FICHA TÉCNICA



Título obra Doña Francisquita

Autoría Amadeo Vives

Elenco Pepita Embil, Florencio Calpe, Adelina Ramallo, José María Martí, Consuelo Monteagudo, Plácido Domingo

Notas de Música Severo Muguerza / director concertador

Grupos y compañías Compañía de zarzuelas españolas de Pepita Embil

Espacios teatrales Teatro Arbeu

Referencia Armando de Maria y Campos, “Reposición, en el Arbeu, de Doña Francisquita de Vives, por la compañía de Pepita Embil”, en Novedades, 14 octubre 1949.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Reposición, en el Arbeu, de Doña Francisquita de Vives, por la compañía de Pepita Embil

Armando de Maria y Campos

El alma de Madrid, clara y difícil, porque representa el sentir de los hombres que llegan a la villa del oso y del madroño, de los cuatro puntos cardinales de la península ibérica, alma garbosa y manolesca, halla sus mejores intérpretes en músicos nacidos en Cataluña. Catalán nacido en Barcelona, fue Luis Misón que es nada menos que el creador de la tonadilla escénica –tan madrileña– de mediados del siglo XVIII, vena melódica que andando el tiempo formara la música madrileñísima de los Barbieri, Chapí, Bretón y Moreno Torroba. Catalán es también Pablo Esteve y Grimau, que continúa y mejora la obra misoniana. Otro gran músico catalán, nacido en Lérida, hace, años más tarde, música madrileña que sienten toda España, y toda América, ¡y toda Europa!, como cálida ráfaga de trapío y fandango, en la obra cumbre del teatro lírico moderno; Goyescas. Este músico catalán que crea música madrileña es Enrique Granados. Tanto como el que más, o más que ninguno de estos autores, Amadeo Vives llega con su Francisquita a un altísimo punto de identificación con el espíritu musical de Madrid, y por esta sola obra el gran catalán es un inconfundible músico madrileño, heredero legítimo y directo de Francisco Asenjo Barbieri, el de Pan y toros y El barberillo de Lavapiés.

La compañía de zarzuelas españolas de Pepita Embil, que actúa con éxito y fortuna en el Arbeu, ha repuesto unas noches la famosa Francisquita de Amadeo Vives, y nuevamente hemos vivido en el ámbito del Madrid musical de este músico, que lo ha creado como nadie en Bohemios –que también se ha cantado esta temporada–, en La balada de la luz, en Lucas del cigarral, en El duquesito. En ninguna de sus partituras como en ésta de Francisquita Vives cuajó mejor la vieja fórmula estética de lo clásico: la fusión de lo popular con lo erudito; lo clásico popular, con la técnica musical.

La cultura de Vives fue como la base para sus triunfos populares. Vives conocía a fondo la historia de la música popular española, y a él se deben muchas exhumaciones que, vestidas con su ciencia musical, vivirán la larga existencia reservada a aquellas manifestaciones del espíritu que encuentran nuevos nidos en el pecho de las generaciones futuras. También era un lector constante de los clásicos españoles, y de teatro –como Vives– si los hay. Un día habrá caído en sus manos una linda comedia de Lope, La enamorada discreta, que tiene un madrileñísimo personaje, y una acción también muy madrileña en la corte de los Felipes.

En La enamorada discreta vio Lope una gran zarzuela. "En poca obras como en esta –dijo Vives antes del estreno de Francisquita en Madrid, y yo recogí sus palabras, que ahora recuerdo, en una entrevista que le hice al maestro cuando estuvo en México (para dar a conocer su magnífica obra en el entonces teatro Olimpia), hace más de veinte años– está una figura que resuma en sí las gracias de la madrileña cabal.

