FICHA TÉCNICA



Título obra Dolores o la felicidad

Autoría David Olguín

Dirección David Olguín

Elenco Bárbara Eibenschutz, Víctor Hugo Martín, Laura Almela, Carmen Beato, Erika de la Llave, Patricia Marrero, Karina Gidi, Lucero Trejo

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Apetencia de felicidad”, en Tiempo Libre, núm. 812, 30 noviembre 1995, p. 41.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Apetencia de felicidad

Bruno Bert

David Olguín es un autor-director que cuida su producción y está presente en los escenarios sin abusar, parcamente, pero con solidez. Ahora acaba de estrenar en el Galeón una Odisea en tres actos, que ha llamado Dolores o la felicidad. El aparente doble título suena un tanto decimonónico, pero en realidad está manejado como un solo enunciado en opción entre dos opuestos, que en el transcurso del trabajo veremos bajo una tercera perspectiva. Este pequeño juego de complejidad inicial con matices cambiantes, preanuncia en realidad la línea que seguirá la obra. En ella el tema es el hombre —o la mujer ya que en este caso es una protagonista femenina, lo que varía parcialmente la visión— frente a su apetencia de felicidad, esa "vastedad", como la anuncian en el programa, que nos conecta con la apetencia de absoluto que caracteriza al ser humano.

La estructura rehúye de entrada cualquier tipo de complicidad con el naturalismo escénico y nos vincula con la preocupación sobre el sentido personal de la vida frente al momento de la muerte. Algo que ya viéramos —desde otra perspectiva— en La puerta del fondo, su trabajo inmediato anterior. En ambas el planteo se da contenido en un impasse temporal frente a un acto de suicidio. Algo así como El milagro oculto de Borges. Frente a la inmediatez de esa muerte convocada, saltan los mecanismos convencionales y se descubre un abanico de teatralidad abierta que pareciera abrevar en su ironía en las más viejas fuentes, donde el teatro y la escatología tejían juntos su función social e individual.

Se nos presentan dos mundos paralelos que se entrecruzan: el de los fenómenos y el metafísico. En el primero vemos a la protagonista, su insatisfacción, su infelicidad y el llamado a la muerte como alternativa ante el sin sentido de su vida. En el otro hallamos —en un sincretismo muy atractivo a las tres parcas y al ángel guardián de la mujer, que intercede ante la tijera de Átropos para poder hallar la mítica felicidad que impida la muerte de su protegida. Las parcas acceden porque también ellas desearían conocerla, pero el pacto establece que si ésta no aparece, la mujer o el ángel habrán finalmente de morir. El tiempo de búsqueda es el tiempo de obra, y las opciones por la que el guardián lleva a Lola se desgranan en lo que convencionalmente da "la felicidad" a los hombres: el poder, la sexualidad, la riqueza, la droga, lo mundano, la familia... sin que, naturalmente, el sentimiento de plenitud aparezca por ningún lado. El final es ambiguo y permite lecturas cuando menos bastante polémicas.

De todas maneras, a nivel de autoría existe una gran riqueza propositiva, preocupaciones que continúan y definen al dramaturgo, y también un sentido agudo y muy contemporáneo del humor, más una preocupación formal simultánea en la creación de un tejido conceptual y un manejo escénico de equivalente nivel.

Sin embargo, creo que en la necesaria batalla entre autor y director (aquí obviamente mancomunados) es el primero el que gana ampliamente... en detrimento, sin embargo del producto, que ameritaría en escena un recorte generoso que impida, sobre todo, la reiteración de efectos —por ejemplo en las mismas hermanas negras, tan sólida y eficientemente construidas pero tan repetitivas o lo previsible de la temática siguiente en cada encadenamiento de escena.

Digamos que se trata de un autor muy fértil al que posiblemente pudiera ayudar el distanciamiento con el propio producto que suele generar un director del mismo nivel. La duplicación de roles en este caso no resulta positiva y se extiende hasta el uso del espacio que Gabriel Pascal como escenógrafo e iluminador plantea congruentemente pero que pierde valor a partir de la repetición de los efectos a lo largo de tres actos.

Este Ulises angélico, a medio camino entre Homero, Dante y Woody Allen, con una renguera que recuerda, invertida, la lucha de Jacob, está encarnado por Víctor Hugo Martín; un trabajo que se vuelve muy exigente y que obligaría, a pesar de la destreza del actor, a un mayor acompañamiento de la dirección para que el papel no se desequilibre junto a la fuerza de las tres parcas: Laura Almela, Bárbara Eisbenschutz y Carmen Beato. Todas resultan interesantes pero es Laura Almela la que destaca y conduce a partir de una indudable presencia. Lola es Erika de la Llave y queda en un discreto segunda plano incluso por voluntad del autor-director. Patricia, Marrero, Karina Gidi y Lucero Trejo asumen todas las opciones posibles que el ángel ofrece a la protagonista, las infinitas Lolas del espejismo. De ellas indudablemente es Lucero Trejo la que se impone —en casi todas sus apariciones— con una combinación de energía, presencia y manejo del humor que de inmediato capta la atención y complicidad del público.

En definitiva, Dolores o la felicidad se muestra como un espectáculo que seguramente despertará, y con justicia, el interés aunque admita, en un análisis pormenorizado, más de un punto de crítica.