FICHA TÉCNICA



Título obra Los superhéroes de la aldea global

Autoría Luis Mario Moncada

Dirección Martín Acosta

Elenco Guillermo Gil, Arturo Ríos, Mónica Dionne, Luis Artagnan, Juan Carlos Colombo

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “Héroes de coloratura mórbida”, en Tiempo Libre, núm. 813, 7 diciembre 1995, p. 46.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Héroes de coloratura mórbida

Bruno Bert

Teatro Julio Castillo, Compañía Nacional de Teatro, Luis Mario Moncada como autor y Martín Acosta asumiendo la dirección; la obra:

Superhéroes de la aldea global

, un título por cierto muy contemporáneo en su lenguaje y temática.

¿Y de qué trata el espectáculo? sobre todo de la aparente muerte de un discurso ideológico que sirva de base de sustentación a nuestras acciones, especialmente en lo que hace a la generación más joven, que ha congelado la brújula sintiendo que ya el norte ha dejado de existir, y también los héroes que marquen contagiosamente el derrotero.

El discurso que ha muerto en realidad es la contraparte equilibraste al neoliberalismo que se impone irrestricto en la economía y la cultura (la "globalización"), pero sobre todo la vocación discursiva de los jóvenes, el compromiso de estos en la búsqueda de una articulación conceptual con el mundo, que ahora se aprehende en acto y con una indiferencia muy particular por el futuro y por la vida misma, desesperanza y drogas de por medio.

Cuando las voces públicas callan luego de haber hablado hasta el exceso —la del "teatro comprometido" de los setenta y principios de los ochenta, por ejemplo— se extiende la vocación por el intimismo voyeurista e intrascendente, que no por nada es una de las vertientes de los pocos "éxitos" teatrales en este momento. La obra de Moncada-Acosta lanza un contrapeso entre los dos extremos público-privado y tal vez allí, en ese intento de reformulación de bases para una dramaturgia del presente, es donde se hallen sus puntos de mayor interés. Entendiendo, sin embargo, que se trata de un producto que llamaríamos "de transición" y que, por lo tanto, aún no genera una nueva alternativa de lenguaje, sino que usa lo elementos estructurales anteriores, así sea con la intención de superarlos... a largo plazo.

Quiero decir que no es un teatro pos discursivo, sino que echa mano del testimonialismo de raíces anteriores —fragmentos de escenas de carácter realista— que bien podría documentar exactamente lo contrario con igual eficacia. Ni siquiera la inclusión de tipo paródico de los personajes de Castro-Guevara cambia la situación, puesto que estos fragmentos se han usado como elemento de contraposición en la tradición del teatro realista de las últimas décadas. Esto en lo que hace al autor, incluso a pesar de los efectos multimedia, con antecedentes más profundos e incisivos en la carrera de los mismos creadores. Acosta intenta la extensión del terreno que comienza el dramaturgo, con el auxilio de Gabriel Pascal para el manejo de los espacios y las luces, elementos en realidad sobre los que debe enraizarse la transformación tras el posible silencio de las voces convencionales: una nueva ocupación del mundo, una nueva visión del mismo. Pero el paso del director es inseguro y contradictorio y pierde la dirección a poco de proponerla, tal vez porque su verdadera apuesta de lenguaje no pasa por el área de la desolación sino por el contrario, el de la seducción, característica que ya habíamos marcado en otra nota mucho más extensa. De allí que la visión, la textura, la "coloratura" general diríamos, es más bien mórbida, reduciendo el nivel de impacto de la imagen a partir de la forma de transmitirla, y la imagen final —bastante kitsch, por cierto— del punk doloroso tratando de alcanzar el arbolito de la vida, debiera tal vez leerse desde otra perspectiva menos directa: como la tensión y dificultad de los nuevos artistas para lograr una síntesis superadora del panorama actual entre una naturaleza en destrucción y un arte estéril, recordando los orígenes y la interculturalidad (lo que está bajo tierra, lo que viene de lejos), ya que el bonzai (eso parece lo que muestran) es una antigua expresión de esta búsqueda de armonía en el hombre.

El elenco es numeroso y abarca nombres como Guillermo Gil, Arturo Rios, Juan Carlos Colombo, Luis Artagnan, Mónica Dionne... Los trabajos son bastante parejos en sus niveles y efectivos para la propuesta "documenta-lista" que antes mencionábamos. Ninguno sorprende por su calidad, pero supongo que el tratamiento ha sido sobre el manejo en un espectro de tono medio y con la intención de hallar una voz colectiva y no particularizaciones demasiado evidentes. Buenos actores empeñados con seriedad.

En definitiva, es obvio que cabe a esta generación de teatristas el hallar cuáles son los accesos de la necesidad de la realidad y de ésta a la imaginación, que mejor representen a los tiempos de fin de milenio que corren. Y estos son intentos válidos, aunque tal vez no demasiado logrados. Comentábamos que en realidad el XX fue un siglo breve que comenzó después de la primera guerra mundial y ya acabó como una década antes de que el calendario lo autorizara a partir. El problema es que el XXI aún no ha nacido y tanto creadores como público vivimos entre las brumas de Thule y las frías tierras del medioevo sin tiempo que regresa.