FICHA TÉCNICA



Título obra La secreta obscenidad de cada día

Autoría Marco Antonio de la Parra

Dirección Martin Acosta

Elenco Carlos Cobos, Arturo Reyes

Espacios teatrales Teatro en Espiral

Referencia Bruno Bert, “Freud y Marx en un juego del humor”, en Tiempo Libre, núm. 833, 25 abril 1996, p. 24.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Freud y Marx en un juego del humor

Bruno Bert

Acaba de reestrenarse en el foro de Teatro en Espiral una obra que dirigiera con éxito Martín Acosta hace unas pocas temporadas. Se trata de La secreta obscenidad de cada día, la pieza que el chileno Marco Antonio de la Parra creara a mediados de los ochenta, en los albores del deshielo pinochetista, como forma concreta de regreso a aquellos devastados escenarios.

El material, de gran humor y habilísima construcción, toma a dos individuos de mediana edad, vestidos con un largo impermeable, evidentemente sin pantalones, que por casualidad se encuentran una tarde en el banco de una plaza frente a una escuela de señoritas. Su intención es obvia, pero deben dar un largo rodeo para poder admitir frente al otro que son dos honrados exhibicionistas tratando de ejercer su oficio... sin molestas competencias.

En el andar de la plática, las peleas y las confidencias que le siguen, vamos descubriendo, en un insólito enlace, que son nada menos que Carlos Marx y Sigmund Freud... o tal vez no, pero para el caso ya da lo mismo, dentro de ese juego de ocultaciones y descubrimientos que imperceptiblemente ha pasado de lo personal a lo social, marcando toda una etapa histórica; La sonrisa nos ha hecho transitar sin necesidad de panfletismos de una comedia de circunstancias a un material de mayor aliento.

Naturalmente se trata de una partida plena de sobreentendidos, seguramente producto de la necesidad del momento político chileno en la que fue escrita. Pero la ductilidad del autor ha hecho posible que gocemos de él aunque tal vez no tengamos todos los hilos de la historia en la mano. Aquí el juego del humor y lo insólito de la circunstancia permiten una visión entre crítica e irónica, pero indudablemente nostálgica, de la influencia que estos dos enormes revolucionarios del pensamiento contemporáneo han tenido en la práctica cotidiana de nuestro siglo. Sobre todo su capacidad subversiva, negada por la oleada derechista que los transformó en "terroristas y "exhibicionistas" de los procesos del subconsciente humano y social.

Es indudable, sin embargo, que no alcanza el libro: se necesita del talento del director para proyectar en plenitud la propuesta de Antonio de la Parra. En el espacio vacío del escenario tan sólo vemos la escueta banca de una plaza, y es en ese ámbito de pura posibilidad donde el texto se habrá de volver juego, contrapunto, ritmo, desplazamiento y todas las figuraciones capaces de hacernos cómplices. Ni qué decir que se trata de una inteligente traducción escénica en manos de Martín Acosta, que con justicia fue premiado por esta puesta cargada de una muy lúcida habilidad constructiva. Y no sólo en la proposición espacial sino, también, y, sobre todo, en el manejo de los actores: Carlos Cobos como Marx y Arturo Reyes asumiendo a Freud.

Al primero lo hemos visto y gozado en otros trabajos recientes, tal vez no muy afortunados en sí mismos, pero en los que siempre hemos destacado su habilidad histriónica y el manejo de una muy peculiar e interesante presencia escénica. De Reyes también conocemos otras puestas, creo que por lo general vinculadas al mismo director; sin embargo en La secreta obscenidad de cada día—al menos en esta reposición— se le ve actoralmente más maduro y muy a la par con su compañero dentro de los matices contrapuestos que le exige su personaje.

Es claro que se trata de un trabajo afortunado que por supuesto merecía su reposición, y máxime en un foro de nuevo cuño pero de ambiciosas perspectivas como es Teatro en Espiral. La trayectoria reciente de Acosta lo marca, a través de sus puestas, con un doble interés por lo social (Superhéroes de la aldea global) y lo intimista (Naturaleza muerta y Marlon Brando) que, tal vez no casualmente, aquí se encuentran conjugados a partir de una austeridad escénica y un predominio de la palabra, que también son otras dos vertientes de identificación de las preferencias de este joven yo ya importante director mexicano. Una obra para recomendar, sin duda alguna, y que seguramente seguiremos viendo a lo largo de toda esta temporada.