FICHA TÉCNICA



Título obra Rosencrantz y Guildenstern han muerto

Autoría Tom Stoppard

Dirección Juliana Faesler

Elenco Julieta Ortiz, Georgina Tábora, Diego Jáuregui, Claudette Maillé

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Bruno Bert, “Regosto a Shakespeare y Beckett”, en Tiempo Libre, núm. 842, 27 junio 1996, p. 24.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Regosto a Shakespeare y Beckett

Bruno Bert

En el teatro de La Capilla se está presentando una obra que simultáneamente tiene sabor a Shakespeare y Beckett. Se trata de Rosencrantz y Guildenstern han muerto, esa creación de Tom Stoppard que lo lanzara a la fama internacional en 1967. Nacida en las postrimerías de la vigencia del teatro del absurdo, está impregnada tal vez con lo más maduro de esta escuela aunque no se inserte en ella.

Es un discurso múltiple sobre la identidad; por supuesto sobre el valor la palabra, y sobre el mismo Shakespeare, y por ende sobre el actor y el teatro.

Anecdóticamente toma a Rosencrantz y Guildenstern, esos dos personajes absolutamente secundarios de Hamlet, y observa esta obra desde su óptica, es decir desde quienes no comprenden para nada el devenir de las situaciones que los envuelve. Stoppard usa de ellos el que son juguetes primero en manos del rey y más tarde del mismo Hamlet; traidores a los que la suerte transforma en víctimas mientras se debaten entre fuerzas ajenas e intereses que se les escapan. Personajes que actúan una obra sin saber con claridad que rol desempeñan, más ocupados en asumir lo que de ellos se pide, me recuerdan al texto brechtiano: "Yo hago lo que ellos quieran, pero ¿qué quieren?", que en labrarse un perfil personal. Es obvio la cercanía a un debate metafísico sobre el hombre y su destino. Por eso, emblemáticamente, sólo hay cuatro personajes entrecruzando la escena: Hamlet —demiurgo para los ahora protagonistas y marioneta frente a lo que él vive como destino— un actor de la troupe que llega a Elsinor; los muñecos, a tamaño natural, que representan a los restantes personajes de Shakespeare, y los dos azarosos amigos del príncipe que dan nombre a la obra.

Un juego de cajas que van desde Hamlet a esas marionetas blancas y sin rasgos que en definitiva somos todos los seres humanos, manipuladores y manipulados, finalmente juntos, en montón, tan anónimos como cualquier cadáver, sirviendo de sombrío fondo al poder, sea éste de Dios o del Estado.

Resulta sumamente interesante cómo la dirección entreteje el discurso del autor, el sentido a veces filoso y obtuso en otras de las palabras, con las acciones escénicas. Una pertinencia y creatividad que nuevamente tienden a reafirmar la calidad de las directoras con las que hoy cuenta nuestro teatro. El concepto de uso del espacio , texturas y escenografía —que supongo también a cargo de Juliana Faesler a falta de otras indicaciones en el programa—marcan una unidad conceptual y estética capaz de vincular ciertas propuestas del barroco isabelino con una contemporaneidad incluso posterior a esos sesenta en la que el autor compone la obra. La re significación de los objetos —sobre todo las sillas— y la creación de movimientos en función de símbolos especialmente en este Hamlet acróbata— nos ponen frente a un lenguaje capaz de ser asimilado y discutido desde una estricta contemporaneidad. Es una pena disponer de apenas una página, ya que la puesta nos tienta a un análisis pormenorizado de las partes, ricas todas ellas en sugestión y en pertinencia.

Por último cabe mencionar el hecho que tanto Hamlet como sus dos "amigos" aquí han sido asumidos por mujeres, dejando el rol masculino exclusivamente para el actor. Es casi una tradición —desde Sara Bernhardt hasta Rosenda Monteros— que el príncipe de Dinamarca (y en este caso por ende Rosencrantz y Guildenstern) sea asumido por una actriz. Resulta un efecto distanciador muy apropiado en este tema de la identidad en la vida y el teatro. Un sólido trabajo de Claudette Maillé (Hamlet), Julieta Ortiz, Georgina Tábora y Diego Jáuregui, mucho más medido este último en su histrionismo que en anteriores personajes, casi siempre de corte fársico.

En definitiva, un material rico en provocaciones tanto visuales como auditivas, con un excelente nivel de compromiso creativo y una propuesta ideológica tan discutible como para seguir hablando de ella a la salida del teatro, sin un fácil olvido inmediato.