso a un ámbito de discusión de ideas que sólo los tiene como soporte ilustrativo. Aquí incluso cambia el sentido de verosimilitud y lo que se pide al actor es sobre todo la claridad emotiva e intelectual para la transmisión del concepto. Incluso por encima de la caracterización de Obregón o Toral, que van transformándose en muñecos escénicos a disposición de los supremos hacedores que manipulan sus imágenes para nosotros.

En definitiva, un teatro para la discusión, no sólo histórica sino también filosófica y teatral. Material para la misma es evidente que no falta.