Fenisa, la protagonista de esta comedia, es menuda, graciosa, un poco bachillera, sin rozar, ni por lo más remoto, el ridículo; ingeniosa, discreta, alegre; en fin, lo que podríamos llamar el arquetipo de las mujeres de esta tierra. Una cosa, empero, le falta a esta criatura para ser una castiza de arriba a abajo; desgarro, tronío, a sus momentos. Qué más da. Por fortuna, la comedia tiene otro personaje, Gerarda, que dará para la zarzuela, esa cualidad indispensable en el conjunto de enredo. Pero no hay que desvirtuar el carácter de Fenisa..." Con estas palabras dio a los libretistas famosos, Romero y Fernández Shaw, el libreto de Lope –¿sería la edición en octavo menor, de la que conservo un raro ejemplar?–, para que de él sacaran el de una zarzuela "muy madrileña". Aunque de momento los libretistas zarzueleros no "vieron" la zarzuela, ni los momentos líricos para el músico, es indudable que en La enamorada discreta hay un enredo delicioso. Aquellas insinuaciones y sutiles arbitrios de Fenisa para hacer comprender a Lucindo que está enamorada perdidamente de su persona, originarían escenas finas y alegres, con el fondo musical de una gracia expresiva extraordinaria. Y ese castizo personaje que es Gerarda, prendada también del doncel, y la humana y grotesca debilidad del viejo por la niña, y las travesuras de Hernando, el criado, personaje indispensable en las comedias de oro del siglo de ídem... Pero, ¿no resultaría poco accesible al público de ahora un enredo en el Madrid del siglo XVII... Muy sencillo; trasládese la acción en pleno romanticismo, con los toreros patilludos, las cantaoras desgarradas y apasionadas y los bailes de candil. En vez del Madrid de los Felipes, el de "El solitario" Estébanez Calderón...

Fenisa sería Francisquita, pero una y otra se quejarían a su madre por la rigurosa vigilancia de que la hace objeto. Recuérdese los fluidos, transparentes versos de Lope en La enamorada discreta. Se queja Fenisa:

¿Qué mancebo me pasea
destos que van dando el talle?
¿Qué guijas, desde la calle
me arroja, porque le vea?
¿Qué seña me has visto hacer
en la iglesia? ¿Quién me sigue
que a estar celosa te obligue?
¿Qué billetes me has hallado
con palabras deshonestas?
¿Qué plumas para respuestas,
qué tintero me has quebrado?
¿Qué cinta que no sea tuya
o comprada por tu mano?
¿Qué chapín? ¿Qué toca?...
–En vano
quieres que mi honor te arguya.
No me quejo de que sea
verdadera la ocasión.
–Pues qué es esto?

–Prevención.
Mi honor el tuyo desea.
Querría que te guardases
deso mismo que me adviertes,
y que a esas puertas, más fuertes,
nuevos candados echases.

Francisquita –primera zarzuela española en nuestros días– se estrenó con un éxito en verdad extraordinario. En Madrid, naturalmente. La obra entera es un canto a Madrid, a sus mujeres, a sus enamorados, a sus chulos y viejos verdes; a sus risas y a sus llantos; a sus toreros castizos y a sus bailes de candil. El bolero del Marabú es un canto profundo y alegre a la gente de bronce de los barrios de rompe y rasga madrileños.

En México ha tenido, también, sucesos de importancia. No es oportuno, y no porque las comparaciones sean siempre odiosas, traer a esta cuartilla que registra el reestreno de Francisquita por la compañía de Pepita Embil, fechas o nombres. Ahora la hemos oído cantada muy dignamente por la Embil, Florencio Calpe y Adelina Ramallo, y hecha por estos tres artistas y por José María Martí. Consuelo Monteagudo y Plácido Domingo, con estimable acierto. Gracias en parte, y dicho esto con toda justicia, a la sabiduría y a la disculpa musical del maestro Severo Muguerza.

Quiero recordar algo singular a propósito del estreno en Madrid de Francisquita. Vives no pudo asistir a él por encontrase en cama. Mediante una combinación telefónica, Vives podía seguir desde el lecho las incidencias de la representación. Cuando al final de ella sus amigos fueron a darle un abrazo de felicitación, le hallaron leyendo tranquilamente las Confesiones de San Agustín.

–¿Qué tal ha ido eso?... –¿Cómo? ¿No ha escuchado usted la obra? –No. Me puse muy nervioso antes del primer acto, y dejé el auricular para leer a San Agustín. ¡Y si vieran ustedes qué sosiego inefable se siente con esta prosa, aun en los momentos tormentosos del estreno!...