FICHA TÉCNICA



Título obra El bárbaro

Autoría Sonia Páramos y Jesús Diaz

Dirección Sonia Páramos

Elenco Jesús Díaz, Gisela Sandoval, Ángel Chávez

Espacios teatrales Teatro en Espiral

Referencia Bruno Bert, “La ingenuidad como tejido”, en Tiempo Libre, núm. 824, 22 febrero 1996, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La ingenuidad como tejido

Bruno Bert

Uno de los elementos más complejos que podemos hallar en el teatro (y tal vez también fuera de él) es el manejo de la ingenuidad. Lo primero que suele ocurrir es confundirla con la torpeza, con la falta de técnica y utilizar esa definición como una almohada que proteja al producto que juzgamos. Así, el "¡Qué ingenuo!" sustituye al "¡Pobrecito!". Claro que lo que llamamos naif es un estilo, aunque éste no abarque la totalidad del concepto de ingenuo en, por ejemplo, un espectáculo teatral. La reflexión nace de uno que acabamos de ver, ya que contiene esta característica de la que estamos hablando: la ingenuidad como tejido y no como carencia; y sin embargo no se trata de un material naif.

Me estoy refiriendo a El Bárbaro, de Sonia Páramos y Jesús Díaz, que bajo la dirección de la primera se está presentando en el foro Teatro en Espiral, en La Condesa.

El título está tomado de un cuadro secundario de Magritte que fuera destruido durante la Segunda Guerra Mundial, aunque el personaje se repite luego en otros. Nos muestra en primer plano la imagen evanescente de una especie de Fantomas de galera y antifaz; una "amenaza elegante" de la noche. Y ése es el ser que Páramos-Díaz convocan sobre un escenario descarnado, apenas aforado en negro y con un banco al centro.

Se trata de un unipersonal con el apoyo de otros dos actores en fugaces apariciones. El protagónico comienza estableciendo una relación con el público al que parece va a contarle una historia; sin embargo, poco a poco las palabras van desapareciendo y la claridad de la línea narrativa también, ganado el trabajo por lo que podría llamarse una cada vez mayor "digresión poética". El estilo del comienzo tal vez sugiera un tratamiento con remembranzas de cabaret, entre francés y alemán; pero luego también la estructura de lenguaje se va haciendo cada vez menos referencial, de tejido más abierto, como si lo onírico fuera ganando un espacio que se ensancha hasta envolverlo todo. Y allí lo que en realidad queda es el juego, el imperio de lo lúdico que paradójicamente está asociado con la muerte, que incluso aparece, evocada como una desmesurada figura del carnaval italiano. Y esto nos lleva a advertir que todo el trabajo tiene un fuerte anclaje en la Europa de los treinta: no sólo está esa imagen veneciana que merecería salir de una de las evocaciones fellinescas del mundo de su infancia; también hallamos la música de Kurt Weill, textos de Brecht, varias imágenes extraídas de los cuadros de Magritte y una estética general tributaria de la poética de esos años, donde el surrealismo y la izquierda pactaban alianzas y distanciamientos.

Es un espectáculo breve que, de pronto, en éste o aquél punto de su desarrollo, burla las preceptivas del teatro para hacer lo que se le da la gana, imponiendo aquello que el camino más corto entre dos puntos es siempre, por supuesto, la imaginación y la línea curva.

Aquí el trabajo de dirección aparece sumamente imbricado con la creación misma del espectáculo, y para un profano es imposible indicar dónde termina la labor de uno u otro rol. Sobre todo porque el actor también hace parte de esa misma amalgama y es claro que ha sido un juego compartido que ha sufrido diversas modificaciones de rumbo a lo largo de la preparación de lo que hoy podemos gustar sobre el escenario. El tratamiento de esos quiebres, la supresión de tiempos intermedios, el brusco acelerarse narrativo, el manejo arbitrario del tiempo (como en los procesos del sueño); la predominancia de lo diacrónico y lo sincrónico sin puentes a la vista y muchos otros elementos que tienen que ver con la plástica del trabajo, articulan esa ingenuidad de tranquila belleza de la que hablábamos al principio. Sonia Páramos tiene ya muchos años de trabajar en el teatro de grupo, sobre todo como actriz, pedagoga e incluso vestuarista (se advierte su mano en la belleza de los dos trajes gigantes). Sólo muy de tanto en tanto se lanza a la dirección —le recordamos el montaje de una polémica adaptación de Ugo Betti hace ya bastante tiempo— El Bárbaro tiene características de homenaje a su propia y un tanto caprichosa historia con la escena: aquella forma nostálgica, atípica y pasional de trabajar que en su momento le elogiara el maestro Grotowski en su paso por México.

Jesús Díaz se muestra espléndido en ese papel que parece creado a su medida, con una presencia evanescente que concuerda totalmente con la textura planteada para ese "bárbaro", palabra que tal vez es bueno recordar que significa "extranjero", aquí posiblemente con una raíz bastante cercana a la connotación que le diera Camús... pero con menos desesperanza.