FICHA TÉCNICA



Título obra El festín de las artes

Autoría Roberto Avendaño

Dirección Roberto Avendaño

Elenco Gustavo Montalbán, Gerardo Curiel, Juan Castrejón

Espacios teatrales Explanada de la Casa del Lago

Referencia Bruno Bert, “Un festín pobre”, en Tiempo Libre, núm. 829, 28 marzo 1996, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Un festín pobre

Bruno Bert

La Casa del Lago, a pesar de las restricciones para entrar, las absurdas demoliciones parciales y todo el resto de dificultades que la rodea, sigue siendo un espacio cultural capaz de reclamar la atención del público que, sobre todo los fines de semana, pasea por la zona del zoológico de Chapultepec. Ahora, dentro de las actividades programadas se encuentra un espectáculo al aire libre que tiene por nombre El festín de las artes, cuyo autor y director es Roberto Avedaño. El marco para cualquier trabajo que allí se presente es bellísimo, ya que son caminos zigzagueantes, arbolados, con el lago como fondo o la elegante mole del viejo edificio central. Un verdadero paseo que realza la magia de cualquier personaje escénico que surja detrás de una mata al sonar de una música. Es un ámbito esencialmente teatral que inmediatamente cautiva a los paseantes, que gustosamente se vuelven espectadores itinerantes ante la menor incitación que se les proponga. El festín de las artes está dividido en dos partes. La primera es una "parada", es decir en desfile de algunos de sus personajes recia-mando la atención del público, invitándolos a seguirlos al espacio donde se presentará el trabajo. Esto proviene de aquellos viejos desfiles que organizaban los circos a su llegada a los pueblos, para que los deleitados transeúntes "despertaran el apetito" viendo pasar a la mujer barbuda, al hombre más fuerte del mundo, a la bellísima ecuyére o los tradicionales payasos. Tiene sus reglas, y una de ellas —un poco inconstante en este trabajo del que hoy hablamos— es la necesaria "presencia" de cada uno de los participantes. No alcanza el deambular, es necesario generar la empatía, el deseo de ser cortejo a ese desfile de maravillas, llamando a nuestra adormecida capacidad de asombro, que tal vez aún se esconda entre los rescoldos de una infancia no muy cercana. Esto para que el espectáculo no sea sólo "infantil". Las imágenes en sí, con un resabio medievalista pero con el brillo de una imaginación moderna, son muy atractivas —sobre todo la muerte y el caballero, ambos en zancos— y habría que explotarlas más a partir de una mayor implementación técnica.

Luego viene el espectáculo mismo. Tal vez la excusa argumental no es demasiado afortunada, ya que intenta ser propagandística de las actividades culturales de La Casa del Lago. Y en general nada que se halle explícitamente al servicio de una propaganda de cualquier índole resulta interesante en su propuesta, porque supedita el desarrollo a una idea directriz que habitualmente es muy pobre. Y en esto el teatro político de hace un par de décadas nos sirve como ejemplo ad nauseam. El hecho es que la propuesta de Chapultepec implica presentar un festín de las artes" como última voluntad de un preso al que se va a decapitar. El problema de ello es la ilustración. Podríamos ver ese mismo festín sin invocarlo como tal; al hacerlo el director se encuentra como obligado a ilustrar fragmentos de las dichas "artes", y en eso se pierde la mitad de la inventiva, que queda como una serie de pequeños números de muy poca consistencia individual.

Aquí la contradicción está a nivel de dirección, que no opta con claridad entre el desarrollo individual y las imágenes de conjunto en lo que hace a una estructura narrativa. En estos espectáculos, eminentemente visuales y con la gran virtud de tener a un par de músicos en vivo, casi no resulta necesaria una cobertura estructural muy fuerte. Lo que realmente importa es el ritmo del espectáculo, su encadenan te lúdico y el desarrollo hasta sus máximas posibilidades de cada uno de sus componentes. Tomar una imagen y hacerla crecer, encadenarla con una acción y desarrollarla, vincularla con un grupo y elevarla aún más y luego permitir un leve decrecimiento para que el espectador respire, se vuelva a concentrar en lo minúsculo y retome impulso para un nuevo elevarse, crecer y estallar.

Siento que en El festín de las artes se hallan embrionariamente todas estas particularidades, pero que no se logra aprovecharlas totalmente, brincando el espectáculo desde instantes sumamente atractivos a otros muy pobres o de muy poco desarrollo. Por momentos hay propuestas válidas pero sin crecimiento y en otras se las corta cuando apenas comenzaba una posibilidad de disfrutarlas.

Así y todo tiene magia —aunque la varita esté un poco húmeda y no siempre funcione— y también mucho colorido, sonoridad e imaginación. El público acompaña el espectáculo y los más pequeños oscilan entre la risa y el temor frente a esos muñecos gigantes que danzan, el dragón bicéfalo jineteado por la muerte y el brillante caballo del caballero vengador. Y, una vez más, los senderos del bosque se vuelven espacio para la fantasía y el teatro cumple su función de abrir una brecha en la sólida cotidianidad de nuestras vidas... cualquiera sea la edad que tengamos.