FICHA TÉCNICA



Título obra El viaje superficial

Autoría Jorge Ibargüengoitia

Dirección Raúl Zermeño

Elenco Salvador Sánchez, Luisa Huertas, Miguel Flores, Luz María Jerez

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Bruno Bert, “Sólo ceniza”, en Tiempo Libre, núm. 846, 25 junio 1996, p. 13.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Sólo ceniza

Bruno Bert

Jorge Ibargüengoitia es un caso ciertamente particular de nuestra literatura y aún más de nuestra literatura dramática. Sobre todo en lo que hace a esta última, es tópico el que haya sido subvalorado, ninguneado y olvidado por los directores que sólo muy raramente han recurrido a él en estos trece años que nos separan de su muerte... después de haberlo incomprendido en vida. Sin embargo es justamente en esta última década donde se ha intentado con reiteración ese "rescate" de sus valores dramatúrgicos, sobre todo a través del aparatoso montaje que Tavira hiciera, con la adaptación de Vicente Leñero, a Clotilde en su casa, y aquel otro —prolijo pero desfasado— que llevara a cabo Margules con Ante varias esfinges, posiblemente la obra más ambiciosa de este malogrado autor.

Ahora, Raúl Zermeño, siguiendo la misma línea de homenaje, monta por segunda vez, desconozco la primera versión, El viaje superficial, una especie de vodevil compuesto a fines de los cincuenta que se presenta en el espacio del Juan Ruiz de Alarcón.

Mi personal criterio no coincide con la sobrevaloración del talento teatral de Ibargüengoitia. Creo simplemente que era mucho mejor novelista que dramaturgo y en que en este último rubro —salvo algunas excepciones entre las que puede contarse Ante varias esfinges— su producción es bastante mediocre y prescindible. Es más, resulta casi una costumbre en el mundillo intelectual, sus modas y ceremonias, esos "rescates" que luego la Historia, con mayúscula sólo para darle más inclusión al tiempo, termina por nivelar con un saludable olvido de lo supuestamente "rescatado".

Aquí, en la comedia que se ha reestrenado, se observa en tono amablemente crítico, la fauna vinculada a una familia de alta burguesía durante el fin del porfiriato. Una vez más se trata de reiterar temáticamente el adulterio, un tema característico a este autor, desde distintos ángulos y perspectivas. Y es justamente la estructura familiar y la excusa de las aventuras amorosas de sus integrantes y allegados, el prisma desde el cual se nos muestra el mundo, según las diferencias de edades, sexo e incluso clase social. El desarrollo de los personajes es más bien a partir de tipos: el cura, la mojigata, la pasional, el cornudo ingenuo, el adolescente a ser iniciado, el señor feudal... y los diálogos que mantienen parten no de flexibilizar sino más bien de confirmar a estas máscaras entre románticas y positivistas, que siempre se hallan dispuestas a repetirse en una reafirmación infinita e impertérrita de sí mismas y de los valores-clichés con que se mueven e interrelacionan.

Lo que efectivamente hay en Ibargüengoitia, es habilidad para trenzar un diálogo ligero, para manejar la ironía con un sentido del humor que le es muy típico, y también su capacidad para sobrevolar las circunstancias manteniendo el interés del lector o espectador. De allí en más sólo ceniza.

Raúl Zermeño, con la importante complicidad creativa de Alejandro Luna, se basa precisamente en estos elementos para lanzar una puesta que es algo así como el juego en una gigantesca casa de muñecas, muy al estilo de la época, donde levantando paredes o abriendo ventanitas se nos deja ver, sobre un ciclorama de atardeceres y claros de luna, los armados mundos del interior.

Allí se mueven los actores, en un nutrido elenco, encabezados por Salvador Sánchez y Luisa Huertas.

Una puesta ágil con actuaciones bien ensambladas a las necesidades de la misma, sin especiales destaques pero también sin torpezas actorales. Un juego con gente que conoce las reglas. Sobre todo un juego visual —por Luna y por Lucille Donay, responsable de un excelente vestuario de revista femenina finisecular— y auditivo, por la sonoridad de carillón de esos textos, en una "pintura de costumbres" que hace de la obra un viaje superficial por la piel de las amantes y de la sociedad que las contiene. En fin, ver, sonreír y también olvidar rápidamente.