FICHA TÉCNICA



Título obra Por los caminos del sur

Autoría Víctor Hugo Rascón Banda

Dirección José Caballero

Elenco Guillermo Gil, Silverio Palacios, Roberto Peralta

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Frontera de proposiciones”, en Tiempo Libre, núm. 847 , 1 agosto 1996, p. 13.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Frontera de proposiciones

Bruno Bert

Por un momento el Foro Sor Juana se vuelve el espacio de Casa del Teatro y nos parece estar viendo una de las obras breves que componen los ciclos de Teatro Clandestino. Pero no, estamos presenciando una puesta de José Caballero sobre un texto de Víctor Hugo Rascón Banda: Por los caminos del sur. La similitud se da por la estructura y temática de la pieza: un material que asume un carácter de denuncia sobre las circunstancias que rodearon la matanza de Aguas Blancas. El teatro de Rascón -salvo excepciones- tradicionalmente transita con estilo periodístico y se inscribe en el compromiso sobre hechos vinculados a abusos y violaciones de justicia al interior de México o de la comunidad mexicana en el exterior.

Los ciclos de Teatro Clandestino agregan a esto sólo la coyunturalidad temática, y la intención de cambiar la idea de una posible trascendencia literaria por el impacto en un público que debe reconocer a la obra como parte viva de su entorno de preocupaciones e información. De allí la cercanía de ideas, acompañada con que también aquí, en la Universidad, la temporada es de breve duración.

Los textos que componen el trabajo son casi una exhumación de declaraciones que en su momento publicara la prensa en general, y La Jornada en particular, a los que el autor trenzó con narraciones y nexos para dar unidad dramática al conjunto.

Se trata de dos antagónicos: los campesinos del estado de Guerrero contra la figura del gobernador Rubén Figueroa, como representante de todo un sistema represivo.

La puesta de Caballero ha incorporado un carácter multimedia al trabajo, a través de una gran pantalla donde vemos la famosa grabación de los asesinatos, fragmentos de programas y la imagen del público asistente esa noche, captado por una video manejada en sala. Los espectadores son asumidos a veces como jurado y otras como representantes de la prensa interpelando al gobernante en apuros. Sólo hay tres actores: Guillermo Gil como Figueroa es tal vez el más rígido. Hay que admitir que el representado también lo es, pero se halla en el intérprete un exceso de esquematismo, posiblemente alentado por la visión de la dirección. En el campo opuesto están dos jóvenes asumiendo roles dobles: Silverio Palacios y Roberto Peralta, que encarnan tanto a los guaruras que entran y sacan al público, con un sesgo fársico, como también asumen a las víctimas -una viva y otra muerta- y toman la voz de los demás asesinados. Trabajo interesante en ambos, sobre todo cuando testimonian los crímenes, composiciones distintas entre sí, pero convincentes en su conjunto.

Caballero dinamiza el espacio creando desniveles, colocando veladoras, imaginando estructuras que nos vuelven pasajeros del camión asaltado por los militares y hasta inventando altares de muertos y los efectos multimedia que antes mencionamos, con la intención de dar a la estructura de Rascón Banda un valor de teatralidad más acuciante. Tal vez porque parte de los textos -sobre todo en lo que hace al gobernador- son reiterativos y un poco pobres en cuanto a sustancia literaria, más allá de su valor como denuncia. Y no hay que olvidar que en el Sor Juana no estamos en un juzgado sino en un teatro, con las necesidades artísticas que esto implica. El resultado final carga virtudes y defectos, pero logra equilibrarlos dejando un saldo a favor de la obra tal cual la vemos.

Es interesante ver este regreso a un teatro de compromiso en la escena nacional, cuando lo que ha prevalecido en los últimos años son los traseros tostados y los problemas de alcoba. Pero no hay que olvidar el profundo hartazgo que a todos nos terminó por producir el famoso teatro didáctico que imperó en Latinoamérica en las décadas de los setenta/ochenta, con sus obviedades, su discursividad, su aparatosa pretensión y su nefasta tendencia a someter al teatro mismo a una mera excusa para la herramienta política. Las circunstancias han cambiado, claro está y el discurso vertebral no pasa ahora por lo dogmático de una intención partidaria sino por un verdadero hálito en la necesidad de recuperar un teatro comprometido con lo más vital del hombre.

Los tiempos son nuevos, la injusticia es vieja y el teatro se vuelve frontera donde aún no terminan de nacer proposiciones a la altura de los tiempos. Este es un intento digno.