FICHA TÉCNICA



Título obra Te quiero lo mismo

Autoría Jorge Galván

Dirección Luis Cisneros

Elenco Marcial Salinas, Ruth Ramírez, Norma Bustos

Espacios teatrales Foro Isabelino del Centro Cultural Tecolote

Referencia Bruno Bert, “Grandes intenciones”, en Tiempo Libre, núm. 828, 21 marzo 1996, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Grandes intenciones

Bruno Bert

El Foro Isabelino ha desarrollado una larga y polémica actividad dentro de la escena independiente, sobre todo ha sido vinculado a proposiciones relacionadas al teatro contestatario de raigambre claramente política. Desde su reestructuración esto se ha suavizado, dejando paso a otras visiones y alternativas y tratando de elevar las miras en cuanto a la calidad de los productos. Pero en definitiva está bajo la piel del Teatro Taller Tecolote —y también de Luis Cisneros, su director— esa tendencia a instrumentar al teatro como una visión crítica de nuestra historia política reciente; de allí que el montaje de Te quiero lo mismo, ahora en cartelera, sea una lógica consecuencia de su postura. La obra es de Jorge Galván, que recibió por ella el Premio Nacional de Teatro de 1990 y ha sido llevada a escena justamente por el propio Cisneros, con más de treinta artistas en escena entre actores, bailarines y músicos.

Este foro de cámara tiene la interesante característica de ser un teatro arena, es decir que su espacio escénico está rodeado por el público en tres de sus lados. Ahora el ámbito ha sido incluso prácticamente duplicado, sumándole lo que tal vez se utilizaba antes como bodega o espacio de actores, creando así un nuevo lugar, casi zigzagueante, adecuado simultáneamente a lo que sería una especie de bar o cabaret popular más un foso en su centro con rieles, durmientes y hasta un túnel, que nos recuerda que la obra está ubicada en las épocas de las famosas huelgas ferrocarrileras que conmovieron a México. Es decir que Te quiero lo mismo se halla instalada estilísticamente dentro del realismo poético

Americano. Dado el volumen de la adecuación y la forma en que se ubica a los actores y espectadores, más que de una escenografía debiéramos hablar de una ambientación transitable que comienza a la entrada misma del foro.

En este espacio se narra la historia cruzada de un conflicto laboral y una doble relación amorosa que incluye un incesto entre hermanos. Esto queda tejido como una serie de escenas que tienen como eje al bar (algo así a El callejón de los milagros), donde los espectadores nos encontramos compartiendo ámbito y clima con los personajes, en mesas contiguas. Cada secuencia nace o concluye en ese espacio que se comparte y se vincula con la siguiente a través de la música y el baile, al estilo de Cada quien su vida, otro referente que hace casi dos años se está presentando en el Salón México.

La visión final al contrario de los antecedentes tradicionales en el género político-didáctico— es más bien desesperanzada, alternando tragedia y melodrama, donde la muerte y la traición se mancomunan en el plano tanto social como de las historias mínimas.

Para el desarrollo de esta propuesta se echa mano a una orquesta en vivo de música popular, a un cuerpo de bailarines compuesto por diez elementos y a un apoyo actora) importante a las ocho figuras principales que en algunos casos llegan a duplicar roles. Como vemos, Te quiero lo mismo es una obra de carácter netamente espectacular que trata en todo momento de envolver al público con su propuesta, sumándolo casi a las acciones, transformándolo en todo caso en cómplice involuntario de los sucesos, en su doble dimensión social e íntima.

En líneas generales, lo que se ve una gran intención del grupo por hacer las cosas lo más profunda y profesionalmente posible. Hay sin embargo puntos débiles que podrían ser mejorados. El primero tal vez sea la necesidad de incorporar a un profesional de la escenografía para plasmar mejor esa importante ambientación de la que hablábamos antes, interesante en cuanto a propuesta de manejo de espacio, volúmenes y movimiento dentro del mismo, pero con carencias muy notorias que sugieren la presencia de la voluntad más que la necesaria pericia para una labor técnico-expresiva muy compleja. Otro punto de incidencia es el manejo de los bailarines. Naturalmente ellos no son actores, y por lo tanto no saben darle a las coreografías marcadas la gracia, la cachondearía, la complicidad y vulgaridad necesaria para hacerlos parte del espacio y la acción; para no quedar, como ahora, como "despegados", marcando notoriamente una inclusión forzada a pesar de sus intenciones. Estos dos elementos producen un fenómeno de "descuartizamiento", vale decir, que aunque cada parte haya sido cuidada en sí misma, no está logrado el ensamblaje; lo que incluso genera la visión de las otras "secciones" (actores, luces, música...) como partes constitutivas de un cuerpo que se vuelve, como en Frankestein, un valor completo pero imposible aunque nada le falte. Y es una pena porque los elementos en sí —y la música de Lucía Álvarez es el ejemplo más claro— son valiosos y pertinentes. Creo que el espectáculo ya montado ameritaría ser revisado por su director en un proceso de afinación y consolidación, del que podría tal vez emerger, efectivamente "una magna producción del teatro independiente", como gustan de anunciarlo.